martes, 3 de mayo de 2016

Donald Trump: el payaso que dice las cosas de frente


Corre con ventaja hacia la consolidación como candidato único del Partido Republicano, de cara a las elecciones presidenciales del próximo 8 de noviembre en Estados Unidos. Polémico y deslenguado, este patético pelirrojo de 69 años, nieto de alemanes, empresario inmobiliario y licenciado en Ciencias con mención en Economía y Antropología de la Univeridad de Fordham, podría llegar a convertirse en el Presidente número 45 del país más poderoso del mundo. 

Su rápida ascensión al poder, producto de su subversión y penetración mediática, son síntomáticos del desgaste del sistema político norteamericano y desde luego de la decepción de los últimos gobiernos demócratas encabezados por Obama, tanto en política local como internacional. En un país que a toda costa quiere volver a recuperar su posición de liderazgo económico, político y moral en el mundo, pese a las muchas fisuras (oscurantismo y corruptela) que lo corroen, Donald Trump es el arquetipo que mejor calza en la postura de "redentor": Exitoso, agresivo, conservador, chauvinista y desde luego blanco como los "fundadores de la patria". Un demagogo peligroso, que es a los mexicanos como Hitler fue a los judíos.

Para la Ciencia Política, la figura de Donald Trump formaliza todas las condiciones del liderazgo mesiánico de tiempos de crisis, un perfil político que a menudo se desmarca de la democracia, en especial cuando esta ha perdido credibilidad entre los ciudadanos y electores. El liderazgo mesiánico de tiempos de crisis es lo que definió -por ejemplo- la ascensión de Mussolini o Hitler al poder de sus respectivas naciones, tras el descrédito de la democracia liberal en los años '20 y '30 del siglo pasado. Lo mismo podría decirse de la "teocracia" iniciada por el Ayatollah Khomeini en Irán el año '79 o de la llegada de Salvador Allende y la Unidad Popular junto con el consecuente golpe de Estado en el Chile de los años '70, ambos fenómenos producto de una crisis de representativad y una polarización excesiva, que son desde luego los peores indicadores para un régimen político que se exalta a sí mismo como el más integrador e igualitario.

El Estados Unidos contemporáneo ha sido caldo de cultivo para una realidad semejante, un país que es considerado máximo paradigma de la democracia, pero que curiosamente sólo a fines de los años '60 culminó su appartheid, otorgando espacios de participación certeros al pueblo afroamericano y que pese a ser exaltado como una nación de inmigrantes, que tras las últimas dos grandes guerras mundiales abrió sus puertas a los mejores elementos intelectuales y laboriosos de Europa y Asia, debe hoy hacer cara a la masiva inmigración de latinos (sobre todo de mexicanos) que cruzan las fronteras del sur, no en búsqueda precisamente del sueño americano sino para escapar de la pobreza y del hampa y -en el menor de los casos- como intermediarios en las redes de narcotráfico que no son exclusivamente un dividendo latino, es consentido en cierta medida por los propios gobiernos y sus camarillas.


Aquella cara doble de los Estados Unidos -tan propia también de los países latinos, incluido Chile- es lo que en el fondo fue fragmentando paulatinamente la solidez política, social y económica del país del norte, que extrapola su desbarajuste interno en una política exterior turbia y liosa, devastando países ya inestables como Iraq, Siria, Afganistán o Libia, ganándose la enemistad de poderes regionales como Corea del Norte, Irán, Pakistán y Venezuela, generando desconfianza en colosos como Rusia, China y hasta en la Unión Europea o vendiendo el alma en sus alianzas con Israel y Arabia Saudita, a cambio de salvaguardia bursátil y abastecimiento petrolero.

En la interna, un estúpido que tiene la desfachatez de declarar que será el mejor Presidente que Dios jamás haya creado sólo puede lograr apoyos entre un electorado igualmente estúpido o en una nación que ha caído en la más honda hipocresía y en el más profundo de los barrancos morales. Sin embargo las encuestas arrojan que un 56% del electorado republicano manifiesta su apoyo al empresario, oferente de enmiendas tan deficientes como la de deportar a 11 millones de inmigrantes de los EE.UU., cerrar las fronteras del país a los inmigrantes musulmanes, construir un muro en la frontera con México y poner cotos a la economía china. Trump no es un político, es simplemente un payaso, la encarnación misma del liderazgo mesiánico de tiempos de crisis, de una crisis que va más allá de la pos-recesión, pues tiene matices económicos, raciales, culturales, éticos y espirituales, catastro de una regencia que pasó de amparar el alto valor de la libertad a la necesidad de suprimir el libertinaje y establecer nuevos valuativos.

Donald Trump es un sujeto peligroso y lo es tanto para quienes lo reprueban, como para su propio electorado que ha olvidado o pretende ignorar que el suyo no es un territorio aislado sino un país desde siempre permeable a los movimientos migratorios y que desde ellos -en base a valores democráticos inmutables- logró construir una colectividad próspera y dechada. Nativos americanos, ingleses, alemanes, africanos, irlandeses, judíos, italianos, polacos, árabes, cubanos, filipinos, japoneses, mexicanos, son algunos de los muchos elementos raciales y culturales recurrentes en su población de casi 320 millones de habitantes que mediante contraste, diálogo y aprendizaje mutuo hacen posible la modernidad y la tasación del interculturalismo.

Al igual que el Ku Kux Klan, las Panteras Negras, la Nación del Islam y otros movimientos supremacistas internos, las propuestas de Trump son fragmentarias y anti-americanas, dado que atentan contra el espíritu de la democracia, a la que debemos entender más como un fin que como una realidad consumada, lo cual se hace más evidente aún en un país cosmopólita, abierto al mundo y en constante transformación como son los Estados Unidos.

3 comentarios:

  1. una mierda de ser humano que lo liquieden como a kenedy

    ResponderEliminar
  2. Acertado análisis, por cierto magnífico su trabajo sobre los pueblos iranios, me pregunto, y disculpe el atrevimiento, si tiene usted orígenes parsis. Un saludo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias monsolo62, es un agrado percatar que los contenidos de este blog son comprendidos y valorados por mucha gente.

      Por cierto, no poseo orígenes parsis, iranios ni persas(al menos de una manera directa) pero mis principales orígenes están entre la comunidad cristiano maronita del Líbano, compañeros de vecindario de los drusos, un pueblo que -se sabe- posee un certero orígen iranio, quizás ligados a los antiguos parsis. Las poblaciones del cercano oriente y el Asia Central poseen gran influjo cultural y étnico de los pueblos persas desde la remota antiguedad, inclúso los judíos de todas las derivaciones tienen algo de sangre persa corriéndole por las venas.

      Saludos.

      Eliminar