viernes, 13 de noviembre de 2020

Dos procesos diametralmente opuestos

El pasado 3 de noviembre, se vivió una de las elecciones más polémicas y abatidas en la historia de Estados Unidos. Sólo a diez días del sufragio, se concluyó la proyección definitiva de los resultados electorales, posicionado al candidato demócrata Joe Biden con 306 votos electorales por sobre el actual Presidente y candidato republicano Donald Trump, que obtuvo 232.

Bajo fundadas sospechas de fraude (fue expuesto –por ejemplo- que sólo en la ciudad de Detroit se duplicaron cerca de 5000 registros de votantes y votaron más de 2000 personas registradas muertas, entre otras muchas irregularidades facilitadas por lo maleable del sistema de voto por correo), el actual mandatario norteamericano sigue desconociendo el contundente triunfo de Biden, extendiéndose la polémica no sólo a nivel de la muy militante facción nacionalista del partido republicano que apoya férreamente a Trump, sino también entre un insospechado electorado que sin ser el público objetivo de los republicanos (ejemplo: latinos y los afroamericanos), se inclinó por Trump, engrosando la no despreciable cantidad de 73 millones de votos, así mismo una diversa casta de analistas políticos y electorales ven en el rancio sistema electoral colegiado, la principal fuente de los problemas de representatividad en las elecciones estadounidenses y una puerta abierta a las maquinaciones sectoriales.

Se suma a lo anterior el juicio terminante de no pocos analistas internacionales que intuyen que el triunfo de Biden no implica sólo la alternancia de un demócrata en el poder, corresponde fundamentalmente al reposicionamiento del establishment económico globalista, identificado comúnmente bajo términos como el de “complejo militar-industrial” o “Estado profundo”, y cuyo incuestionable dominio en la política doméstica e internacional de Estados Unidos, fue iniciada al menos desde el gobierno de Bush padre a comienzos de la década de los ’90 y puesta en jaque desde la llega de Donald Trump a la Casa Blanca en 2016, este último: defensor de una política industrial proteccionista y de un nacionalismo económico crítico de la globalización financierista, la cual en buena medida se basa en pura especulación bursátil (derivados, swaps…) y en el ampuloso posicionamiento de los monopolios tecnológicos (Microsofot, Amazon, Apple, Google, Tesla…) y energéticos, además de la transnacionalización sin límites de las inversiones y amago constante de fuga capitales hacia la cadena de valor de países en vías desarrollo o la módica y pujante industria china, todo lo cual ha ido en detrimento del país de origen, cada vez más afectado por los altos índices de desempleo, la quiebra de medianas y grandes empresas y la desprotección social.

Este Donald Trump, personaje mediático, pero outsider de la política, se ganó la enemistad de buena parte del planeta con su carácter agrio y su personalidad soberbia y flemática, sin embargo fue y sigue siendo la opción y esperanza de muchos estadounidenses que creyeron férreamente en su proyecto político condensado en la máxima “Make America Great Again” que persiguió a toda costa restablecer la economía doméstica, reactivando la industria y quitándole piso a los lobbys globalistas, además de formular el cese de financiamiento a la maquinaria de guerra en Oriente Medio, ordenando retirar parte importante de las tropas en Irak y Afganistán (en los límites que le fue permitido) y reduciendo incluso el contingente de la OTAN. Normal por tanto que todo el establishment norteamericano: desde la industria del armamento, a los especuladores bursátiles y grandes consorcios petroleros (con intereses creados en la desestabilización constante de los países del Cercano Oriente), se fueran en su contra, aceitando la maquinaria política, al Pentágono, a los medios de comunicación de masas y a las redes sociales, cuyos accionistas forman parte en las mismas redes, logrando imponer un “pensamiento único” anti-Trump y progresista a la opinión pública (es bastante ilustrativo, por ejemplo, cómo Twitter censuró descaradamente los tweets de DT o cómo los canales de televisión abierta optaron por “cortar” la transmisión a una cadena nacional del Presidente), frente a la cual además, la figura de Kamala Harris fue afianzada capciosamente con la causa del feminismo.

Muy curiosamente, la contracara del proceso estadounidense la vivimos en Chile el pasado 25 de octubre, cuando la opción del Apruebo se impuso apabullantemente con un 78% sobre el Rechazo (22%), en un mítico referéndum que no sólo dio la vuelta de página a la Constitución de 1980, fue significativamente también un revés al modelo económico neoliberal y al globalismo que este lleva implícito, en favor de oligopolios locales e internacionales que crecen desmedidamente cual “parásitos” (en palabras del analista lituano Daniel Estulin) a costa de las privaciones de las personas y al alero de los estados contra los cuales predican, los cuales sin embargo les confieren resguardo suficiente para sistematizar sus abusos. Resulta irónico entonces que quienes votaron y festejaron el triunfo del Apruebo en octubre, elogiaran hace dos semanas la seudo-derrota de Trump, más embaucados –quizás- por el discurso único de los medios, que motivados por la natural antipatía que genera el actual mandatario.

Conviene recordar sin embargo que sólo en el último año el mundo cambió y cambió para siempre. Imposible entonces que sigamos remando con los mismos paradigmas de antaño, legitimando castas políticas fracasadas y en gran medida responsables de la aguda crisis financiera e inestabilidad planetaria; siempre escudadas en un falaz discurso de democracia liberal que inspirado en la doctrina de Isaiah Berlin generó un infalible mecanismo de manipulación de masas que por un lado nos transmite una imagen hollywoodense sobre la administración, exaltando valores de gran cuantía para el género humano como el respeto por los DD.HH., la tolerancia y el pluralismo, mientras que las verdaderas acciones políticas, taponeadas bajo el silencio de los medios y capas de desinformación, apuntan en la dirección contraria, pautadas por una agenda aciaga, hecha a la medida de los intereses corporativos y jamás del común de las personas. Es por ello que como bien expresó la economista italiana Ilaria Bifarini: “Este no es el momento para los moderados, los moderados son de hecho nuestra perdición”. Donald Trump no tiene ni el carisma de Obama, ni la aparente caballerosidad de Biden, pero sus cuatro años de gobierno definitivamente fueron mucho menos nocivos para el mundo que los ocho anteriores en que el afroamericano fue Presidente y Biden su Vicepresidente.

En palabras del gran analista geopolítico libanés-mexicano Alfredo Jalife, lo que Trump denuncia no es sólo un fraude electoral sino un “fraude sistémico” que lo compromete todo: desde las instituciones y el sistema electoral colegiado a las encuestadoras (que sobreestimaron convenientemente el triunfo de Biden), los mass media, las RRSS y el mundo corporativo. Esperemos que el resto del planeta no resienta una vez más los coletazos de esta pugna de poderes al interior de la principal potencial mundial hoy venida a menos.