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sábado, 23 de abril de 2016

Santiago: Urbe e Imbunche en la narrativa de Carlos Franz


Fundada en las faldas del Cerro Santa Lucía, símbolo católico en la crónica oficial, pero una gabela a Lucifer: "el lucero del alba" en el arcano gnóstico y masónico, que es además reverberación del Huelén mapuche: la gran altura en medio del valle, desde donde los legítimos habitantes de Santiago observaron e interactuaron con los astros y la magia cósmica.

Santiago de Chile es una ciudad mágica y trágica, la expresión de un presente exitista, eufórico y cortoplacista que procura ocultar para siempre sus miserias y sepultar un pasado tras otro, que vuelve a re-emerger desde las entrañas con el nauseabundo hedor de las "causas no resueltas". Una capital que es expresión de nuestra propia idiosincrasia: boyantes por fuera, marchitos por dentro, la glorieta de tantas historias, vivencias y fantasías, desde el costumbrismo (de tiempos de la Guerra Civil) de Blest Gana a la mundología de Fuguet y las atemporales cavilaciones de Carlos Franz, cuyo retrato de Santiago he querido hoy parafrasear.

Como buen hijo de provincia, las primeras imágenes de Santiago que almaceno en mi memoria son las de la descomunal metrópoli céntrica: el perímetro en torno a la Alameda, la casa de gobierno y los edificios ministeriales, enfundados de la más bella arquitectura británica del siglo XIX. Era desde luego también, la ciudad de Fantasilandia, de Mundo Mágico, de la gran juguetería Otto Kraus en Las Condes y cuanto voladero de luces pudo atraer -por medio de la "caja tonta"- la mente de un niño a comienzos de los años '90. 

Ese Santiago a la vez clásico y moderno, inabarcable y entretenido, también se me manifestaba misterioso y peligroso. Emplazado 800 kilómetros al norte de la gran ciudad, viajar a la capital era toda una experiencia que mis padres eludían y yo añoraba. De aquellos primeros viajes, se me agolpan algunas experiencias tumultuosas como la primera vez que presencie una persecución y linchamiento público a un carterista o "lanza" en pleno Paseo Ahumada, también un operativo policiaco contra "terroristas políticos" de la época, que no encontraron mejor lugar para fondearse que el mítico local de comidas "Los Pollitos Dicen", otro recuerdo bastante curioso es el de haber presenciado el desentierro de unos restos prehispánicos, que salieron a la luz mientras se realizaban obras en la Plaza de Armas y el fallido asalto de una casa de cambios.

Sin saberlo, pero sin duda intuyéndolo, en cada uno de aquellos eventos me fue manifestado -a la tierna edad de cinco o seis años- el Santiago inhumado, la puerta al submundo donde pululan los antisociales, donde la pobreza que jamás ha sido zanjada sino relegada y desterrada, hostiga con efecto boomerang, recordándonos que no somos un país, menos aún una sociedad "desarrollada". Santiago Centro, corazón político y tradicional de la gran ciudad, con su arquitectura europea y su art decó se erige sobre un gran radier que oculta la fosa de los indígenas, de los tísicos y de una ciudad de barro, rehecha varias veces sobre restos siniestrados por terremotos e incendios. Aún detrás de sus bellas fachadas, los viejos edificios encierran conventillos donde convergen los dramas y conflictos del inmigrante y del ciudadano pobre.

Qué decir del Gran Santiago, reflejo y símbolo del quiebre de nuestras clases sociales. El Chile popular y el Chile privilegiado se dividen en el sector de Plaza Italia: una verdadera línea del Ecuador que se alza como muro invisible pero inexpugnable entre el "país que queremos ser" y el "país que realmente somos". 

Y es sobre muros, imbunches (deformidades) y pasados que  revienen -por ser más reales y vigentes que la fugaz ilusión del presente- que trata justamente la obra de Carlos Franz; resuelta en novelas como Santiago Cero (1988) y sobre todo en el ensayo titulado La Muralla Enterrada (2001) que inicia justamente con un recuerdo del autor, que a mediados de los '70 presenció junto a medio Santiago el reflote de una muralla fundacional de la ciudad, desenterrada a raíz de las obras de construcción del Metro. Aquella "aparición" da pie a una serie de reflexiones de índole social, cultural, urbanística, histórica y demográfica, ilustradas por buena parte de la literatura chilena del siglo XX que relata a la ciudad, sus costumbres y sus gentes.

Carlos Franz, abogado y escritor nacional de 57 años, se formó en los talleres literarios del laureado José Donoso. De allí que su obra -sin dejar de ser objetiva- tenga notorias pinceladas de realismo mágico o al menos una importante carga simbólica, que es además congénita a la casta de escritores nacionales y en especial capitalinos, que como Augusto D' Halmar, Jenaro Prieto, Jorge Edwards y el propio José Donoso metaforizaron la ciudad, hasta volcarla en "el gran eco" de las aspiraciones, frustraciones y contradicciones del chileno y del santiaguino común.

En La Muralla Enterrada, Franz describe "el espíritu de los barrios": "La Chimba" (Barrio Recoleta e Independencia), La "Ciudadela Amurallada" (Santiago Centro), "Barrio Estación", "Matadero" (Barrio Franklin), "El Zoco" (Calle San Diego), "La Ciudad de los Césares" (Alameda, Parque O'Higgins y el Cerro Santa Lucía) y "El Jardín" (Barrios Altos),  escrutando su historia, su épica y revelando la construcción (hacia dentro y hacia fuera) que surge producto de aquella narrativa, donde los muros -hoy inexistentes- y las fronteras naturales (ejemplo las distintas riberas del río Mapocho) segregan menos que las imágenes y una construcción verbal que atomiza Santiago en sus muchos frentes y comunas, dándonos la impresión de que las divisiones o murallas son realmente indestructibles, puesto que no sólo brotan desde su demarcación oficial sepultada bajo la ciudad, emergen todo el tiempo desde lo más profundo de nuestro subconsciente, fracturado desde la colonia.

La Muralla Enterrada es una obra que recuerda (y antecede de hecho) el estilo de la galardonda Estambúl. Ciudad y Recuerdos (2005) que le valiera el Nobel de Literatura al turco Orhan Pamuk en 2006, un cuadro de la ciudad pintado con la esencia de sus habitantes que al igual que en el libro de Pamuk manifiesta un ocaso: el de una capital, de un país y de una sociedad aún indefinida, no entre Oriente y Occidente -como ocurre en el caso turco, plasmado por Pamuk- sino entre la identidad persistente y la identidad de paso, entre el "ser de aquí" y el ser impostados, ¿que es la muralla enterrada bajo Santiago, sino una metáfora acerca de nuestra propia in-definición como sociedad e individuos mitad nativos, mitad apátridas?

viernes, 1 de abril de 2016

El Hombre que Viajaba al Sol, una novela existencialista de Aldo Torres Baeza

Igor es un vagabundo, también es el silencioso y confuso protagonista de esta novela. Sigue al sol mientras arroja semilas. Espera el día en que los árboles arrasen con el barro y el silencio al ruido.

Mientras camina detrás del sol, Igor va anotando en su libreta lo que vive día a día; quiere escribir una novela para así "combatir el olvido". Pero le falta el personaje. Es entonces cuando se encuentra con un tipo llamado Escorpión -al igual que su constelación preferida-, con él establecerá una relación de compañeros de búsqueda, pues también este aspira a componer una novela. Todo esto los conducirá a un lugar donde se cuestionan si son seres reales o cada uno es inventado por el otro. Como espejos, como realidades sobrepuestas. Llegarán hasta la Gran Mente Universal, donde habitan los personajes de todas las novelas, donde se almacena la imaginación del mundo.

El problema planteado gira en torno a la lucha entre la realidad y la ficción de nuestra existencia: ¿Qué es real? ¿Qué es imaginado? ¿Quién imagina a quién?

La novela se ordena en un entorno representado por las cuatro estaciones del año, orden que, personas o personajes, no podrán eludir.

A partir de esta sinopsis se nos presenta el prodigioso libro de mi amigo y colega Aldo Torres, un ingreso al laberinto dickiano donde no sólo se cuestiona la dimensión ontológica de la realidad. El peregrinar del protagonista: Igor, encarna ante todo un duro cuestionamiento a la enajenada sociedad de consumo que nos engulle, una que olvidó hace mucho que la materia es manifestación del espíritu y no su cárcel; en efecto Igor no es un vagabundo cualquiera sino más bien un silencioso anarquista o un revolucionario que por libre elección decide vivir al margen de la engañosa escenografía colectiva en la que el hombre común se encuentra sumergido, para recorrer las calles de una ciudad interior, mágica y oculta a los ojos sin alma. 

Silente compañía de Igor es su fiel perro OM y las pocas (o suficientes) posesiones materiales que tira en un carrito de supermercado al estilo del mítico José Pizarro (El "Divino Anticristo" del Barrio Lastarria). Mientras recorre las atribuladas calles de una ciudad cualquiera, Igor realiza anotaciones en un cuadernillo con el fin de escribir una novela y a la vez arroja semillas para que la verdadera vida vuelva a brotar de la tierra y gane espacios a esta prisión plástica de los sueños materiales, es en estas circunstancias cuando se ve enfrentado a la persecución de dos curiosos personajes: un psicólogo y un evangelista, cada cual cegado "experto" en su materia -como todo ser humano en el estadio infantil de la existencia- ellos creen tener "la respuesta" para iluminar al "descarriado" Igor, sin percatar que este en su soledad y aparente "locura" es un hombre pleno y libre, refugiado en un mundo interior magnífico, cargado de símbolos y abstracciones filosóficas.

Similar al encuentro de Rumi con su maestro, el trashumante Shams i-Tabrizi, Igor se encuentra cierto día con Escorpión, un sujeto al que ha creado o viceversa, pero que finalmente resulta ser el personaje de la gran novela que pretende escribir: una donde los árboles poseen almas humanas que nos vigilan, donde el materialismo pierde sustancia para finalmente verse diluido en la manifestación de la Gran Mente Universal: caudal de las ideas, el mundo inteligible de Platón o el Idios-Kosmos de Philip K. Dick; la realidad última.

El Hombre que Viajaba al Sol es mucho más que una simple novela, es también un tratado filosófico y una genial crítica al "siglo de las apariencias" diseñado por la visión erudita de un gran escritor, fogueado lector y analista social/político. Es para mí un orgullo comentar esta hermosa obra de un buen amigo, lanzada recientemente el pasado miércoles 23 de marzo en el auditorio IDEA de la Universidad de Santiago. Desde una simpleza muy bien trabajada y estudiada, pienso que esta novela -que es desde luego un gran aporte a las letras nacionales- posee todos los elementos para ser asignada como material educativo en los colegios. El Hombre que Viajaba al Sol recuerda el contenido y belleza de obras tan relevantes como "El Principito", "El Socio" o "Ami, el niño de las estrellas". Un escrito notable, disponible ya a la venta en Feria Chilena del Libro.