sábado, 23 de abril de 2016

Santiago: Urbe e Imbunche en la narrativa de Carlos Franz


Fundada en las faldas del Cerro Santa Lucía, símbolo católico en la crónica oficial, pero una gabela a Lucifer: "el lucero del alba" en el arcano gnóstico y masónico, que es además reverberación del Huelén mapuche: la gran altura en medio del valle, desde donde los legítimos habitantes de Santiago observaron e interactuaron con los astros y la magia cósmica.

Santiago de Chile es una ciudad mágica y trágica, la expresión de un presente exitista, eufórico y cortoplacista que procura ocultar para siempre sus miserias y sepultar un pasado tras otro, que vuelve a re-emerger desde las entrañas con el nauseabundo hedor de las "causas no resueltas". Una capital que es expresión de nuestra propia idiosincrasia: boyantes por fuera, marchitos por dentro, la glorieta de tantas historias, vivencias y fantasías, desde el costumbrismo (de tiempos de la Guerra Civil) de Blest Gana a la mundología de Fuguet y las atemporales cavilaciones de Carlos Franz, cuyo retrato de Santiago he querido hoy parafrasear.

Como buen hijo de provincia, las primeras imágenes de Santiago que almaceno en mi memoria son las de la descomunal metrópoli céntrica: el perímetro en torno a la Alameda, la casa de gobierno y los edificios ministeriales, enfundados de la más bella arquitectura británica del siglo XIX. Era desde luego también, la ciudad de Fantasilandia, de Mundo Mágico, de la gran juguetería Otto Kraus en Las Condes y cuanto voladero de luces pudo atraer -por medio de la "caja tonta"- la mente de un niño a comienzos de los años '90. 

Ese Santiago a la vez clásico y moderno, inabarcable y entretenido, también se me manifestaba misterioso y peligroso. Emplazado 800 kilómetros al norte de la gran ciudad, viajar a la capital era toda una experiencia que mis padres eludían y yo añoraba. De aquellos primeros viajes, se me agolpan algunas experiencias tumultuosas como la primera vez que presencie una persecución y linchamiento público a un carterista o "lanza" en pleno Paseo Ahumada, también un operativo policiaco contra "terroristas políticos" de la época, que no encontraron mejor lugar para fondearse que el mítico local de comidas "Los Pollitos Dicen", otro recuerdo bastante curioso es el de haber presenciado el desentierro de unos restos prehispánicos, que salieron a la luz mientras se realizaban obras en la Plaza de Armas y el fallido asalto de una casa de cambios.

Sin saberlo, pero sin duda intuyéndolo, en cada uno de aquellos eventos me fue manifestado -a la tierna edad de cinco o seis años- el Santiago inhumado, la puerta al submundo donde pululan los antisociales, donde la pobreza que jamás ha sido zanjada sino relegada y desterrada, hostiga con efecto boomerang, recordándonos que no somos un país, menos aún una sociedad "desarrollada". Santiago Centro, corazón político y tradicional de la gran ciudad, con su arquitectura europea y su art decó se erige sobre un gran radier que oculta la fosa de los indígenas, de los tísicos y de una ciudad de barro, rehecha varias veces sobre restos siniestrados por terremotos e incendios. Aún detrás de sus bellas fachadas, los viejos edificios encierran conventillos donde convergen los dramas y conflictos del inmigrante y del ciudadano pobre.

Qué decir del Gran Santiago, reflejo y símbolo del quiebre de nuestras clases sociales. El Chile popular y el Chile privilegiado se dividen en el sector de Plaza Italia: una verdadera línea del Ecuador que se alza como muro invisible pero inexpugnable entre el "país que queremos ser" y el "país que realmente somos". 

Y es sobre muros, imbunches (deformidades) y pasados que  revienen -por ser más reales y vigentes que la fugaz ilusión del presente- que trata justamente la obra de Carlos Franz; resuelta en novelas como Santiago Cero (1988) y sobre todo en el ensayo titulado La Muralla Enterrada (2001) que inicia justamente con un recuerdo del autor, que a mediados de los '70 presenció junto a medio Santiago el reflote de una muralla fundacional de la ciudad, desenterrada a raíz de las obras de construcción del Metro. Aquella "aparición" da pie a una serie de reflexiones de índole social, cultural, urbanística, histórica y demográfica, ilustradas por buena parte de la literatura chilena del siglo XX que relata a la ciudad, sus costumbres y sus gentes.

Carlos Franz, abogado y escritor nacional de 57 años, se formó en los talleres literarios del laureado José Donoso. De allí que su obra -sin dejar de ser objetiva- tenga notorias pinceladas de realismo mágico o al menos una importante carga simbólica, que es además congénita a la casta de escritores nacionales y en especial capitalinos, que como Augusto D' Halmar, Jenaro Prieto, Jorge Edwards y el propio José Donoso metaforizaron la ciudad, hasta volcarla en "el gran eco" de las aspiraciones, frustraciones y contradicciones del chileno y del santiaguino común.

En La Muralla Enterrada, Franz describe "el espíritu de los barrios": "La Chimba" (Barrio Recoleta e Independencia), La "Ciudadela Amurallada" (Santiago Centro), "Barrio Estación", "Matadero" (Barrio Franklin), "El Zoco" (Calle San Diego), "La Ciudad de los Césares" (Alameda, Parque O'Higgins y el Cerro Santa Lucía) y "El Jardín" (Barrios Altos),  escrutando su historia, su épica y revelando la construcción (hacia dentro y hacia fuera) que surge producto de aquella narrativa, donde los muros -hoy inexistentes- y las fronteras naturales (ejemplo las distintas riberas del río Mapocho) segregan menos que las imágenes y una construcción verbal que atomiza Santiago en sus muchos frentes y comunas, dándonos la impresión de que las divisiones o murallas son realmente indestructibles, puesto que no sólo brotan desde su demarcación oficial sepultada bajo la ciudad, emergen todo el tiempo desde lo más profundo de nuestro subconsciente, fracturado desde la colonia.

La Muralla Enterrada es una obra que recuerda (y antecede de hecho) el estilo de la galardonda Estambúl. Ciudad y Recuerdos (2005) que le valiera el Nobel de Literatura al turco Orhan Pamuk en 2006, un cuadro de la ciudad pintado con la esencia de sus habitantes que al igual que en el libro de Pamuk manifiesta un ocaso: el de una capital, de un país y de una sociedad aún indefinida, no entre Oriente y Occidente -como ocurre en el caso turco, plasmado por Pamuk- sino entre la identidad persistente y la identidad de paso, entre el "ser de aquí" y el ser impostados, ¿que es la muralla enterrada bajo Santiago, sino una metáfora acerca de nuestra propia in-definición como sociedad e individuos mitad nativos, mitad apátridas?

martes, 19 de abril de 2016

El legado de Aylwin


19 de abril de 2016 es un día que se inscribe con tribulación en nuestra historia. Hoy partió un gran hombre, primer Presidente de la República de Chile desde el retorno a la democracia el año 1990, un político de vieja estofa, de los muchos -tiempo ya en retirada- que emprendieron dilatado camino hacia el porvenir del país, impulsados por fundamentos valóricos que no pactan con el utilitarismo ni con la visión tan desdichada de la realpolitik. 

Miembro y Presidente de la Falange Nacional que fue la génesis de la Democracia Cristiana en Chile, don Patricio Aylwin Azócar formó parte en un bastión de jóvenes católicos que entre los años '40 y '50 del siglo XX ciñeron el mensaje del padre Alberto Hurtado, bregando por un Chile justo, emprendedor, fraternal y capaz de sobreponerse a la pobreza. Abogado de profesión al igual que otras luces falangistas como Eduardo Frei Montalva, Radomiro Tomic y Rafael Agustín Gumucio -todos vástagos de las clases acomodadas o de nuestra trasnochada aristocracia, aunque tremendamente inconformes con la molicie de sus ascendientes liberales, conservadores y radicales- Patricio Aylwin se convirtió en portavoz de una generación visionaria que decidió desvincularse de las élites para horadar vedados espacios de participación e inclusión que permitirían emprender de una vez por todas la evolución política de Chile.

A lo largo de sus siete décadas de actividad política, Don Patricio Aylwin emprendió varias veces el cometido de democratizar a Chile, siendo el gobierno de la Unidad Popular (1970-1973) y el Gobierno Militar (1973-1990) las bardas más duras que debió sortear en su carrera política. Y aunque la historia no haga cuenta de ello abiertamente, se sabe que en su posición de influyente tanto en la Democracia Cristiana como en la política nacional, Aylwin Azócar apoyó sutilmente el golpe de Estado, esto a raíz de las vejaciones constitucionales que hicieron peligrar la continuidad democrática. Indudablemente el clavo sacó una espina, pues como muchos tal vez no previó que los militares se entronarían durante diecisiete años en el poder, liquidando la constitución política (de 1925), erradicando la democracia, instaurando el terror y gobernando a fuerza de decretos.

Siempre fiel a sus principios, lideró durante aquellos diecisiete años la oposición a la dictadura, de la mano de la Iglesia Católica y los movimientos sociales, fue desde luego el candidato indiscutible para presentarse a la candidatura presidencial del año 1989, corolario del plebiscito del año anterior que desembocó en una aplastante victoria para la Concertación de Partidos por el NO, la cual aglutinó fuerzas que iban desde miembros moderados del partido comunista, socialistas, radicales y democristianos a añosos cofrades del Partido Conservador, desencantados con las políticas neoliberales del Gobierno Militar.
  
Patricio Aylwin y su mujer celebrando el retorno de la democracia (año 1990).

Como primer Presidente -democráticamente electo- desde el año 1970, Aylwin Azócar continúo trabajando duro por la consolidación democrática y la sujeción del proyecto social-cristiano en Chile. La prepotencia de los militares (que se manifestó crítica en coyunturas como el "Boinazo" de 1993) y la implacabilidad del sistema económico -instaurado a modo de experimento en el país por la escuela de Chicago en los años '80- fueron sus más hostiles obstáculos, que fue acomodando tenazmente en base a su precedencia por la transigencia y el diálogo. A los militares los regresó al cuartel y al modelo económico instauró candados y engranajes que permitían espacios al asistencialismo, al punto que el nuevo modelo económico: de "Economía Social de Mercado" se convirtió en objeto de estudio para la Ciencia Política y en referente para las economías emergentes.

Doctor Honoris Causa de quince universidades (siete chilenas) y Presidente de la Democracia Cristiana en siete oportunidades -con una valía distinta desde luego a la de delincuentes como Jorge Pizarro o Gutemberg Martínez- durante sus cuatro años de gobierno como titular del nuevo Chile (1990 a 1994) Patricio Aylwin avanzó grandes pasos y ciertamente reculó en algunos, el más reprochable quizás: la negociación con sabor a derrota en el litigio de los Campos de Hielo Sur con la Argentina, país que aprovechó la difícil coyuntura nacional para elevar sus demandas y sacarlas victorioso. Sin embargo -concluyamos objetivamente- Don Patricio Aylwin sumó muchos más triunfos que fracasos, sembrando un camino de optimismo y progreso para una sociedad que a veintiséis años de haber recuperado la democracia, sigue sorteando los mismos baches en su tranco hacia la equidad y el desarrollo, pero con mejores y más sofisticadas herramientas.

sábado, 16 de abril de 2016

Varegos, normandos y saqalibas


Emergieron en la historia en épocas tan tardías como los siglos IX y X de la era cristiana. Familiares escandinavos de las hordas germánicas que invadieron el segmento occidental del Imperio Romano en la Alta Edad Media, su belicosidad y crueldad primigenia recordó -en efecto- el saqueo de Roma por los vándalos en el 455 d.C. y su posterior ocupación de Hispania, las islas mediterráneas (Baleares, Córcega, Cerdeña) y Cártago (Túnez) en el Norte de África.

Hoy sabemos que los normandos -también llamados vikingos- descubrieron América desde la ruta Islandia-Groenlandia con mucha anterioridad a Colón, aunque muy posterior a las incursiones fenicias de siglos antes de Cristo. Eran desde luego una raza de guerreros y navegantes, cuyo principal interés radicaba menos en conquistar territorios ignotos y acaparar sus materias primas que en dominar las rutas comerciales del viejo mundo; y es así como se lanzan a la conquista del Atlántico, del mundo báltico, la Rusia Oriental y el Mediterráneo, llegando a constituir reinos en Gran Bretaña, en el norte de Francia (Normandía), en el sur de Italia y en Antioquía (región costera de Siria-Anatolia) tras las cruzadas.

Empleados como mercenarios por Bizancio, ejércitos de varegos defendieron durante centurias las fronteras de la cristiandad occidental en campañas mucho más arduas y onerosas que la de Poitiers (en el 732), recordada injustamente como el gran triunfo de la cruz sobre la expansión mahometana en Occidente. Otras masas de mercenarios nórdicos fueron reclutadas también por los musulmanes, mezclándose entre los saqalibas (eslavos) para ser destinados como milicias extranjeras en al-Ándalus, Siria y Noráfrica, regiones cosmopolitas donde el dominio árabe se vio reducido a aspectos administrativos.

La Guardia Varega

Existe más de una razón por la que el Imperio Romano de Oriente (Bizancio) sobrevivió mil años a la caída de su equivalente occidental. Soportó con anterioridad la incursión de los godos, pero pagó tributo para que el grueso de las hordas germánicas centro-europeas prefirieran internarse en Occidente, hasta fragmentarlo y dar vida a reinos hoy transmutados a la matriz estado-nación; otra razón es que Occidente (Hispania, Britania, Galia e Italia) fue siempre mucho más exiguo en recursos económicos, materias primas y hasta en tradición y cultura frente al recio Oriente, que desde su capital Constantinopla (Actual Estambúl) gobernó la región de los Balcanes, el mundo griego (incluido el sur de Italia, Alejandría y Anatolia), Siria, Egipto, Armenia, Mesopotamia y lo más relevante: todas las rutas de acceso hacia el corazón de Asia, edén de la seda china, las alhajas y alfombras de Persia y las especias de la India.

Habiendo perdido Roma toda una tradicional potestad sobre el gran imperio engendrado con el vigor de sus legiones, la severidad de sus políticos (el Senado) y el espíritu de sus leyes, quedó reducida a la categoría de símbolo y hasta fue desplazada por otras ciudades italianas como Ravenna y Milano, esta última capital de los lombardos, los nuevos dueños de Italia desde el siglo VI d.C. El insalvable legado político de la ciudad latina fue transpuesto completamente en el Bósforo, teñido de cultura griega y espiritualidad judeo-cristiana, mientras Europa Occidental presa del oscurantismo medieval, comienza a germinar el feudalismo y Oriente Medio -desprendido para siempre de Bizancio en el siglo VII d.C.- sucumbe a las pugnas entre las distintas facciones doctrinarias del islam, las luchas intestinas por el dominio de los califatos y la intrusión de los turcos: a la postre, los más temidos enemigos de Bizancio.

Pero el Imperio Bizantino: bastión del cristianismo, de la romanidad, del arte y la filosofía griega, no sólo hizo la función de escudo entre el occidente cristiano y el mundo islámico, su influencia se propagó también -vía los Balcanes y el Mar Negro- hacia los pueblos eslavos y en particular hacia los rusos que adoptaron, entre muchos otros aspectos, la caligrafía griega y la orientación de la Iglesia Ortodoxa. El imperio asume también funciones diplomáticas como la de adoctrinar a los últimos reductos paganos de Europa, para ganar de esta manera espacios de influencia a la Iglesia Católica y sobre todo a los musulmanes. Logra catequizar a la mayoría de los pueblos eslavos y al naciente Imperio Ruso, más no a sus vecinos del norte: los varegos, que terminarán adoptando la religión católica. En cambio muchos de ellos, como así mismo rusos y eslavos, van a ser reclutados durante siglos como milicianos en los ejércitos bizantinos, conformando la llamada "Guardia Varega", un contingente militar copioso destinado tanto a las campañas fronterizas del imperio como en funciones policiacas de orden interno. 

Es a partir de estos intercambios que Europa Oriental se "romaniza" y Bizancio termina absorbiendo elementos raciales y culturales muy septentrionales.

La Italia Normanda

Castello di Venere, en el pueblo de Érice (Norte de Sicilia)

Italia no sólo es el solar de Roma; la cuna del imperio que definió y civilizó a Europa. Siglos antes del florecimiento de Roma coexistieron en la península naciones de diversos orígenes, unas provenientes de Europa Central (vénetos, ligures, raetios/germanos, galos/celtas, oscos, osco-umbros, latinos, samnitas, volcos, sículos...), unas desde el este del Mediterráneo (etruscos, fenicios, griegos) y otros, pueblos aborígenes cuyo arribo se debe rastrear hacia el temprano Neolítico y hacia la edad de piedra o Era Paleolítica. 

Se dice de la Roma pre-histórica, que era un remoto y pantanoso villorrio de relegados y campesinos, emplazado sobre siete colinas. Pero ya en aquella época coexistían sobre territorio italiano dos boyantes culturas: los etruscos de la Toscana y la "Magna Grecia" que comprendía el sur de Italia y la isla de Sicilia. Son estos dos núcleos -en orden respectivo: al norte y al sur de la región de Lacio, habitada por los latinos- los que influyen de manera decisiva en la constitución de una civilización romana que adoptará además para la efectividad de sus fines militares e imperialistas el implacable sistema de falange espartano y la estructura de las flotas jónicas y fenicias, adoptando como embarcación oficial al trirreme. 

Gracias al juicio y voluntad superior del pueblo latino, Roma conquistó a todas las naciones de Italia y en pocos siglos dominó a buena parte del mundo antiguo, extendiendo su influjo por tres continentes. Pero al ser la cuna de un gran imperio, más temprano que tarde el romano relajó sus valores, comenzó a delegar funciones militares en gentes no italianas (tracios, germanos, beréberes, etcétera) y llegado el siglo IV d.C. hasta perdió el protagonismo de su propio imperio, que trasladó capital a Anatolia (actual Turquía), bautizándola con el nombre de Constantinopla en honor a Constantino I, "El Grande", uno de los muchos emperadores nacido fuera de Italia y hasta -probablemente- sin sangre romana en las venas, este además fue responsable de incorporar los dogmas judeo-cristianos en el imperio, es decir de "orientalizarlo" presionando a una progresiva revolución eclesiástica, que estallará en la Edad Media. 

Como se comentó anteriormente, Bizancio: el Imperio Romano de Oriente, sobrevivió mil años a la caída de Italia y el resto de regiones que conformaron el Imperio Romano de Occidente, subyugados desde el siglo V d.C. por las hordas germánicas (francos, turingios, godos, suevos, anglos, vándalos, sajones, jutos, lombardos...) y por los moros desde el siglo VIII d.C, en el caso ibérico. Con el pasar del tiempo los invasores formaron reinos en los actuales límites de Francia, España-Portugal, Italia e Inglaterra, estableciendo una política de estratos jerárquico-raciales, asociados con títulos nobiliarios y derechos agrarios que recayeron en un principio sobre las familias de linaje germánico; radica aquí la génesis del feudalismo en Europa Occidental. 

Salvaguarda de la romanicie y de la cultura griega, Bizancio logró recuperar de la contención bárbara ciertas posiciones italianas, fundamentalmente lugares clave como la ciudad de Roma (símbolo imperial y corazón del cristianismo medieval) y desde luego el sur de Italia, antaño llamado la "Magna Grecia", expulsó de ella primero a los vándalos (468 d.C.), luego a los godos (535 d.C.) y negoció dos siglos más tarde la paz con los lombardos dividiéndose el territorio, sin embargo desde las costas africanas asechaban siempre enemigos más voraces: los musulmanes y los piratas sarracenos. El islam ya había echado raíces hacia el años 830 d.C. en la isla de Sicilia, lo cual significaba un peligro tanto para Italia como para los propios Bizantinos que temían una nueva escalada del islam a través de la gran isla. Incapacitados de retener las incesantes afrentas islámicas por mar en Sicilia y en el sur de Italia, lombardos y bizantinos negocian concesiones con un tercer actor, mal menor quizás, pero también cristianos: los normandos.

Hacia el año 1000 -coincidente con la época de las primeras peregrinaciones o cruzadas a Tierra Santa- los normandos o vikingos (otros nombres con los cuales se designa a los varegos) que se habían hecho cristianos según el rito católico, ya se encontraban husmeando el mediterráneo. Dueños de algunos enclaves en el Atlántico y asiduos de la piratería en todos los puertos donde recalaban sus drakkars, buscaban hacerse de un enclave en medio de las rutas mercantiles y espirituales hacia Medio Oriente. De este modo, conscientes de las intenciones normandas y presionados por su propio pavor a los musulmanes, bizantinos y lombardos les ofrecen ocupar todo el sur de Italia y la isla de Sicilia, con el compromiso de zanjar de forma definitiva los conatos de conquista de los moros. 

Es así como los nórdicos se hacen con esta región italiana, conforman el Reino de Sicilia que durará como tal dos siglos, estimulan la fusión de elementos culturales griego, latino, germánico y árabe, y convierten el sur de Italia en principal puerto de abastecimiento para la navegación cruzada. Hoy en día, en el sur de italia y sobre todo en Sicilia, donde el fenotipo de sus gentes es predominantemente mediterráneo, se continúa llamando "normanno" a los coterráneos de ojos azules y cabello claro.

Saqalibas: los musulmanes nórdicos


Un verdadero imperio marítimo -similar al configurado por los fenicios diez siglos antes- es el que llegaron a tener los normandos desde el Atlántico Norte al Mediterráneo, a esto se sumaba el dominio de rutas terrestres que iban desde Escandinavia al Mar Negro y desde el Mar Báltico al Mar Caspio, pasando por el corazón de Rusia. En el interín comerciaron con los árabes, con los persas, los turcos y los tártaros, desarrollando un mercado que iba desde las piedras preciosas al tráfico humano (esclavos), es en esta última plaza en la que mejor se desenvolvieron los judíos, traficando mujeres y niños eslavos hacia los países islamizados del sur, las primeras con destino al harem y los segundos al ejército: fueron los llamados saqalibas.

El historiador persa Ibn al-Faqih describió en su obra "El libro de los países" (930 d.C.) que los comerciantes de esclavos diferenciaron entre dos tipos de saqalibas: unos de cabello y señas claras (probablemente eslavos del norte o rusos) y otros de señas más meridionales, cabello y piel oscura (probablemente eslavos del sur o balcánicos), de la palabra "saqaliba" deriva el termino "eslavo", que hace referencia a una vertiente etno-lingüística de los pueblos indoeuropeos o arios, de la cual se desprenden subfamilias como el pueblo ruso, ucraniano, polaco, eslovaco, esloveno, serbio, croata, bosnio, montenegrino y búlgaro. De "eslavo" procede a su vez el término "esclavo", todo en una correlación que nos lleva directamente hacia la época estudiada.

Pero los ejércitos de saqalibas no estuvieron conformados exclusivamente por gentes de origen eslavo convertidos a la fe islámica desde pequeños, tras múltiples victorias musulmanas sobre Bizancio entre los siglos X y XII ejércitos completos de varegos se pasaron a los fieles de Mahoma. Se debe recordar que aquellas huestes de mercenarios nórdicos pertenecían a la más brava de las naciones de Europa, justamente la última en abrazar los evangelios; en la época analizada no operaba sobre sus consciencias una verdadera convicción espiritual, puesto que eran -en secreto- adoradores de Odín, de los elementos y de la guerra, vendiendo su coraje al mejor postor, al punto que en algunas ocasiones llegaron a enfrentarse varegos contra varegos, unos del lado de la cruz y otros del de la estrella y la media luna. 

El islam: religión de voluntad, ascetismo y perseverancia individual -al decir de Julius Évola- habría calzado mejor con el espíritu guerrero de aquellos pueblos, tras lo cual no es de extrañar que muchos pasaran de ser simples mercenarios a "muhajides" (guerreros espirituales). Ejércitos de miles de milicianos saqalibas y de varegos conversos infiltrados entre ellos, fueron destinados a al-Andalús, a Siria y el Norte de África en representación de sus mandantes orientales; el mito del "moro" como linaje conquistador de la España Musulmana -por ejemplo- no es más que una figura retórica empleada por la imaginería cristiana luego de haber reconquistado el territorio, así dicho es probable que en aún en la actualidad en ciudades como Granada, Cádiz, Huelva, Sevilla y Cordóba (núcleo de al-Andalús) pervivan más rubios por kilómetro cuadrado que en cualquiera de las regiones más septentrionales de aquel país.

jueves, 7 de abril de 2016

Nasrudín

Mullah Nasreddin ("el Sabio Nasrudín") es un curioso personaje de la epopeya islámica medieval, un predecesor del Quijote, cuyas coloquiales historias con toda seguridad debieron influir en la formidable obra de Miguel de Cervantes.

Antagonismo picaresco de la severidad de los ulemas (doctores o abogados de la ley coránica) y de la interpretación doctrinaria del Islam, las fábulas o cuentos cortos de Nasrudín manifiestan la cotidianidad y simpleza de la cosmovisión sufí, mucho más universal y descifrable por la gente común y poco ilustrada de los villorrios y campos de la sociedad feudal como así mismo por nosotros, gente de la era pos moderna que más de alguna vez hemos escuchado una de estas historias con el personaje de Nasrudín oculto tras la aparente torpeza de un borracho o la abismante sabiduría de un campesino.

En parte, uno de los responsables por popularizar (o re-popularizar) los cuentos de Nasrudín en Occidente fue el místico -de origen afgano-británico- Idriés Sháh, que entre los años '60 y '70 del siglo pasado transcribió cuatro volúmenes de historias compiladas del Quijote islámico, las cuales oyó en sus muchos viajes por el globo; y es que las fábulas de Nasrudín no se limitan exclusivamente al espacio musulmán, ni son propias del mundo persa o de Anatolia (Turquía), tierras de donde se supone provino el torpe-sabio sufí que inspiró al personaje de centenar de narraciones. 

En la península arábiga y en el norte de África las historias de Nasrudín son protagonizadas por Johá y se presume que a partir de las intermitentes conquistas y expansiones sarracenas por el sur de Italia y las islas mediterráneas durante el Alto Medioevo, el intercambio cultural exportó también las fábulas que en Sicilia -por ejemplo- son protagonizadas por un tal Giufá, derivación obvia del Johá árabe que es a su vez el Nasrudín de los persas y turcos.

En la actualidad, estos centenarios relatos son patrimonio global y corren por vía libre a través de Internet, reunidos y revisados en infinitos libros que van desde tratados de filosofía, gnósis y estudios sobre la espiritualidad sufí a textos infantiles, chistes populares y publicaciones varias, dejándonos en cada caso una lección de sabiduría o moraleja que ayuda a distender un poco nuestro transido caminar por el mundo, para re-comprender que la vida es una riqueza inestimable que se teje segundo a segundo de momentos únicos.

martes, 5 de abril de 2016

Rusia, Italia y la UNESCO se ponen en marcha hacia la futura reconstrucción de Palmira


Fue recuperada a fines de marzo por el ejército sirio que expulsó a los terroristas de Dáesh (Estado Islámico) que en octubre del 2015 ocuparon la ciudad arqueológica, dinamitando reliquias invaluables para la historia de la humanidad como son los templos de Beliceno o Baal (antigua divinidad sirio-cananea), un mítico arco del triunfo erigido por Roma en honor a sus victorias sobre los persas en la región y un complejo de torres funerarias. Hoy la milenaria Palmira, ciudad de encuentro y desencuentro entre el occidente greco-romano y el mundo persa, respira nuevamente la enigmática parsimonia de los museos y camposantos, habiendo resistido -una vez más- el fisgoneo de los mortales y la estupidez de los milicianos.

Apenas fue liberada del yugo islamista, María Zajárova -ministra de asuntos exteriores de Rusia- anunció que se presentaría a la UNESCO un proyecto de reconstrucción de Palmira. El entusiasmo por la liberación y potencial reconstrucción de aquel enclave arqueológico de 4000 años no fue compartido por el Consejo de Seguridad de la ONU que vetó el proyecto, razón que motivó a Zajárova a declarar que "ellos (los estados Occidentales) no están interesados en el proceso de liberación de Siria de los terroristas, ni en la promoción del proceso de paz en estas tierras. Ni siquiera en los valores culturales, ni en mucho de aquello que declaran habitualmente. Detrás de todo hay exclusivamente un interés geopolítico suyo"

Felizmente, la llamada de la UNESCO fue replicada por el presidente Vladimir Putin que prometió ayuda económica en la reconstrucción de los monumentos y del ministro de asuntos exteriores de Italia, Paolo Gentolini quien firmó un memorando que prevé la posibilidad de afianzar el contingente italiano en Unite4Heritage ("Unir el Patrimonio"), iniciativa también llamada "los cascos azules de la cultura" cuya función será cumplir in situ las obras de salvaguarda y reconstrucción de Palmira, comenzando por desactivar minas anti-personales sembradas por Dáesh  en la circunscripción. 

Las labores de reedificación en Palmira llevarán al menos cinco años según el juicio de los expertos, complicando aún más la tragedia el hecho de que muchas estatuas y fragmentos fueron comerciadas vía mercado negro por miembros de Dáesh hacia Estados Unidos y Europa, con el fin de ornamentar la colección privada de los más pudientes anticuarios. 

Cabe preguntarse hasta qué límites la agobiante apatía del ser contemporáneo, nuestro materialismo febril, nuestra cabal ignorancia y   nulo respeto por nuestra propia herencia -que es huella perenne entre la cosmovisión de nuestros antepasados y el porvenir de nuestros descendientes- es responsable por llevarnos a este tan dramático estadio del kali-iuga, donde quienes optamos por el silencio seguimos impávidos e indolentes frente a los sufrimientos de la guerra y de brazos cruzados ante ultraje de la historia, otros: los terroristas, tienen el descaro de destruir "monumentos infieles" dado que su incultura apenas difiere de los animales, mientras los "cultos", los "ricos" y los "poderosos" que a la sazón son nuestras clases gobernantes, continúan beneficiándose de la infamia, arrasando y adueñándose de tesoros que son legado de toda la humanidad. Ayer fue el patrimonio de Iraq, hoy el de Siria, ¿que vendrá mañana?.

viernes, 1 de abril de 2016

El Hombre que Viajaba al Sol, una novela existencialista de Aldo Torres Baeza

Igor es un vagabundo, también es el silencioso y confuso protagonista de esta novela. Sigue al sol mientras arroja semilas. Espera el día en que los árboles arrasen con el barro y el silencio al ruido.

Mientras camina detrás del sol, Igor va anotando en su libreta lo que vive día a día; quiere escribir una novela para así "combatir el olvido". Pero le falta el personaje. Es entonces cuando se encuentra con un tipo llamado Escorpión -al igual que su constelación preferida-, con él establecerá una relación de compañeros de búsqueda, pues también este aspira a componer una novela. Todo esto los conducirá a un lugar donde se cuestionan si son seres reales o cada uno es inventado por el otro. Como espejos, como realidades sobrepuestas. Llegarán hasta la Gran Mente Universal, donde habitan los personajes de todas las novelas, donde se almacena la imaginación del mundo.

El problema planteado gira en torno a la lucha entre la realidad y la ficción de nuestra existencia: ¿Qué es real? ¿Qué es imaginado? ¿Quién imagina a quién?

La novela se ordena en un entorno representado por las cuatro estaciones del año, orden que, personas o personajes, no podrán eludir.

A partir de esta sinopsis se nos presenta el prodigioso libro de mi amigo y colega Aldo Torres, un ingreso al laberinto dickiano donde no sólo se cuestiona la dimensión ontológica de la realidad. El peregrinar del protagonista: Igor, encarna ante todo un duro cuestionamiento a la enajenada sociedad de consumo que nos engulle, una que olvidó hace mucho que la materia es manifestación del espíritu y no su cárcel; en efecto Igor no es un vagabundo cualquiera sino más bien un silencioso anarquista o un revolucionario que por libre elección decide vivir al margen de la engañosa escenografía colectiva en la que el hombre común se encuentra sumergido, para recorrer las calles de una ciudad interior, mágica y oculta a los ojos sin alma. 

Silente compañía de Igor es su fiel perro OM y las pocas (o suficientes) posesiones materiales que tira en un carrito de supermercado al estilo del mítico José Pizarro (El "Divino Anticristo" del Barrio Lastarria). Mientras recorre las atribuladas calles de una ciudad cualquiera, Igor realiza anotaciones en un cuadernillo con el fin de escribir una novela y a la vez arroja semillas para que la verdadera vida vuelva a brotar de la tierra y gane espacios a esta prisión plástica de los sueños materiales, es en estas circunstancias cuando se ve enfrentado a la persecución de dos curiosos personajes: un psicólogo y un evangelista, cada cual cegado "experto" en su materia -como todo ser humano en el estadio infantil de la existencia- ellos creen tener "la respuesta" para iluminar al "descarriado" Igor, sin percatar que este en su soledad y aparente "locura" es un hombre pleno y libre, refugiado en un mundo interior magnífico, cargado de símbolos y abstracciones filosóficas.

Similar al encuentro de Rumi con su maestro, el trashumante Shams i-Tabrizi, Igor se encuentra cierto día con Escorpión, un sujeto al que ha creado o viceversa, pero que finalmente resulta ser el personaje de la gran novela que pretende escribir: una donde los árboles poseen almas humanas que nos vigilan, donde el materialismo pierde sustancia para finalmente verse diluido en la manifestación de la Gran Mente Universal: caudal de las ideas, el mundo inteligible de Platón o el Idios-Kosmos de Philip K. Dick; la realidad última.

El Hombre que Viajaba al Sol es mucho más que una simple novela, es también un tratado filosófico y una genial crítica al "siglo de las apariencias" diseñado por la visión erudita de un gran escritor, fogueado lector y analista social/político. Es para mí un orgullo comentar esta hermosa obra de un buen amigo, lanzada recientemente el pasado miércoles 23 de marzo en el auditorio IDEA de la Universidad de Santiago. Desde una simpleza muy bien trabajada y estudiada, pienso que esta novela -que es desde luego un gran aporte a las letras nacionales- posee todos los elementos para ser asignada como material educativo en los colegios. El Hombre que Viajaba al Sol recuerda el contenido y belleza de obras tan relevantes como "El Principito", "El Socio" o "Ami, el niño de las estrellas". Un escrito notable, disponible ya a la venta en Feria Chilena del Libro.