martes, 20 de abril de 2021

Posglobalización y destrucción creativa del modelo económico. ¿Hacia dónde apunta el Estado chileno?

Fue el impar economista austriaco Joseph Schumpeter quien en 1942 hizo popular el término “destrucción creativa” para referirse a los ciclos económicos pautados por las infranqueables crisis económicas globales sucedidas -en promedio- cada 50 años y cuyo trasfondo no es otro que la constante reinvención del capitalismo, asociada a su vez a la transformación de paradigmas tecnológicos que disrumpen lógicas y estructuras de producción precedentes.

Para Schumpeter, intelectual disociado de la teoría liberal clásica a la cual consideraba acomodaticia, burguesa e indefectiblemente teórica, el capitalismo es un proceso esencialmente dinámico, determinado por el derrotero de la transformación industrial que “incesantemente destruye lo viejo para crear lo nuevo”. Es así como la casi totalidad de las grandes recesiones económicas de los últimos 100 años vinieron acompañadas de una profunda incertidumbre y desconstrucción de los pilares sociológicos, políticos e institucionales al punto de que probadamente no fueron las Guerras Mundiales catalizadoras de las crisis sino su más evidente corolario.

De este modo -y sin necesariamente caer en la vacua simplonería conspirativa que formula las más variadas y disparatadas teorías sobre una supuesta PLANDEMIA- salta a la vista a cualquier persona provista sólo del sentido común que la realidad inverosímil que vivimos hoy a nivel planetario posee un trasfondo mucho más peliagudo que la eventual aparición de un virus que de pronto nos produjo enfrentarlo con medidas en ocasiones cavernarias, impropias además de una civilización altamente sofisticada en el campo biotecnológico. Es en este sentido que conceptos como “decoupling” y “reset” resultan mucho más sugerentes para la crème de los analistas internacionales que todo el pandemónium comunicacional en torno al COVID-19: fachada evidente que encubre la crisis profunda, más en ningún caso es su causa.

Lo que venimos presenciando con total certeza desde el año 2018 es una nueva “desconstrucción creativa” del modelo económico liberal (la más robusta desde el periodo de entreguerras) y es aquí donde conceptos como “decoupling” y “reset” cobran un sentido particular, especialmente entre quienes han logrado comprender la profundidad de la Guerra Económica y Arancelaria que sostuvieron Estados Unidos y China desde comienzos de aquel año. Fue el economista y futurólogo alemán Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial (instancia ligada a la polémica Davos) quien en 2020 acuñó el concepto “reset” (reinicio) haciendo alusión a las inusuales restricciones que nos impone la pandemia como una oportunidad para reformular la economía global y hacerla “más equitativa y próspera”. Idealismos de lado era ostensible que con o sin pandemia el “reseteo” de la economía global venía encaminado al menos desde el año 2008 (crisis subprime) a causa de una globalización financierista que llegó al límite, azuzada por la triada insostenible de consumo, especulación y deuda, que prácticamente poco o nada tiene que ver con la globalización comercial, tradicionalmente entendida como la transacción de bienes y servicios a bajas tasas arancelarias.

Si sumamos a lo anterior un hecho histórico inequívoco: el actual tránsito del progreso material e intelectual del planeta desde las sociedades atlánticas (Europa Occidental y Norteamérica) a las pujantes economías de Asia (China, la India y el Sudeste asiático en particular), se asientan todas las fichas sobre el tablero de un planeta presto a una “desconstrucción creativa” radical, nunca antes vista en la historia del capitalismo industrial. Es así como el “decoupling” (desacoplamiento) es sin duda el objetivo primordial que persiguen actualmente los Estados Unidos y la Unión Europea, asistidos por el cierre de fronteras y la repatriación de capitales que les ha facilitado la pandemia. Desacoplamiento indica revertir la dependencia de China que en los últimos 40 años no sólo se convirtió en la “fabrica del planeta” (un mero eslabón productivo en la cadena de valor global) sino en un puntal tecnológico, de I+D y en un inversor astuto que aprovechando las asimetrías del ahorro (las sociedades orientales ahorran, las occidentales se habituaron a simplemente consumir) se convirtió también en el segundo mayor acreedor de la deuda externa estadounidense, así como la de varios países europeos.

En el actual estadio de posglobalización y posliberalismo, comienza a sucumbir también el modelo de dependencia (o al menos comienza a transmutarse) generando circunstancias bastante sui generis como el hecho no menor de que China, país comunista, es hoy en día principal adalid de la globalización económica (liderando cuantiosas inversiones de infraestructura portuaria en países de todos los continentes, para pavimentar la pista a proyectos globalistas ambiciosos como RCEP y la Nueva Ruta de la Sede marítima, terrestre y ártica), mientras las economías occidentales -otrora íconos de la apertura- optan por contraer la globalización, repatriando sus capitales e industrias, dado el hecho de que cada día que pasa son menos competitivas en comparación al gigante asiático y apuestan por un recambio de paradigma económico, hacia la regionalización.

En medio de tan agudo contexto, es lamentable que Latinoamérica siga huérfana de las ideas, naufragando en la incertidumbre. La realidad que hoy perturba a europeos y estadounidenses, la hemos vivido ya muchas veces en carne propia a lo largo de todo un siglo y así como hoy ellos optan por desglobalizarse y proteger sus economías frente a China, nuestros países emprendieron sin éxito similar objetivo a partir del modelo desarrollista y la sustitución de importaciones (años ’20 a ’70 del siglo XX), que propendió a la autonomía económica frente a Estados Unidos y Europa. Indefectiblemente fuimos saboteados a lo largo de todo un siglo (desde experimentos económicos y Operaciones Cóndor a imposición de pautas económicas bajo el Consenso de Washington) para volver a encarrilarnos en una estructura de dependencia, mucho más facilitada a partir de economías abiertas, monoproductivas y mutiladas de potencial para generar valor agregado a sus productos de exportación. He aquí además la génesis de las desigualdades lacerantes en nuestro continente, producto de una oligarquía tributaria del nexo neocolonialista, que lejos de propender a la especialización, dilata a extremos insostenibles el continuum feudal en nuestros países.

Sin lograr desmarcarse del continente, Chile también sufre los embates de la actual “destrucción creativa” aunque -a diferencia de europeos y norteamericanos- nadando contra corriente en manos de una clase política y de una élite económica que a todas luces intenta reflotar el modelo que gran parte de los chilenos desacredita (¿o acaso no quedó esto completamente demostrado con el estallido social del 18 de octubre?).

En medio de la peor crisis económica, social, política y más bien sistémica de nuestra historia, es anecdótico que siga siendo un tabú -por ejemplo- proponer un impuesto a los súper ricos, y ergo aún más inimaginable resultaría pronunciarse sobre ejercer un mayor control o cerco sobre los más de USD $ 20.000 millones que el país pierde anualmente por concepto de evasión fiscal, buena parte de la cual corresponde a remesas que esos mismos “super ricos” canalizan en vía directa hacia sus cuentas en Suiza, Andorra, Malta, Panamá y otros tantos paraísos fiscales.