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viernes, 28 de febrero de 2025

En defensa del Estado y el bien público


Qué duda cabe de que vivimos tiempos convulsos, marcados por una profunda confusión arraigada en el individualismo extremo y la lógica del "sálvese quien pueda". En este contexto, la importancia de lo público reemerge en su capacidad para cohesionar a las sociedades, promover el bienestar colectivo y contrarrestar las limitaciones del pensamiento liberal-libertario, que, al exaltar el individualismo y el mercado como reguladores supremos, suele sacrificar la equidad y la solidaridad. Desde los tiempos de la Revolución Francesa hasta el auge del neoliberalismo en el siglo XX, estas doctrinas han priorizado la libertad personal sobre las necesidades comunes, relegando al Estado a un papel secundario y propiciando desigualdades estructurales, concentración de poder privado y el deterioro de las instituciones que sostienen el bien común. En respuesta, el Estado se enaltece como una construcción histórica y soberana, destinada a mediar entre los intereses individuales y las demandas colectivas, ejerciendo su autoridad para proveer servicios esenciales, regular la economía y proteger a los sectores vulnerables. Lejos de ser un ente opresivo, como lo caricaturizan sus ignaros refractarios, el Estado ha sido, desde las polis griegas hasta las modernas democracias, un instrumento que equilibra libertad y justicia, encarnando la voluntad de una comunidad que trasciende al individuo y sienta las bases para una ética pública sólida.

Esta concepción del Estado como garante del bien común hunde raíces en tradiciones históricas diversas, que van desde las doctrinas de la Iglesia Católica o la unicidad islámica hasta la filosofía política china, todas las cuales privilegiaron la idea de comunidad por sobre el individualismo que hoy predomina en Occidente, considerándolo una aberración (Aristóteles: "el hombre que vive de espaldas a la sociedad es un dios o una bestia"). En la Europa medieval, la Iglesia católica no sólo predicó la caridad, erigió también los lugares de culto y las grandes catedrales como las de Siena, Notre Dame o Milán, como símbolos perennes de una organización social que integraba a todos bajo un propósito trascendente (podemos imaginar igual fin para las monumentales pirámides del antiguo Egipto), mientras en el islam el zakat y el califato aseguraban una redistribución equitativa liderada por la autoridad central. En China, el confucianismo dotó al Estado de un mandato celestial para preservar la armonía, visible en la magnificencia de la obra pública, entre las que destacan y preservan la Ciudad Prohibida o la Gran Muralla. Estas formas, opuestas al liberalismo emergente de la Ilustración, destacan cómo el poder centralizado y la obra social monumental reflejaba compromiso con el bienestar colectivo, sentando un precedente para entender el Estado no como un fin en sí mismo, sino como un medio para la cohesión social y la justicia distributiva.

La administración de lo público, sin embargo, requiere una ética rigurosa para evitar su degradación (el mal empleo de los recursos o corrupción administrativa), un principio que el sociólogo alemán Max Weber articuló en su teoría de la burocracia, donde abogó por una gestión racional, impersonal y profesional al servicio del bien común. Weber, influido por la Prusia de su tiempo, veía en la transparencia y la legalidad las claves para legitimar el poder estatal, una idea que resuena con las reflexiones del emperador Marco Aurelio y los estoicos, quienes sostenían que el bien público debe anteponerse a los deseos individuales, pues sólo en la virtud colectiva se encuentra la verdadera justicia. En el islam, el Imán Alí, una figura venerable, enfatizó que el gobernante debe actuar como un pastor que protege a su rebaño (el paralelo con el nazareno es evidente), priorizando la equidad y el servicio a los más necesitados, inspiración que resuena en las enseñanzas de doctos pensadores musulmanes como Al-Ghazali, quien defendió la idea de una autoridad central guiada por la moralidad para preservar la armonía social. Desde una perspectiva más contemporánea, John Rawls complementa esta visión con su teoría de la justicia, argumentando que el Estado debe priorizar a los más desfavorecidos. Estas ideas, surgidas durante siglos en el proceso de consolidación estatal y crítica al laissez-faire, subrayan que la burocracia y la planificación pública no sólo son herramientas técnicas, sino expresiones de una responsabilidad moral hacia la sociedad, un legado que sigue siendo relevante frente a los desafíos del presente.

Canalización del río Mapocho, una de las muchas obras públicas de JM Balmaceda, quien además creó el Ministerio de Obras Públicas y se dió a la tarea de industrializar y fomentar la soberanía económica de Chile.

Este rol activo del Estado como motor del desarrollo tomó sentido en las más grandes intelectualidades del siglo XIX, caso del economista prusiano Friedrich List, quien defendió la intervención estatal para fomentar el progreso económico, una visión que resonó en América Latina en líderes como nuestro José Manuel Balmaceda. Balmaceda, inspirado por el nacionalismo económico, impulsó ambiciosos planes de infraestructura, principalmente en ferrocarriles y caminos, para integrar el territorio y reducir la dependencia externa, un modelo que Carlos Ibáñez del Campo amplió en obras públicas que consolidaron la soberanía nacional, entre ellas la creación de la gran institución de Carabineros. La utilidad de estas iniciativas se extiende a proyectos como plazas, bibliotecas, autopistas, centros comunitarios y estadios, que no sólo facilitan la conectividad y el crecimiento económico, fortalecen también el tejido social al ofrecer espacios de encuentro, cultura y recreación accesibles a todos. Sociedades como la japonesa ejemplifican este enfoque: su civilidad pública, reflejada en el cuidado meticuloso de parques, trenes y bibliotecas, demuestra cómo la propiedad colectiva, cuando es valorada y mantenida por una ciudadanía comprometida con el bien común, amplifica el impacto de la obra pública. En Chile, los gobiernos radicales de las décadas de 1930 a 1950 sumaron a esta visión un énfasis particular en la educación pública, combatiendo la desigualdad y consolidando un proyecto nacional sustentado en la inversión estatal.

No obstante, el pensamiento liberal, al priorizar el interés individual sobre el colectivo, ha demostrado en múltiples ocasiones su potencial para la degradación ética y el colapso del bien común, adoptando un carácter entreguista que debilita al Estado al privatizar empresas públicas, mercantilizar la educación o ceder recursos estratégicos a las transnacionales, como ha ocurrido con el petróleo, el oro, las tierras raras, la energía o el agua en diversos países. En Chile, ilustrativo de este descalabro individualista son los robos de estatuas en cementerios o plazas públicas ordenados por el empresario y anticuario Raúl Schuller y la destrucción masiva de infraestructura durante el estallido social de 2019, hechos que reflejan un desprecio por el patrimonio colectivo y la ausencia de diálogo racional; en Oriente Medio, la dinamitación de la milenaria Palmira por el ISIS y la consiguiente venta de restos patrimoniales a coleccionistas privados demuestran que el lucro se antepone incluso a la ceguera y fanatismo religioso; y en Argentina, la más reciente y burda estafa de Javier Milei con LIBRA, bajo el escudo de la "libertad económica" traiciona escandalosamente la confianza pública. Estos casos, junto con la cesión de activos nacionales a corporaciones extranjeras —evidente en la ola neoliberal de fines del siglo XX—, ilustran cómo el liberalismo desregulado no sólo genera caos y oportunismo, sino que desmantela también la soberanía estatal, dejando a las sociedades vulnerables ante intereses privados globales y reforzando la necesidad de un Estado fuerte y ético.

Hoy felizmente, el evidente fracaso y desencanto con el liberalismo está dando pasos acelerados a un renacimiento del pensamiento estatista, corporativista y desarrollista, patente en el dirigismo de Rusia y China, donde el poder centralizado prioriza el desarrollo colectivo por sobre las libertades individuales, y en el auge de movimientos nacionalistas en Europa que rechazan la globalización y el progresismo. En América, tanto del norte como del sur, emergen tensiones entre el legado liberal y propuestas que revalorizan la intervención estatal, reflejando un agotamiento de las promesas de apertura irrestricta y un retorno a lógicas colectivas. Este giro, que empalma con las tradiciones históricas de cohesión social y las teorías de los mentados Weber, Rawls y List, sugiere una reconfiguración global del orden político y económico. En última instancia, la defensa del Estado y el bien público no es sólo una respuesta a los excesos del individualismo y su carácter entreguista, sino ante todo una afirmación de su capacidad, probada a lo largo de la historia, para construir sociedades más equitativas y sostenibles frente a los desafíos del siglo XXI. Como bien expresó San Agustín de Hipona: "La paz de todos reside en la justicia, y la justicia no es otra cosa que el amor ordenado al bien común", recordándonos que el Estado, en su esencia, debe ser un reflejo de esa aspiración moral hacia la armonía colectiva.

martes, 20 de abril de 2021

Posglobalización y destrucción creativa del modelo económico. ¿Hacia dónde apunta el Estado chileno?

Fue el impar economista austriaco Joseph Schumpeter quien en 1942 hizo popular el término “destrucción creativa” para referirse a los ciclos económicos pautados por las infranqueables crisis económicas globales sucedidas -en promedio- cada 50 años y cuyo trasfondo no es otro que la constante reinvención del capitalismo, asociada a su vez a la transformación de paradigmas tecnológicos que disrumpen lógicas y estructuras de producción precedentes.

Para Schumpeter, intelectual disociado de la teoría liberal clásica a la cual consideraba acomodaticia, burguesa e indefectiblemente teórica, el capitalismo es un proceso esencialmente dinámico, determinado por el derrotero de la transformación industrial que “incesantemente destruye lo viejo para crear lo nuevo”. Es así como la casi totalidad de las grandes recesiones económicas de los últimos 100 años vinieron acompañadas de una profunda incertidumbre y desconstrucción de los pilares sociológicos, políticos e institucionales al punto de que probadamente no fueron las Guerras Mundiales catalizadoras de las crisis sino su más evidente corolario.

De este modo -y sin necesariamente caer en la vacua simplonería conspirativa que formula las más variadas y disparatadas teorías sobre una supuesta PLANDEMIA- salta a la vista a cualquier persona provista sólo del sentido común que la realidad inverosímil que vivimos hoy a nivel planetario posee un trasfondo mucho más peliagudo que la eventual aparición de un virus que de pronto nos produjo enfrentarlo con medidas en ocasiones cavernarias, impropias además de una civilización altamente sofisticada en el campo biotecnológico. Es en este sentido que conceptos como “decoupling” y “reset” resultan mucho más sugerentes para la crème de los analistas internacionales que todo el pandemónium comunicacional en torno al COVID-19: fachada evidente que encubre la crisis profunda, más en ningún caso es su causa.

Lo que venimos presenciando con total certeza desde el año 2018 es una nueva “desconstrucción creativa” del modelo económico liberal (la más robusta desde el periodo de entreguerras) y es aquí donde conceptos como “decoupling” y “reset” cobran un sentido particular, especialmente entre quienes han logrado comprender la profundidad de la Guerra Económica y Arancelaria que sostuvieron Estados Unidos y China desde comienzos de aquel año. Fue el economista y futurólogo alemán Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial (instancia ligada a la polémica Davos) quien en 2020 acuñó el concepto “reset” (reinicio) haciendo alusión a las inusuales restricciones que nos impone la pandemia como una oportunidad para reformular la economía global y hacerla “más equitativa y próspera”. Idealismos de lado era ostensible que con o sin pandemia el “reseteo” de la economía global venía encaminado al menos desde el año 2008 (crisis subprime) a causa de una globalización financierista que llegó al límite, azuzada por la triada insostenible de consumo, especulación y deuda, que prácticamente poco o nada tiene que ver con la globalización comercial, tradicionalmente entendida como la transacción de bienes y servicios a bajas tasas arancelarias.

Si sumamos a lo anterior un hecho histórico inequívoco: el actual tránsito del progreso material e intelectual del planeta desde las sociedades atlánticas (Europa Occidental y Norteamérica) a las pujantes economías de Asia (China, la India y el Sudeste asiático en particular), se asientan todas las fichas sobre el tablero de un planeta presto a una “desconstrucción creativa” radical, nunca antes vista en la historia del capitalismo industrial. Es así como el “decoupling” (desacoplamiento) es sin duda el objetivo primordial que persiguen actualmente los Estados Unidos y la Unión Europea, asistidos por el cierre de fronteras y la repatriación de capitales que les ha facilitado la pandemia. Desacoplamiento indica revertir la dependencia de China que en los últimos 40 años no sólo se convirtió en la “fabrica del planeta” (un mero eslabón productivo en la cadena de valor global) sino en un puntal tecnológico, de I+D y en un inversor astuto que aprovechando las asimetrías del ahorro (las sociedades orientales ahorran, las occidentales se habituaron a simplemente consumir) se convirtió también en el segundo mayor acreedor de la deuda externa estadounidense, así como la de varios países europeos.

En el actual estadio de posglobalización y posliberalismo, comienza a sucumbir también el modelo de dependencia (o al menos comienza a transmutarse) generando circunstancias bastante sui generis como el hecho no menor de que China, país comunista, es hoy en día principal adalid de la globalización económica (liderando cuantiosas inversiones de infraestructura portuaria en países de todos los continentes, para pavimentar la pista a proyectos globalistas ambiciosos como RCEP y la Nueva Ruta de la Sede marítima, terrestre y ártica), mientras las economías occidentales -otrora íconos de la apertura- optan por contraer la globalización, repatriando sus capitales e industrias, dado el hecho de que cada día que pasa son menos competitivas en comparación al gigante asiático y apuestan por un recambio de paradigma económico, hacia la regionalización.

En medio de tan agudo contexto, es lamentable que Latinoamérica siga huérfana de las ideas, naufragando en la incertidumbre. La realidad que hoy perturba a europeos y estadounidenses, la hemos vivido ya muchas veces en carne propia a lo largo de todo un siglo y así como hoy ellos optan por desglobalizarse y proteger sus economías frente a China, nuestros países emprendieron sin éxito similar objetivo a partir del modelo desarrollista y la sustitución de importaciones (años ’20 a ’70 del siglo XX), que propendió a la autonomía económica frente a Estados Unidos y Europa. Indefectiblemente fuimos saboteados a lo largo de todo un siglo (desde experimentos económicos y Operaciones Cóndor a imposición de pautas económicas bajo el Consenso de Washington) para volver a encarrilarnos en una estructura de dependencia, mucho más facilitada a partir de economías abiertas, monoproductivas y mutiladas de potencial para generar valor agregado a sus productos de exportación. He aquí además la génesis de las desigualdades lacerantes en nuestro continente, producto de una oligarquía tributaria del nexo neocolonialista, que lejos de propender a la especialización, dilata a extremos insostenibles el continuum feudal en nuestros países.

Sin lograr desmarcarse del continente, Chile también sufre los embates de la actual “destrucción creativa” aunque -a diferencia de europeos y norteamericanos- nadando contra corriente en manos de una clase política y de una élite económica que a todas luces intenta reflotar el modelo que gran parte de los chilenos desacredita (¿o acaso no quedó esto completamente demostrado con el estallido social del 18 de octubre?).

En medio de la peor crisis económica, social, política y más bien sistémica de nuestra historia, es anecdótico que siga siendo un tabú -por ejemplo- proponer un impuesto a los súper ricos, y ergo aún más inimaginable resultaría pronunciarse sobre ejercer un mayor control o cerco sobre los más de USD $ 20.000 millones que el país pierde anualmente por concepto de evasión fiscal, buena parte de la cual corresponde a remesas que esos mismos “super ricos” canalizan en vía directa hacia sus cuentas en Suiza, Andorra, Malta, Panamá y otros tantos paraísos fiscales.

martes, 18 de agosto de 2020

El realismo geopolítico de Samir Amin

El pasado 12 de agosto se cumplieron dos años de la muerte del intelectual egipcio Samir Amin (1931-2018), sin lugar a dudas una de las más grandes luminarias del pensamiento geopolítico planteado desde el sur global, autor de una prolífica bibliografía que construyó en el transcurso de los últimos 60 años.

De profesión economista y cientista político, formado en las más prestigiososas universidades de París, Amin desarrolló un pensamiento crítico marxista; donde la teoría de la dependencia (centro-periferia) y la visión wallersteiniana del "sistema mundo" configuran importantes ejes en su robusto examen contra el global-capitalismo que en su aguda actual decadencia se exterioriza en la constante necesidad de guerras, invasiones y saqueos a países del Tercer Mundo, en las que el hegemón estadounidense ha llevado la batuta en las últimas tres décadas, arrastrando a "la tríada capitalista" completada por Japón y Europa.

El estudio de la geopolítica se conforma por cuatro estadios: Geopolítica clásica, geopolítica tradicional (o de la Guerra Fría), geopolítica crítica y geoeconomía; ninguno de los cuales puede decirse "idealista". La geopolítica es la máxima expresión del realismo político (realpolitik) el estudio del poder militar y económico de las naciones al desnudo y su capacidad de influir en la configuración del orden mundial a partir del balance de poderes, del influjo (económico, político, cultural o de poder blando), la contención y la capacidad de chantaje. En este sentido decir "realismo geopolítico" es acuñar una redundancia conceptual, aunque desde luego en el periodo de entreguerras y al cabo de la Guerra Fría el idealismo liberal intentó revertir sin éxito la doctrina geopolítica a partir de preceptos nobles pero volátiles como "la autodeterminación de las naciones" (W. Wilson) o peligrosas utopías -para el caótico momento unipolar- como "El fin de la historia" (F. Fukuyama).

Teniendo en consideración lo arriba expuesto es que -a mi parecer- Samir Amin mucho más que un pensador neomarxista centrado en el paradigma de la lucha de clases, fue un pionero de la geoeconomía que antecedió en décadas a toda una saga de intelectuales en la línea de Edward Luttwak y fue evidentemente también un desapacible realista geopolítico, en la tradición de un Morgenthau, de un Kissinger, de un Cohen o de un Brzezinski, pero observando el mundo desde el reverso del planisferio, enarbolando naturalmente las luchas de resistencia del Tercer Mundo, del independentismo, las terceras vías (Conferencia de Bandung) y las estrategias de cooperación económica sur-sur (como el BRICS) de cara al pensamiento de los referidos intelectuales euro-estadounidenses que encarnan en sus manuscritos la más cruda geoestrategia del imperialismo militar y económico. 

Es así como provisto de una clarividencia equivalente a la de su también compatriota Eric Hobsbawm, de un activismo no menos diligente que el de Chomsky y de un rigor matemático-economicista que difícilmente cae en lo abstracto, en sus múltiples conferencias y libros Amin no sólo denunció los embates velados o descarados del global-capitalismo, sus fraudulencias y extrema facilidad para privatizar las ganancias y socializar las pérdidas, señaló también cursos de acción para romper la dependencia centro-periferia y mitigar un orden económico insolidario que a su entender sólo ha oscilado entre sucesivas crisis y burbujas, aproximándose en el último decenio a un certero colapso que es muy probable estemos resintiendo actualmente.

Citas de Samir Amin:

viernes, 3 de abril de 2015

¿Tendrá dueños el mundo? por Aldo Torres Baeza


Aldo Torres, el autor de esta columna, fue un buen amigo de la universidad, con quien entablamos amistad los últimos semestres de la carrera de Ciencias Políticas. Un capo y "mateo" de aquellos que no saturan, con quien tuve privilegio de charlar amenamente y durante horas sobre política, literatura, la "cuestión palestina", el sionismo y la misión cuesta arriba "de cambiar el mundo", acompañado siempre de sus infaltables chelas en alguno de los múltiples bares de la mítica calle San Diego u otros antros perdidos en las proximidades de la Alameda capitalina.

Libertario, amante del buen rock, de la poesía, del cine y de las letras, las pasiones de mi amigo reforzaron las mías y de paso me ayudaron a compartir (por vez primera) el gran impacto que habían generado en mi vida las obras de Philip K. Dick y Herman Hesse, que como "Valis" y "Demian" fueron mi iniciación al mundo de los símbolos y alegorías. Por su parte, mi interlocutor me exhortó a leer a Charles Bokowski, a Aldous Huxley, al sensible Kafka y sobre todo a Dostoyevski, autor de su libro favorito: "Crímen y Castigo", y en relación a Herman Hesse, fue el primero en darme luces sobre el legado de Miguel Serrano.

En síntesis, tengo mucho que agradecer a este amigo de ruta, a quien no he vuelto a ver desde hace muchos años, pero que de todas maneras estoy seguro volveré a encontrar en alguno de los muchos recovecos que oculta el destino. Me alegra saber que como buen intelectual y Cientista Político que es, no ha privado al mundo del potencial de sus ideas, las cuales ha revelado en varias columnas que he encontrado por casualidad en sitios como politika.cl y rebelion.org. Les invito a leer la siguiente.

¿Tendrá dueños el mundo?

¿Tendrá dueños el mundo? Un dueño implicaría que alguien haya comprado el mundo, o se apoderó de él, y nadie, ¡nadie!, se ha apoderado de este mundo. No, eso sí que no. Es por pura casualidad que 500 empresas controlen el 52% del producto interno bruto mundial. Casualidad. También es casual que las 3 personas mas ricas del mundo posean un patrimonio superior a toda la riqueza de los 40 países más pobres, donde viven alrededor de 600 millones de personas, o que el 20% de la población mundial posea el 80% de toda la riqueza de la Tierra. Es por pura casualidad que el volumen de negocios de una empresa como ExxonMobil sea superior al PIB de Austria, o que el de General Motors sea superior al de Dinamarca. Y bajo este panorama, también es casualidad que los presidentes lleguen a los gobiernos, pero nunca al poder. Temo el día en que estos magnates se sienten en las casas de gobierno, agarren a patadas a los presidentes y, sentado en sus sillas, griten a los cuatro vientos lo que piensan: ¡no necesitamos más a esos mediadores!

Según la FAO, muere un niño cada seis segundos a manos de la desnutrición, ¡100.000 niños en un día!, pero, y he aquí la casual paradoja, la comida alcanza para el doble de la población mundial, entregando 2.700 calorías diarias a un adulto cualquiera. Esto pasa todos los días, a la vuelta del mundo. Y es casualidad que mientras esto suceda, los supermercados de a la vuelta del mundo estén repletos de comida. La otra cara de esta casualidad dice que “solo en Europa se pierden entre un 30% y un 50% de los alimentos completamente sanos y comestibles a lo largo de todos los eslabones de la cadena agroalimentaria hasta llegar al consumidor”. Por año, son unos 89 millones de toneladas de comida que la Tierra arroja al tacho universal (mientras la comida colma los basureros, casi 1.000 millones de personas siguen pasando hambre, 3,1 millones de niños se mueren de hambre cada año). 1,4 billones de hectáreas están destinadas a la comida que luego será basura, un 28% de las tierras cultivables a nivel mundial.  Quizás ayude el oferton del 2x1: la mitad del plástico al estomago y las arterias, y la otra mitad al tacho de basura.

¿Será que para botar el pan en una parte del mundo, es imperioso que en la otra parte se necesite?

¿Tendrá dueños el mundo?

No, claro que no. Y como no hay dueños en el mundo, todos pueden consumir lo que deseen: es casualidad que si el mundo entero consumiera como consumen los norteamericanos, necesitaríamos entre 5 y 6 planetas igual a este para generar la vida. Los mismos estadounidenses poseen solo el 5% de la población mundial, sin embargo, consumen el 30% de la energía y, a la vez, desechan el 30% de toda la basura planetaria. Quizás sea yo, pero me revolotea siempre la misma pregunta: ¿quién paga los costos de aquel nivel de vida? ¿Quién arroja el pan que al otro lado se necesita? ¿Que pasaría si todos los chinos repitieran el mismo despilfarro? Bueno, nos quedarían las estrellas, quizás en Alfa Centauro pudiésemos levantar un campamento. ¿Por qué razón tiritarán las estrellas, de frio o por temor a que algún día las poblemos para llenarlas de humo y cemento?

Nada tiene que ver el desenfrenado ritmo del consumo, o el plástico arrojado a la basura, con que en las últimas 7 décadas trascurridas tras la Segunda Guerra Mundial se hayan consumido más recursos planetarios que en toda la historia de la humanidad, o que en las últimas 3 décadas se haya perdido cerca de la tercera parte de toda la riqueza natural. Sería por pura casualidad que un día la Tierra diera signos de agotamiento y empezará a derretir su hielo, escupir lava,  y empaparnos de ácido. Pero en fin, ya dije que nos quedaban las estrellas si algo así sucediera. ¿Llevaremos los taladros y las picotas subterráneas para estrujar las rocas estelares en búsqueda de unas gotitas de petróleo?

No hay dueños en el mundo. Los televisores, que dicen que pensar, se prenden porque si, y los medicamentos, que adormecen el pensar, se meten solitos en el cuerpo, no es que haya un orden inhumano que impulse a su ingesta. No, nada de eso. Y también es casualidad que los medios de comunicación masivos y los fármacos, dos esplendidas recetas para aguantar la vida, se produzcan solo en una parte del mundo. Si tuviera dueños el mundo, no necesitaría a gente dormida. Claro que no. En Brave New World, Aldous Huxley relata como el Soma tranquilizaba a los ciudadanos. 30 años después de escribir su novela, Huxley repasa el libro, y dice: “La religión, según dijo Marx, es el opio del pueblo. En el Mundo Feliz, esta situación quedaba invertida. El opio o, mejor dicho, el Soma era la religión del pueblo. Como la religión, la droga tenía poder para consolar y compensar, evoca visiones de otro mundo mejor, ofrecía esperanza, fortalecía la fe y promovía la caridad”. Hoy, hemos pasado del opio al acopio (de fármacos) del pueblo. La industria farmacéutica, que crece y crece, decora el panorama de Huxley y lo hace casi real: la droga (legal) compensa, calma, estimula, adormece. La gente llena de pastillas sus casas, de los más variados efectos, colores y texturas. Un extraordinario acopio de químicos esperando introducirse en los cerebros y cumplir con su objetivo: pintar mascaras en los rostros evocando una falsa y fugaz sensación de paz. Allá en mis años de mochilero, las manos del destino me estacionaron casi un mes en Bolivia. Cierto: los bolivianos no conocían el copuchenterio de Facebook, muy pocos sabían que era una pantalla Led y de plano no conocían los Iphones, pero tampoco conocían la depresión, el estrés ni las canas. Llegué a pensar que eran sabios disfrazados de indígenas.

¿Tendrá dueños el mundo? Claro que no, es por pura casualidad que el Norte arroje los desperdicios tóxicos al Sur del mundo. No es que este lugar se haya convertido en el basurero de sus dueños. No, nada que ver. Y también es casual que el mundo se divida en mundos: Primero, Segundo y Tercer Mundo. Casualidad, pura casualidad. Esta equivocado el poeta alemán Friedrich Schiller cuando dice que “no existe la casualidad, y lo que se nos presenta como azar surge de las fuentes más profundas”. Esto es puro azar. El azar moldea el Nuevo Orden Mundial, a pesar de que al exconsejero de Seguridad Nacional de EE.UU, Zbigniew Brzezinski, le dé por pensar lo contrario: "la resistencia populista persistente y altamente motivada por parte de pueblos políticamente despiertos e históricamente resentidos hacia el control externo demuestra ser cada vez más difícil de suprimir". No, señor Brzezinski, los del Sur no estamos resentidos por el saqueo del cual hemos sido victimas, y no, tampoco hemos despertado. Así que relájese, señor, duerma tranquilo contando las estrellitas de su bandera, que acá abajo ¿seguiremos confiando en las casualidades?

¿Hay dueños en el mundo? No: esto es una fantasía más de los desconfiados que no creen en las casualidades.