domingo, 10 de mayo de 2020

Las seis guerras de Trump en medio de un mundo clausurado y convulsionado



2020 comenzó siendo un año bastante agitado en términos geopolíticos: a sólo tres días de comenzar el nuevo año, el operativo estadounidense que terminó con la vida del general iraní Qasem Suleimani en Irak, amenazó con sacudir aún más el ya inestable shatterbelt que es Oriente Medio, toda vez que la escalada bélica definitiva entre EE.UU. e Irán pareció extremadamente factible. El conflicto que aparentemente fue aplacado entre las amenazas tuiteras de Donald Trump de destruir 52 objetivos cívico-arqueológicos iraníes y una represalia de misiles a dos bases estadounidenses por parte de Irán, sólo dejó más dudas que certezas respecto de la débil frontera entre la dimensión mediática y la beligerante de una desaveniencia que data desde la Revolución Iraní de 1979 y que a la fecha se sustenta en tres pilares: 1) el programa nuclear iraní, 2) la geopolítica del petróleo en el Golfo Pérsico y 3) el respaldo estadounidense al régimen colono de Israel y a la petromonarquía saudí.

El asesinato de Suleimani (que pudo llegar a ser la chispa de una seguidilla de guerras a gran escala en Oriente Medio, involucrando a actores regionales y globales), sumado las olas de descontento social en todo el mundo, con las cuales se concluyó 2019, no hacían augurar un 2020 bonacible ni estable, si sumamos a lo anterior el cisne negro que se venía gestando desde diciembre de 2019 en Wuhan, China: el cóctel hacia la hecatombe estaba declarado. El "peor de los mundos" que vivimos hoy, sin embargo, ya estaba predicho y para registro -con o sin virus- quedan los cientos de análisis y documentos escritos por analistas políticos, estudiosos de la geopolítica, economistas y teóricos de las RR.II. que preveían que la llamada era Trump sería convulsa, por el programa de gobierno en sí (giro industrial-proteccionista abrupto en la economía, contención de China, política anti-inmigrante, agenda evangelista...) y por acoplarse la aguda crisis económica del sistema financierista neoliberal anunciada desde 2014 y que muchos auguraban sería resistida por Wall Street hasta finales de 2020, posterior a las elecciones presidenciales en EE.UU.

En cuatro años, el lenguaje beligerante de Donald Trump no ha hecho más que extremarse, empleando las RR.SS. -y en particular Twitter- como principal plataforma para tocar las emociones de su bien definido electorado (blancos republicanos de estrato étnico anglosajón pero de bajos recursos, llamados despectivamente recknecks o white trash, conservadores ultra-religiosos del bible belt y operarios del rusty belt: regiones industriales que se encuentran hace décadas de capa caída frente al capital expatriado y que están en pie de guerra contra la inmigración laboral, especialmente la de origen latino o mexicano) que abraza con aliento religioso la consigna "Make America First Again". Aquel lenguaje de guerra describe una contienda amplia tanto en lo interno como externo: local y global, con Trump asumiendo un rol seudo mesiánico y redentor en tiempos de crisis. Las guerras de Donald Trump son el argumento que desarrollaré a continuación, analizando cada una de sus seis dimensiones.

1. Guerra electoraria contra Biden y el "Deep State"

El primer martes de noviembre, se oficiará en Estados Unidos las próximas elecciones presidenciales para escoger al 46avo Presidente de esa nación. La dura contienda electoral entre demócratas y republicanos, que en el ritual político acontece cada cuatro años, en la práctica es una guerra constante que moviliza full time el actuar y las agendas corporativas, sectoriales y de los distintos grupos de presión y movimientos sociales, dentro y fuera de los EE.UU.; instrumentalizando para fines netamente electoreros los medios de comunicación cooptados y las redes sociales también cooptadas (Facebook, Twitter, Youtube, etcétera) por ambos sectores políticos, para difundir acusaciones, difamaciones, y hasta fake news, además de azuzar las "barras bravas" y generar direccionamiento cibernético del voto vía logarítmica con el fin principal de atraer el "voto flotante" hacia alguno de los dos bloques de este sistema en extremo binominal y limitado en representatividad democrática, que emplea además mecanismos propios del siglo XIX, como su polémico sistema de electores.

Mapa electoral de los EE.UU. y la cantidad de electores por cada uno de sus 50 estados.

Tras los sucesivos episodios de ese verdadero reality show titulado "los supermartes", sin gran sorpresa logró imponerse en la vereda de los demócratas la candidatura de un débil Joe Biden (77 años) -convertido en Goliat por los intereses del deep state (el complejo militar-industrial y financiero que gobierna verdaderamente EE.UU. desde los lujosos despachos del lobby)- frente a un aguerrido y altamente popular Bernie Sanders (78 años), que a causa de su militancia en el ala socialista del Partido Demócrata y por prometer las profundas transformaciones político-social-económicas que requiere EE.UU. (lo cual se corroboró tras la crisis pandémica) fue desestimado por la maquinaria oculta, que inclinó la elección al candidato de George Soros y sus huestes. Biden representa una linea de continuismo con el régimen de Obama, Hilary Clinton y la política beligerante e imperialista que formuló las "Primaveras Árabes" en 2010, concluyó con la invasión de Siria y la destrucción de Libia, empleando drones con bombas, contratistas de guerra o mercenarios y creó, armó y financió nuevas células terroristas como el Daesh para mantener desestablizada la región.

La "trama ucraniana" que desató el fallido impeachment contra el actual Presidente Trump, desprestigió también al ya per sé débil Joe Biden, dado que su hijo Hunter fue uno de los principales implicados en el tráfico de influencias y supuesta implicación en negocios oscuros con la empresa gasífica Burishma Holdings, redes que Trump pidió develar al Presidente ucraniano Volodomir Zelensky con el fin de mancillar a Biden y complicar su candidatura en 2020. Estos hechos que narran sólo una mínima parte de los mafiosos manejos tras bambalinas del poder estadounidense, estuvieron a punto de comprometer la elección de Biden, abriendo posibilidades al magnate de las comunicaciones Michael Bloomberg (78 años) y al candidato popular Bernie Sanders; candidaturas que antes de ser declinadas en las urnas, fueron desestimadas por el poder económico, reposicionando a Biden, el candidato de George Soros: aquel mega especulador bolsista y empresario globalista de origen judeo-húngaro, cuya agenda progresista ha sido acusada de injerencismo por los mandatarios de varios gobiernos conservadores como el de Hungría, Italia o la Israel de Netanyahu.

Pese al desprestigio de los Biden tras la "trama ucraniana" (de la cual salió airoso Donald Trump) y la tibia adhesión que genera en los electores demócratas la figura de Joe, la contienda Trump-Biden continúa invariable como era previsible desde hace tres años, esto facilitado además por el hecho de que en la vereda republicana no hay contendientes de peso que puedan ganar espacios a Trump. Así, hasta poco antes de que la pandemia del COVID-19 azotara duramente a EE.UU., Trump pudo sentirse seguro de competir en noviembre contra un raquítico Biden, sin embargo los punzantes cuestionamientos al manejo político de la crisis y la realidad develada de un EE.UU. estructuralmente pobre dan una ventaja inesperada a Biden que podría traducirse en triunfo electoral en la que hoy es tal vez la principal y más dura de las contiendas personales que enfrenta el Presidente Donald Trump: la guerra electorera contra el deep state demócrata y su gran enemigo ideológico George Soros.

2. Guerra comercial y tecnológica con China

Para muchos se trata de "la madre de todas las batallas" que enfrenta Trump y la que más debiese interesar y preocupar al resto del planeta, dada la enorme importancia geopolítica y geoeconómica de los contendientes, que para el caso de Chile (como en el de muchos otros países) representan nuestros dos principales mercados compradores. Por si fuera poco, el desarrollo tecnológico mundial de los próximos 20 o 30 años será definido por Estados Unidos y/o China, cosa que ya viene ocurriendo en la llamada "guerra del 5G", seguida por la automatización y la inteligencia artificial. Dicho esto, a nadie debiera caer duda a estas alturas que las tensiones judiciales con Huawei en 2018 o la Guerra Arancelaria de 2018-2019 son algunas de las más mediáticas manifestaciones de la actual Guerra Fría sino-estadounidense, que en el campo geopolítico se ve expresada en las tensiones en el Mar de China, como también en la guerra de imputaciones diplomáticas entre ambas potencias (y el propio Trump por el lado de EE.UU.) que han instrumentado políticamente la insual pandemia del COVID-19.

En el mapa: los tramos marítimo y ártico del proyecto BRI o Cinturón y Nueva Ruta de la Seda.

Hasta el momento y pese a ser un régimen totalitario de partido único, con  mezcla de matices comunista, confucionista y capitalista; China ha jugado en RR.II. bajo las reglas dictadas por los hegemones occidentales en el siglo XX, reglas que ya no se corresponden con el mundo actual que avanza a toda prisa sobre la preeminencia de Asia (con las pujantes economías de China, India, Japón y países del Sudeste asiático) en detrimento de Europa. China: el principal país vendedor del mundo, es hoy sinónimo de infraestructura y crecimiento económico descomunal que en datos duros se expresa en los 10 millones de personas que rescata de la pobreza cada año o en los 8 multimillonarios que emergen cada mes de sus ciudades. El chorreo de su ingente potencial hacia el resto del planeta, se verá aún más incrementado a partir de sus ambiciosas iniciativas comerciales, de mercado común e infraestructura logística como son el RCEP en Asia-Oceanía y el Cinturón y Ruta de la Seda terrestre en Eurasia, que contará además con tramos marítimos y árticos para estrechar distancias en todo el planeta con la nueva meca del capitalismo, bajo contexto de una revitalizada globalización, probablemente más mercantilista que financierista.

La nueva posición de China preocupa en extremo a los policy makers estadounidenses, sean demócratas o republicanos, al extremo de colocar a China en el centro de la cartilla estratégica, empleando el juego geopolítico y geoeconómico de la contención (así lo atestiguan los propios documentos de la Estrategia de Seguridad Nacional y la Estrategia de Defensa Nacional); que en traducción de muchos analistas significa que EE.UU. echará mano de todos los mecanismos y artilugios posibles para retener la expansión económica y tecnológica china, incluida la guerra sucia, a lo que cabe preguntarse: ¿no estaremos viviendo en este preciso momento las externalidades y estragos que implican estas maniobras?. Lo realmente preocupante en el mundo hípercontectado en que vivimos, es el hecho de que algunos de los principales actores no juegan limpio. 

3. Globalismo vs Nacionalismo Económico

En 2019 el doctor y geopolítico mexicano Alfredo Jalife-Rahme, publicó un libro titulado "NACIONALISMO CONTRA GLOBALISMO. Dicotomía del siglo XXI antes de la Inteligencia Artificial" que a grandes rasgos explana la que es hoy una de las principales tensiones en el seno del poder estadounidense: la pugna entre globalistas y nacionalistas, que trasvasa la clásica dicotomía entre conservadores (republicanos) y liberales (demócratas) o la ya vetusta lógica derecha-izquierda en el plano electoral estadounidense. A modo de ejemplo: Donald Trump y Bernie Sanders serían nacionalistas económicos vs los globalistas Joe Biden, Obama, los Clinton y en su momento Bush padre y Bush hijo; hecho que representa la confrontación de dos proyectos político-económicos a partir de los cuales Estados Unidos ha enfrentado el mundo desde la caída de la Unión Soviética a comienzos de los '90.

Libro de Alfredo Jalife

El giro nacionalista que representa la llegada de Trump a la Casa Blanca en 2017 se resume en la consigna "Make America First Again" que más que un simple slogan electoral es un compromiso a levantar la moral estadounidense apuntando a los millones de trabajadores que en los últimos años perdieron sus empleos en las grandes industrias nacionales que trasladaron su producción a China, la India, México y otros países con regulaciones laborales menos inflexibles y mano de obra más barata; como así mismo una pancarta racista que excluye y golpea directamente a la mano de obra inmigrante (incluidos los dreamers), especialmente a los de origen mexicano e hispano, contra quienes el muro que separa al Primer Mundo del Tercero en la frontera con México, es la manifestación física de un lenguaje político de guerra.

La contracara del modelo nacionalista, es el globalismo de corte financierista (en lo económico) y progresista (en lo ideológico) cuyos principales intercesores a nivel mundial son Wall Street y el mega-especulador George Soros; el objetivo de la agenda Soros (replicado en su fundación Open Society, en las cientos de ONGs que financia en la mayoría de países y hasta en ciertos programas de la ONU) es derribar todas las barreras al libre tránsito de factores financieros y productivos, lo cual implica permear todas las barreras soberano-estatales al capital económico, maquinarias, mercancías y personas, además de operar en el discurso de la integración (racial, religiosa, cultural, de género) para facilitar los cambios de paradigma. Esto le ha valido a Soros serias acusaciones sobre injerencia migratoria, acusándolo de canalizar entre muchas otras, las migraciones africanas a las costas del sur de Italia, de inmigrantes sirios a Europa, de haitianos a Chile y de centroamericanos a EE.UU., generando en esta última el choque de agendas con el nacionalista Trump, quien al enfrentar en noviembre a Biden, estará compitiendo realmente contra tres poderes: George Soros, el deep state y Wall Street.

4. Oriente Medio, petróleo, la OPEP y las guerras de Israel

Previo a su elección en 2017, Donald Trump acusó en varias ocasiones lo que es una verdad incuestionable: el hecho de que los conflictos y el terrorismo en Oriente Medio son una creación que obedece estrictamente a la política exterior de EE.UU., especialmente a la geopolítica energética y del petróleo. Sujeto a lo mismo prometió retirar las tropas estadounidenses de la región para limitar (a su juicio) el despilfarro de un Estado altamente endeudado y de paso terminar con la farsa de la "Guerra contra el terrorismo" iniciada por Baby Bush en 2001. Una vez en el poder, sin embargo, Trump trastocó su discurso inicial (presumiblemente presionado por el complejo militar-industrial o deep state) al punto de -por ejemplo- ordenar la retirada de tropas en Siria y al poco tiempo reubicarlas en puntos estratégicos, cercanos a pozos petroleros. 

Recursos que se continúan disputando en Oriente Medio, Asia Central, el Cáucaso y el Mar Negro (en torno a Ucrania). Regiones prolíficas en petróleo y gas.

Evidentemente, no es tan fácil salir del laberinto de Oriente Medio, especialmente del norte del creciente fértil (Siria-Irak) donde las reservas de petróleo y gas explican por sí solas buena parte de la geopolítica del siglo XX. Salir de la región significaría dejar el paso libre a Irán para reconfigurar el equilibrio de poderes en la región y complicar la existencia del sempiterno aliado estadounidense: Israel, así mismo se daría luz verde a Rusia en el control de la OPEP (Organización de Paises Productores de Petróleo) desde su fuerte alianza con el gran productor y hegemón del Golfo Pérsico que es Irán y su cada vez más impetuosa presencia en Siria. El otro aliado estadounidense en la región: Arabia Saudita, es un país poco querido en el mundo árabe-levantino (Siria, Líbano, Palestina) y hasta entere vecinos peninsulares (Yemen, Catar) que tienden a Irán (un país no árabe); así dicho EE.UU. no saldrá del Medio Oriente mientras su influencia en la OPEP y la seguridad de Israel queden comprometidas.

La guerra de Trump en el frente de Oriente Medio es una guerra propiamente geopolítica y geoeconómica que visiblimente le incomoda, pero que es encomiada a más no poder por los halcones (más fieles al deep state que a Trump) que le susurran al oído: en especial, el ex-director de la CIA Mike Pompeo. El principal contendor en esta guerra es Rusia y en segundo término Irán; de cara a Rusia la trama geopolítica es secundada además por los eventos de Ucrania (la cuestión de Crimea y las tensiones en el Donbáss) donde EE.UU. ejerce también su influencia de contención en una región fundamental para el empoderamiento geopolítico ruso, y en el boicot estadounidense al gaseoducto Nord Stream 2 que conectará Rusia con Alemania, haciendo más dependiente a Europa del abastecimiento energético del heartland: de una Rusia que ya no es el corazón de un estructura oxidada como en tiempos de la Unión Soviética ni el vasto país rural de los corruptos kulaks. La Rusia de Putin apuesta a ser un tercer hegemón detrás de China y EE.UU., uno que ejercerá una importante influencia en el corazón de Eurasia, definiendo en lo mediato los destinos de Oriente Medio, Europa Oriental, Asia Central y parte del ártico.

5. Venezuela y el "Patio Trasero"

EE.UU. no intervendrá Venezuela hasta que el contendiente geopolítico y el equilibrio de poderes con Rusia en las regiones Oriente Medio, Ucrania y el Mar Negro quede completamente zanjado a favor de Rusia. Lo que hoy estamos presenciando es la antesala del "re-Orden Mundial" (en palabras de Alfredo Jalife) al cabo del cual el mundo podría tornarse tripolar desde las hegemonías de China, EE.UU. y Rusia repartiéndose el mapa político; esto podría implicar que EE.UU. vuelva (y de hecho lo está haciendo) a enfocar su atención en el patio trasero (Latinoamérica), dejando de intervenir en las cuestiones de Oriente Medio (una región que le está quedando cada vez más grande y lejana) y balanceando sus intereses energéticos con el petróleo y las tierras raras de Venezuela y México, además del litio y el gas de Bolivia, entre otros.

Cantidades de petróleo exportadas por Venezuela a sus principales mercados compradores en 2018 (en miles de unidades de barriles/día). Fuente: Center For Strategic & International Studies

El golpe de Estado del pasado noviembre en Bolivia fue una jugada directa de EE.UU. que desterró la agenda indigenista-nacionalista-estatista (pro China, pro Rusia y pro Irán) para instalar en su lugar una con los colores propios de la administración Trump (derecha política, evangelismo sionista, liberalización de la economía, apertura diplomática a EE.UU. e Israel, etcétera); si no se ha seguido el mismo derrotero con Venezuela, se debe a que aquel país está siendo protegido por Rusia en el cometido de custodiar su influencia en la OPEP. Sin embargo EE.UU. ya tantea el terreno y las fallidas Operación Gedeón 1 (2018) Gedeón 2 (2020) son la evidencia más concreta de ello, enviando al sacrificio unos pocos mercenarios de guerra (la guerra tercializada, propia de EE.UU. en Oriente Medio), ensayando las operaciones de inteligencia y probando la asistencia y las lealtades regionales, en especial de Colombia o incluso del Chile de Piñera, como ocurrió lastimosamente en la también fallida intervención de Cúcuta en febrero de 2019.

EE.UU. necesita del petróleo venezolano (como también del oro de sus ricos yacimientos) para abastecerse y seguir jugando el juego especulativo del oro negro (por cada barril real, se especula con otros 500 barriles fiduciarios) dado que este país posee las mayores reservas en el planeta y de las calidades de mayor comercialización y más fácil extracción. EE.UU. en cambio podría ser autosuficiente e incluso jugar a la especulación financiera con su propio petróleo, pero la extracción de sus grandes reservas no es factible salvo por el método del fracking que al día de hoy sigue siendo un método demasiado oneroso, contaminante y depredador por la gran cantidad de recurso hídrico  que requiere emplear en la extracción. En el interín, Venezuela es una pieza fundamental en el ajedrez de Trump (y de los gobiernos estadounidenses en general), pero que caiga o no el régimen de Maduro, como apunté anteriormente, está sujeto a cierto nivel de negociación con Rusia.

6. Guerra contra los efectos del COVID-19 y la geopolítica de la vacuna

La sexta guerra que enfrenta Trump es tal vez la más compleja que se desarrolla por estos días y una que compromete directamente su guerra electoral contra Biden. EE.UU. es hoy el país que más se ve afectado por la pandemia del COVID-19 (en cantidad de contagiados y muertes) y el mal manejo inicial del Presidente que vilipendió la pandemia y buscó obtener réditos políticos de la misma culpando a China, le ha granjeado varios cuestionamientos internos y externos, aunque curiosamente su popularidad no se ha visto del todo mancillada e incluso ha aumentado entre algunos sectores que buscan escapar del confinamiento y reactivar la economía.

Estadística de los decesos por COVID-19 a nivel mundial a 10/05/2020. Fuente: Diario Financiero

Del origen de la pandemia, es probable que nunca tengamos a mano todas las evidencias para imputar a los verdaderos causantes, aunque desde luego se puede descartar de plano la estúpida tesis de contaminación cruzada por consumo de "sopita de murciélago"; el SARS-COV-2 es con toda probabilidad un producto de laboratorio que escapó de ellos por alguna negligencia o derechamente fue empleado como un arma biológica para generar todos los efectos adversos (el cisne negro) que hoy sufren nuestras economías y el género humano, reflejando la fragilidad de la vida y el hecho de que "a río revuelto" esta hecatombe beneficiará a más de alguno. De ella saldrá airoso el país o potencia que desarrolle la tan ansiada vacuna, aunque en el intertanto de la búsqueda se han acusado ciertos boicots y hasta han acontecido asesinatos de científicos en extrañas condiciones.

Mientras eminencias de la medicina como el doctor estadounidense de origen pakistaní Rashid Buttar, apuntan derechamente en el origen del COVID-19 a una conspiración que implicaría derechamente a la OMS y a personeros estadounidenses como el inmunólogo Anthony Fauci, el megaempresario tecnológico Bill Gates (ambos -curiosamente- predijeron el virus con años de anticipación) y de rebote: el mega-especulador George Soros. Otros relacionamos más fácilmente lo que hoy ocurre con los objetivos señalados abiertamente en la ESN y EDN de la administración Trump, que se resumen en una contención a toda costa del crecimiento de China y estrategias de desglobalización. Sea cual sea la verdad, esperemos que algún día se propague por el aire como el virus y nos regale claridad en medio de esta jaula de mentiras y antes de que alguna de las 6 guerras en curso de Donald Trump logre comprometer nuestra integridad.

lunes, 23 de marzo de 2020

El COVID-19 y el Nuevo Orden Mundial en ciernes


Tras los atentados del 11 de Septiembre (2001) y su posterior corolario de muerte sobre Afganistán, Iraq, Libia, Siria y Yemen, muchos politólogos, analistas internacionales y geopolíticos corroboramos de la peor forma que las crisis globales "se diseñan" o por la bajo se aprovechan, para instaurar programas imperialistas que de no ser por una "impresión de crisis", instalada a nivel global vía agenda diplomática y de los medios de comunicación de masas, no lograrían prosperar en un mundo regentado por el Derecho Internacional e instituciones globales (ONU, OTAN, FMI, Banco Mundial, OMC, OMS, etcétera) que en teoría garantizan la armonía del Sistema Internacional y a raíz de lo cual creímos superada la era más cruenta de nuestra historia contemporánea que se cobró dos Guerras Mundiales y el Holocausto.

La Guerra Fría nos instruyó sobre la imposibilidad de una guerra total entre dos potencias (EE.UU. vs la URRS) con igual poder de destrucción nuclear y escalada armamentística y del hecho que los conflictos geopolíticos por imponer supremacía no se liberan en territorios propios sino en terceros países en disputa, lo que hoy conocemos como "guerras proxy". Como bien expone el gran analista geopolítico mexicano Alfredo Jalife-Rahme: "Una buena noticia es que de entrada ya no habrá Tercera Guerra Mundial o tal vez ya la hubo y ni nos enteramos".  Quiero detenerme en esta última aseveración que encierra un toque de comicidad dentro de su gran verdad y es que las guerras globales subsisten, son silenciosas, pero no menos destructivas. 

Hoy no muchos están enterados -por ejemplo- del cruento genocidio que ocurre en Yemen (2015-?), dado que los medios de comunicación masivos, ligados a la influencia del Pentágono no lo publicitan y hasta lo silencian, puesto que allí se juegan ingentes intereses de la entente Arabia Saudita/Israel/Estados Unidos frente a la otra entente Irán/Rusia/China de cara al Estrecho de Ormúz (donde circula más del 20% del petróleo mundial) y el Canal de Suez (acceso del petróleo al Mar Mediterráneo). Y es así que casi sin enterarnos llevamos al menos una década bajo el telón de una Segunda Guerra Fría cuyos escenarios proxy son: Ucrania, Siria, Libia, Yemen, Irak, el Kurdistán e incluso Venezuela y Bolivia, país último en que el se atestó un golpe de Estado a fines del 2019 hoy llamado "litio-golpe" y que casi sin enterarnos podría estar también ligado (como operación de inteligencia) con la génesis de las movilizaciones/vandalismo en Chile, que acontecieron en igual periodo (como el guión de un plan) poniendo en jaque la continuidad del gobierno de Sebastián Piñera y en la cual más de un analista internacional vio los atisbos de una potencial Operación Cóndor.

Hoy, al poco andar de un agitado 2020, la sombra del exterminio vuelve a amenazar al planeta y de manera más implacable que cualquiera de las Guerras Mundiales previas, puesto que al corte de caja de este día ya ha asolado a 177 países (330.000 casos y 14.000 muertes) con potencial de poder afectarlos a todos en un periodo de pocas semanas, lo que implica que entre un 40% a 70% de la población mundial podría contraer el virus, antes de que surja una vacuna efectiva. Razón de sobra, para que buena parte de la intelectualidad geopolítica (en especial los analistas chinos, rusos y más de algún centroeuropeo y norteamericano) desconfíe que el COVID-19 o CORONAVIRUS sea un agente viral de orden natural y no un producto de laboratorio, esto dadas las dimensiones imprevistas e incalculadas de la pandemia, el hecho de que incubara en China (encaminada a ser la potencia global por su exponencial poder económico y tecnológico)  y más curioso aún resulta que surgiera a los pocos meses de que se pusiera "paños fríos" a la tenaz Guerra Arancelaria del 2019, que dejó al borde de la recesión a varios países. La posibilidad de que hoy enfrentemos una guerra bacteriológica o de que la pandemia (llegada en momento muy oportuno para algunos) facilite una contracción de la globalización, es la idea que desarrolla el presente escrito.

Un poco de contexto

El atentado del 11-S del año 2001, impuso a los más ecuánimes estudiosos de la geopolítica replantearse sus supuestos sobre la estructura y orden mundial, reconsiderando la idea de que las crisis mundiales "se diseñan" o al menos son instrumentalizadas por ciertas potencias militares y económicas inescrupulosas (en este caso Estados Unidos) para erigir esquemas y programas imperialistas, que a la luz de las restricciones impuestas por el Derecho Internacional y el principio de sana convivencia entre los Estados, serían imposibles de encauzar en condiciones normales.

Es así como la destrucción del World Trade Center fue el salvoconducto (y la expresión grandilocuente de una amenaza global inminente, exaltada por los medios de comunicación que jugaron de su parte) a través del cual EE.UU. obtuvo visado de la OTAN y apoyo militar/logístico de los principales países de la por entonces incipiente Unión Europea, para invadir Iraq bajo la excusa de contener al terrorismo internacional, intervenir la proliferación de "armas de destrucción masiva" que JAMÁS EXISTIERON y de paso derrocar la dictadura de Sadam Hussein contra quien ya se había combatido en la Guerra del Golfo de 1990. 

La destrucción del World Trade Center, respecto de la cual existen varias teorías de conspiración (algunas más creíbles que otras) fue el salvoconducto para la invasión de Iraq y de Afganistán (2003). Estados Unidos no ha vuelto a salir de la región en 17 años, en una secuencia de acciones militares unilaterales nefastas que no devolvieron ni la tranquilidad a EE.UU. ni la estabilidad a Medio Oriente.

Desde luego, la tesis que justificó una escalada desde el atentado 11-S a la invasión de Iraq fue una absurda memez que hacía aguas por todos lados, aunque por entonces muy pocos analistas alineados con el "discurso oficial" discurrieron el hecho de que Sadam Hussein (un dictador secular muy occidentalizado) era un enemigo declarado de los islamistas a quienes EE.UU. decía combatir, que su régimen fue sustentado por los propios EE.UU. de Reagan en la guerra Irán-Iraq (1980-1988) para derrocar al Ayatolah Jomeini o que los verdaderos islamistas pululaban en torno a las petro-monarquías del Golfo (Arabia Saudi y Emiratos Árabes), desde donde provenían al menos 17 de los terroristas inculpados, incluyendo al supuesto cerebro de la operación: Osama Bin Laden, socio empresarial de la familia Bush y un agente americano en la guerra proxy de Afganistán de 1978-1992 contra la Unión Soviética. Y cuyo cuerpo -se nos dijo- fue arrojado al mar en condiciones poco claras el año 2011.

Naturalmente, lo que los  grandes medios no destacaban era el hecho de que las monarquías del golfo -por muy anti-democráticas y dictatoriales que fueran- eran históricas aliadas de EE.UU., de la Commonwealth y del Mundo Noratlántico, además de erigidas por Gran Bretaña durante el periodo colonial, concentrando el poder a modo de plutocracia, en manos de soberanos tribales, o que la invasión de Iraq (secreto a voces) tuvo el verdadero fin de apropiarse su petróleo y de alinearlo a los intereses estadounidenses, evitando su anunciado vuelco hacia el euro en lugar del dólar y finalmente: dar un golpe geopolítico para retener la influencia de Irán en la región, en clara contraposición a los intereses de sus aliados regionales Israel y Arabia Saudita.

Este "diseño" de crisis global y golpe de tablero geopolítico, fue formulado por el PNAC (Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense) en 1997 y se hizo carne con la "doctrina Bush" desde el año 2003. Deriva a su vez de la Doctrina Monroe (o del "destino manifiesto"), pero especialmente de la tesis del "choque de civilizaciones" del politólogo Samuel Huntington y del "fin de la historia" del también politólogo y economista Francis Fukuyama (miembro del PNAC).  Expone que tras la caída de la Unión Soviética y del socialismo científico, el inminente triunfo del capitalismo de corte financierista o neoliberalismo se instituiría en todos los países, como incuestionable patrón de la modernidad y que en cambio encontraría la oposición de naciones o grupúsculos reticentes a la modernidad, a la globalización y a procesos asociados a la diversificación cultural en un "mundo abierto y sin fronteras" (feminismo, movimiento LGBT, reivindicaciones sociales, culturales y raciales, etcétera). La mayor de las oposiciones -según la tesis del PNAC- provendría del mundo islámico, hecho que motivaba el impulso globalizador como una especie de cruzada culturizante y modernista.

Tal simplificación maniquea de la realidad fue de muy fácil transmisión en el mundo de la comunicación globalizada durante la era embrionaria de internet. Los Estados Unidos, "puntal de la libertad y de la democracia" (al menos esa era la  propaganda)  volvían a señalar el camino y el modelo a seguir a los países menos aventajados del mundo ("destino manifiesto") como en su momento hiciera contra la dominación española en Latinoamérica, contra el avance de los fascismos y del nazismo en Europa (Segunda Guerra Mundial), contra el fracasado socialismo de la URRS y en adelante contra la obsoleta civilización islámica, sin reparar en la amplia diversidad/complejidad de aquel mundo, o en sus 14 siglos de historia, sustentados en al menos otros 8000 años de trascendencia: ¡la cuna de la civilización humana!; o en el gran peso geopolítico que representan sus casi dos mil millones de seguidores en el mundo (25% de la población mundial). 

Una cruzada siempre se justifica en la existencia de un enemigo y este, creado literalmente por Huntington y el PNAC sería el mundo islámico. El luchar contra el anacranismo cultural de esos regímenes tiranos y sus armas de destrucción masiva (que, una vez más: JAMAS EXISTIERON) facilitó pasarse por alto todos los protocolos internacionales de las Naciones Unidas y violar sistemáticamente el Derecho Internacional con el fin de desplegar una estratagema imperialista cuyo fin desde luego nunca fue establecer democracias donde no echaban en falta, sino derechamente apropiarse de los recursos energéticos de Oriente Medio (petróleo y gas), de sus rutas desde siempre críticas y estratégicas, debilitar a los países hostiles a Israel en la región, desangrar a Palestina, cercar a Irán y allanarle camino a China en Asia Central (tras la ocupación de Afganistán), siguiendo las exhortaciones del géografo John Mackinder sobre la "región cardinal". En un ejercicio de "todo vale" para continuar desestabilizando y justificar frente la Comunidad Internacional su permanencia en Irak y Siria, EE.UU. -en comunión con Arabia Saudita e Israel- formó y equipó nuevas células terroristas (como el DAESH o ISIS) y ejerció múltiples formas de guerra no convencional, archivos revelados vía espionaje cibernético por WikiLeaks, medio fundado en 2006 por el muy perseguido y hoy silenciado Julian Assange.

Algunos de los neocon más siniestros ligados al PNAC. El flyer cita una de las sentencias más macabras de este think tank, que muchos asocian directamente con una exhortación al atentado de las torres gemelas: "un proceso de transformación... incluso si viene aparejado de un cambio revolucionario... podría demorar demasiado... sino media algún evento catastrófico y catalizador... como pudiera ser un nuevo Pearl Harbor". Después de esto, podemos esperar cualquier cosa de algunas administraciones norteamericanas y de sus centrales de inteligencia.

Insistiendo en mi punto de que las guerras globales subsisten, son silenciosas, pero no menos destructivas, me permito recordar que sólo en Iraq cifras extra oficiales hablan de un número cercano al millón de muertes desde 2003, no menos de 200 mil muertes en Afganistán en igual periodo y de más de 600.000 muertes en Siria desde 2011. Paises destruidos hasta los cimientos, donde por lo demás jamás llegó la democracia tan pregonada por EE.UU., quedando en condiciones mucho peores que en un comienzo, impedidos de restablecer su soberanía, aplacar la guerra civil, explotar sus propios recursos energéticos o de seguir sus propios modelos políticos. Es indudable que estos paises sobrellevaron mejor su existencia bajo los regímenes autoritarios locales como el de Hussein en Iraq, la familia Assad en Siria o Muamar Khadafi en Libia. La presencia de Estados Unidos no les aportó más que sufrimiento y pobreza, recordándoles los imperios más sanguinarios que alguna vez les sometieron: asirios, mongoles, mamelucos, turcomanos, etcétera.

Ascenso del hegemón chino y consumación del globalismo neoliberal

Desde hace unos 12 años, sin embargo, se viene hablando del fin de la hegemonía global estadounidense, hecho ineludible que se desembrolla con el explosivo ascenso de China en el escenario global y su acelerado crecimiento en las lides económicas y tecnológicas en los últimos cinco años. La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca en 2017, sólo corrobora esta realidad: un Estados Unidos fracturado políticamente, agudamente endeudado a raíz de sus campañas belicistas en Oriente Medio, sin poder erosionar la posición de su contendiente euroasiático: Rusia (país que se cree superó en veinte años su poder de armamento), y que imposibilitado ya de liderar el proceso de globalización ha optado por contraerlo a partir del nacionalismo económico y del proteccionismo industrial, pregonado por Trump desde el comienzo de su mandato y llevado a la práctica en 2019 a partir de la Guerra Comercial u Arancelaria cuyo fin fue evitar el despliegue económico del gigante asiático chino en sus mercados estratégicos; condición en la que China lleva ya una amplia ventaja, que se transmutará en liderato absoluto tras la puesta en marcha de sus ambiciosos proyectos globalistas del Cinturón y Ruta de la Seda, que incluye un tramo ártico en alianza con Rusia.

Resulta paradógico que tras la caída de la URRS a comienzos de los '90, EE.UU. empoderara la globalización neoliberal en el mundo -unas veces sobre la base de tratados comerciales asimétricos con paises subdesarrollados y otras sobre el sufrimiento, la invasión y los cadáveres del Tercer Mundo (mi resumen precedente sobre la situación de Oriente Medio en las dos últimas décadas de hegemonía estadounidense, fue bastante ilustrativo)- y que hoy el liderato de este proceso multidimensional llamado globalización pase de manos estadounidenses a predominio de China, un país que al igual que la URRS guarda proporciones de imperio continental, tiene un sistema político de régimen único NO DEMOCRÁTICO que matiza cino-comunismo, confusianismo y capitalismo, pero que a diferencia de EE.UU. es contrario a la beligerencia y apuesta por el multilateralismo en RR.II., las relaciones cooperativas y los tratados win to win con el resto de paises que conforman el planeta.

Pragmática en esencia, China no busca evangelizar al planeta ni instaurar regímenes fuera de sus fronteras, que se acomoden a sus intereses. Pese a los 5000 años de civilización que carga a sus espaldas, no existe desde China hacia el resto del mundo ninguna doctrina remotamente parecida al "destino manifiesto" o al "choque de civilizaciones", más bien lo contrario, China que siempre fue un mundo culturalmente vasto en sí misma, conoció la intromisión de los imperios europeos a partir del siglo XVII y del nefasto imperialismo británico en el siglo XIX desde eventos muy poco célebres como las Guerras del Opio, que quedarían marcadas a fuego en el subconsciente de los orientales. Desde entonces China reconoce la importancia del multilateralismo y desea imprimir este sello a la nueva globalización del Siglo XXI tras concluir su parsimonioso camino a convertirse en la principal potencia económica, industrial, comercial y tecnológica en 2025.

Sin embargo, no perdamos de vista, insisto, que las guerras globales subsisten, son silenciosas, pero no menos destructivas. La eventualidad de una pandemia es un hecho siempre factible, aunque nunca antes alguna había actuado al nivel que lo está haciendo el COVID-19, presionando a los distintos Estados a generar el cierre de aduanas, de aeropuertos, de ciudades, restricción de movilidad, a declarar cuarentenas, toques de queda, cierre de empresas y reemplazo de actividad productiva presencial por teletrabajo. La globalización no es un proceso nuevo y tal como la conocemos hoy tiene no menos de 4 décadas de existencia, complejizándose al máximo a nivel intercontinental la cadena de suministros, la eficiencia de las rutas y medios de transportes, el libre tránsito de medios de producción y de personas entre países, etcétera. ¿cómo antes no había ocurrido nada parecido?, ¿quienes ganan y quienes salen perjudicados tras esta ¿eventualidad??. Son cuestionamientos razonables.

Lijian Zhao, Subdirector del Departamento de Información del Ministerio de Relaciones de China exhortó vía Twitter a las autoridades estadounidenses transparentar información respecto de la génesis del virus, su propagación y de cómo y cuándo apareció el "Paciente Cero" en Estados Unidos, información poco clara en medio de una avalancha de dudas y cuestionamientos.

Quienes estamos familiarizados con la geopolítica y la lectura de copiosos informes anuales, publicados por centros de estudios ligados a organismos de defensa de los diversos países, o la más reciente bibliografía de analistas independientes, hemos podido percatar que como la crónica de una muerte anunciada el COVID-19 (eventual o no) precipita un hecho muy anunciado y programado tanto en el discurso y el actuar de Donald Trump como también en el texto de la Estrategia de Seguridad Nacional y la Estrategia de Defensa Nacional de EE.UU., este hecho es la necesidad de contraer la globalización para frenar la expansión económica de China, empoderar a nivel de todos los países la matríz Estado-céntrica y el proteccionismo económico en contrapunto a la globalización, lo cual implica anteponer un muro a los proyectos de libre comercio e integración económica liderados por China, entre los más importantes: RCEP y el futuro Cinturón y Ruta de la Seda, que ampliará el mercado chino a la totalidad de economías del planeta, facilitándoles ser una potencia comercial autárquica hacia 2025.

Muchos analistas consideran que la primera fase de esta estrategema contractiva contempla una escalada en la militarización de varios paises con el fin de contener el descontento social, que tal como las primaveras árabes de 2010 (que hoy sabemos fueron parte de un plan demócrata para derrocar gobiernos como el de Libia y Siria) estalló al mismo tiempo durante 2019 en varios países del globo, desde Hong Kong al Líbano, pasando por Cataluña, Ecuador, Chile, Colombia y Bolivia, valiéndose en este último caso hasta de la inteligencia israelí para contrarrestar un potencial contragolpe del MAS (partido político de Evo Morales) y del evangelismo sionista como giro discursivo. Respecto de Hong Kong, las autoridades chinas declararon abiertamente que la mano negra de Estados Unidos estaba oculta tras las movilizaciones para desestabilizar económicamente al país, desarraigando aún más la compleja relación chino-hongkonesa. Por su parte autores como William Engdahl han dejado entrever que no sólo el golpe en Bolivia sino también la desestabilización de Chile en octubre de 2019 fue suscitada por EE.UU. con el fin de arrebatar dos de tres paises pertenecientes al "triángulo de litio", que ya habían estrechado lazos con China respecto a la explotación y exportación de este importante mineral, clave en la industria de la telefonía y de la electromovilidad.

Una vez más insisto: las guerras globales subsisten, son silenciosas, pero no menos destructivas. La guerra biológica o bacteriológica es casi tan antigua como la guerra convencional (al lector poco advertido lo invito a leer la siguiente columna de Jeffrey St. Clair, respecto de la bien documentada relación de EE.UU. con las mismas), por ende el diseño de acciones geopolíticas es un hecho en un mundo altamente informatizado que busca reducir la incertidumbre en todos los niveles. Desde el punto de vista geoestratégico pocas cosas resultarían más efectivas (y más éticamente sancionables) que una mega-pandemia si lo que se pretende es contraer la globalización, restringir las relaciones comerciales entre países y reempoderar al Estado por sobre el mercado, en su rol de "salvaguarda de la nación" y protector de la economía e industria nacional (lo que hoy vemos está ocurriendo en varios países donde el fisco inyecta ayuda económica a las grandes empresas, para que no decaiga la actividad productiva de cada país), este giro abrupto en la geopolítica beneficia por cierto a Estados Unidos y no a China. 

De este modo, la potencia hegemónica en retirada abraza hoy el trumpismo en lugar del reaganomics (esto es: la muerte declarada del neoliberalismo, que del otro lado del charco se manifiesta en el derrocamiento del tatcherismo por el brexit), abandonando el liderato del tablero globalista, dejando múltiples sinsabores en su actuar unipolar que -casualidad o no- concluirá con una pandemia desatada que ha golpeado fuertemente su propia estabilidad y economía. China en cambio, al concluir el peligro del COVID-19, estará a un paso de ser la primera potencia mundial tecnológica y económica y habrá legado al mundo en esta crisis altas dosis de responsabilidad, solidaridad y coorperativismo internacional, con el objetivo de frenar la pandemia y una ejemplar diplomacia, nutrida por el respeto al multilaterialismo y no así destacada por arruinar a países per sé debilitados como Irán, Cuba o Venezuela, cuyos embargos y sanciones económicas a estas alturas y en medio de la peor crisis sanitaria que haya vivido el planeta, no son ya represalias políticas sino CRIMENES DE LESA HUMANIDAD.


miércoles, 25 de diciembre de 2019

El secuestro de Bolivia


Fue durante una década el país con mayor crecimiento económico del continente americano (un promedio anual del 5%), previsor y ahorrativo con los reembolsos generados por la venta de hidrocarburos que nacionalizó en 2006, concentró esfuerzos en diversificar la economía, apostó por el multilateralismo privilegiando las RRII con países no alineados (Venezuela, Cuba, Irán, Siria) y las potencias euroasiáticas China y Rusia, además de iniciar la nacionalización e industrialización del litio en época tan temprana como el año 2008, previendo el potencial económico y estratégico que implica liderar los mayores yacimientos de este mineral en medio del triángulo que conforma junto con Chile y Argentina. 

De un día a otro, sin embargo, la Bolivia de Evo Morales pasó del "milagro indigenista" al secuestro o más bien re-secuestro de parte de una élite golpista, apoyada por el EE.UU. de Trump y su acción geopolítica reconcentrada en recuperar el America's Backyard en medio de una tenaz Segunda Guerra Fría, disfrazada de guerra comercial u arancelaria, con protestas ciudadanas al orden del día, además de espionaje e injerencismo electrónico, votaciones adulteradas y manipulación/enardecimiento de las masas vía populismo y/o evangelismo, elementos que se replican como un manual de acción en varios países de Latinoamérica y del globo.

El gran error de Evo

Como si América Latina no fuere un continente mestizo, al día de hoy el hecho de ser indígena sigue siendo una condena de facto en muchos de nuestros países que no sólo estigmatizan a los pueblos originarios como "reaccionarios" y "peligrosos", han generado en torno a ellos una viciada estructura de segregación que limita sus espacios de participación, sus oportunidades de desarrollo (económico, educacional y laboral) y deslegitimado sus históricas reivindicaciones culturales, territoriales, de autonomía política y reconocimiento étnico, como fiel reflejo de la supremacía colonialista y su cegada determinación de hacer de América Latina un vástago de Europa y del atlantismo, desde un occidentalismo ambiguo, precario, carente de identidad.

Sentenció una vez el gran ideólogo liberal y americanista chileno Francisco Bilbao: El libre pensamiento en América ha sido sostenido por las razas indígenas libres que combatieron y combaten; he ahí su tradición. En donde no pudo penetrar el dogma católico, no pudo penetrar la esclavitud (Evangelio Americano, 1864, pág. 97). Y este parece haber sido el rumbo que tomó al fin Bolivia en 2006, cuando el otrora líder cocalero, sindicalista, activista y diputado Evo Morales Ayma obtuvo de la mano del MAS (Movimiento al Socialismo) la presidencia del país altiplánico con el 53% de preferencias, rompiendo los moldes de la tradición eurocéntrica al ser el primer mandatario de etnia nativa en un país donde más del 50% de la población pertenece a la raza originaria.


Aquel indígena uru-aymara, lejos de desatar un "caos boliviano" como temían y seguro esperaban sus más acérrimos detractores de la élite política tradicional, dirigió con tesón nacionalista el destino de una Bolivia que en apenas dos años redujo el analfabetismo en cerca del 10%, en una década disminuyó la pobreza en un 20%, redistribuyó el ingreso per cápita y apuntaló el crecimiento hasta un 5% anual sostenido. En resumidas cuentas, a lo largo de todo el periplo de Morales, Bolivia pasó de ser "la Haití sudamericana" al país más pujante de la región. ¿Cuánto duraría el milagro boliviano?; nada menos que 13 años y hasta el traspié final de Evo Morales que fue el salvoconducto para el golpe de Estado definitivo que reacomodó las piezas del ajedrez sudamericano bajo la sutil excusa de la defensa democrática, aunque resulta imposible desconocer que detrás de este pretexto tan trillado (empleado también en las intervenciones sobre Irak, Siria o Libia) posa la sombra del imperialismo norteamericano y su lucha hegemónica contra la entente China-Rusia-Venezuela, además del interés por apropiarse de los recursos energéticos bolivianos, en especial del litio.

Morales no es menos culpable de su destino (golpe y destierro) ni de hipotecar el futuro promisorio de Bolivia. Su ambición por mantenerse en el poder presentándose a elecciones en un tercero y hasta cuarto mandato presidencial, le llevó a generar presiones ilegítimas sobre el Congreso para "acomodar" la Constitución Política Boliviana aprobada bajo su mandato en 2009 vía referéndum. El 10 de noviembre del presente año, en medio de un clima político crispado a nivel continental (protestas en Ecuador y Chile) y global (Hong Kong, Barcelona, Beirut, Badgad...) las acusaciones de "fraude electoral" generaron una presión social insostenible y a la "sugerencia" de dimisión de parte de las FFAA, determinación que Morales tomó inmediato, abandonado el país con destino a México. Asumió la presidencia la Vicepresidenta del Senado Jeanine Áñez; abogada, ligada a las facciones políticas derechistas de Santa Cruz de la Sierra.

La guerra por el litio

El lado oscuro de la globalización nos devela que este proceso no es simplemente el corolario de una red de Estados independientes que en algún momento decidieron comprometerse en distintos grados de interdependencia (económica, política, de seguridad fronteriza, etcétera) para beneficio mutuo o  para concretar lo que la teoría de juegos denomina situaciones win-win. Bajo el proceso globalizador, el peso de las grandes corporaciones es decididamente mayor al de los Estados, quedando el poder soberano ineludiblemente relegado por el poder económico y de los grandes lobbys que tienen también un alcance global, valiéndose de los términos de los tratados comerciales (generalmente asimétricos), de la institucionalidad global (Banco Mundial, FMI, OMC) y de instancias negociadoras que operan de espaldas a los ciudadanos (Club Bilderberg, Comisión Trilateral) generando un natural recelo matizado con diversas teorías de conspiración que ensombrecen lo real con lo absurdo.

En un mundo que avanza a pasos acelerados hacia las industrias sustentables, la explotación del litio aumentará exponencialmente en los próximos años, para sustento -principalmente- de la electromovilidad que al día de hoy es liderada por la empresa china BYD y contendida por la norteamericana TESLA. Esto implica que la soterrada guerra geopolítica entre EE.UU. y China pase por varios capítulos, uno de ellos es la guerra arancelaria y otro el emplazamiento geoestratégico en regiones abastecedoras de materias primas. La exorbitante inciativa china One Bet, One Road (traducida al español como "Nueva Ruta de la Seda") que generará la más expedita y avanzada conectividad logística terreste de China con Asia Central, Medio Oriente, Europa del Este y África, y que por mar extenderá infraestructuras hasta sus socios comerciales de Latinoamérica, es un golpe bajo a la otrora hegemonía económica norteamericana, que a la vez que va alejando sus tentáculos de Medio Oriente y del petróleo (en favor de Rusia) vuelve a enfocar sus energías colonialistas sobre el patio trasero sudamericano.

Evo Morales y el Presidente de la RPC Xi Jinping sellando un acuerdo de asociación estratégica en 2018.

China que es un Estado empresario (principal accionista de las grandes empresas nacionales), a diferencia de EE.UU. emplea la estrategia de la complementariedad  con los países del Tercer Mundo, asistiéndolos económicamente y subsidiando los diferentes tramos de la Ruta de la Seda, donde todos los caminos conducirán a Beijing. De cara a la explotación del litio, las filiales chinas TSR y Tianqi ya han acaparado parte importante del litio extraído en Argentina y Chile, a la vez que con la Bolivia de Evo Morales tenían un muy avanzado plan de industrializar los salares para producir litio metálico, iniciativa que probablemente quede bajo la nebulosa tras el golpe de Estado del pasado mes de noviembre que infama 13 años de esfuerzos por industrializar y nacionalizar los recursos primarios bolivianos, para colocar a una cohorte de vende-patrias que en sólo un mes de gobierno provisorio han intervenido el modelo boliviano retrotrayéndolo al viejo estándar globalista que converge los intereses de EE.UU. con los de la oligarquía altiplánica.

Evangelismo político y giro abrupto hacia EE.UU. e Israel

Jeanine Áñez alzando la biblia y declarando que "Dios vuelve a entrar al palacio" de gobierno.

Toda dominación requiere como sustento ideológico, cultural o espiritual de un "poder blando" que facilite su legitimidad. Este poder se asocia generalmente con símbolos y narrativas; en la Bolivia de Áñez -así como en el Brasil de Bolsonaro o la Honduras de Hernández- aquel poder blando es ejercido por el cristianismo evangelista: una fábrica de fanatismo sectario que encuentra sustento en las capas bajas de la sociedad latinoamericana, poco dadas al razonamiento intelectual de la política y que carentes de todo espíritu libertario o anti-dogmático, comprometen su fidelidad a políticos pseudo-pastores, pseudo-religiosos (o absolutamente charlatanes), en lugar de proferir el voto a tecnócratas o a una clase dirigente comprometida con los problemas reales de la nación.

Esta receta maliciosamente empleada por la derecha latinoamericana, es una nueva forma de populismo avalada por EE.UU. y especialmente por Israel; dada la naturaleza filosionista del evangelismo político, que recaba antecedentes espirituales e ideológicos en el Antiguo Testamento (o Torá judía), legitimando en su aspecto más militante al Estado de Israel y todo lo que su existencia conlleva: opresión al pueblo palestino, colonización, expansión, arbitrariedad, reconocimiento implícito o explícito de Jerusalén como capital judía y desincentivo a las campañas BDS o de boicot a Israel. La Bolivia plurinacional de Evo Morales cortó todos los lazos con EE.UU. e Israel al que no tuvo reparos de declarar un "Estado genocida"; sin embargo al poco andar el gobierno interino de Áñez reabrió embajadas y anunció eliminación de visado para los ciudadanos de ambos países; además de solicitar abiertamente ayuda a la inteligencia del Estado sionista para impedir una escalada política de la izquierda que amenace con alcanzar nuevamente el poder y eche por la borda las transformaciones lacayas y utilitaristas del último mes.

La resistencia de Morales y el MAS

Digno del carácter autónomo que desea imprimir a su gobierno, el actual mandatario mexicano Manuel López Obrador fue el primer presidente hispanoamericano en ofrecer asilo a Morales tras su presionada salida del gobierno boliviano. Un mes más tarde viajaría con destino a Argentina, segunda escala en su éxodo, facilitado por el reciente retorno al peronismo de izquierda en ese país de la mano de Alberto Fernández. En suelo argentino, Morales convocó recientemente una reunión de líderes del MAS (a celebrarse el 29 de diciembre) para escoger oficialmente al nuevo candidato a Presidente en los comicios que se celebrarán en marzo de 2020.

Andrónico Rodríguez, potencial sucesor de Morales

El más probable sucesor de Morales al frente del MAS, es el Cientista Político y también líder cocalero Andrónico Rodríguez de apenas 30 años de edad. Pese a la alta abstención que tendrán posiblemente las próximas elecciones generales bolivianas, se estima que la probabilidad de voto de Rodríguez estaría en torno al 23%, dos décimas por encima del ex Presidente y candidato por la centro-izquierda Carlos Mesa. Sin embargo, no es del todo factible que el MAS regrese por la puerta ancha al Palacio Quemado, dados los amarres institucionales y la coacción encubierta que el gobierno interino desarrolla por estos días, coaligado con la inteligencia israelí y bajo el auspicio avaricioso de un Estados Unidos dispuesto a todo por alejar la influencia geopolítica sino-rusa de su patio trasero, ahora que el planeta le está quedando cada vez más grande a la administración Trump.

Finalmente, lo que está en juego hoy en día no es sólo el destino de Bolivia o la aspiración teñida de lucha roja y romántica de continuismo en el poder, de parte del primer gobierno nacionalista-indigenista en el espacio sudamericano. La situación de la Bolivia pos golpe ilustra mejor que nada la fase caótica de un proceso que especialistas en geopolítica como el doctor Alfredo Jalife han convenido en llamar el re-orden mundial; condición en que la globalización económica (cuestionada hasta por los propios Estados Unidos de Trump) viene tocando fondo hace más de una década; las instituciones globales pos guerra no revisten credibilidad y las extendidas parcelas de influencia de las nuevas potencias globales (en especial de China) exigen una reestructuración de la ordenanza global y de los equilibrios de poder, toda vez que la regionalización y la imperiosidad por el multilaterialismo en RRII comienzan a desplazar los muy desgastados axiomas del mundialismo.