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jueves, 7 de abril de 2016

Nasrudín

Mullah Nasreddin ("el Sabio Nasrudín") es un curioso personaje de la epopeya islámica medieval, un predecesor del Quijote, cuyas coloquiales historias con toda seguridad debieron influir en la formidable obra de Miguel de Cervantes.

Antagonismo picaresco de la severidad de los ulemas (doctores o abogados de la ley coránica) y de la interpretación doctrinaria del Islam, las fábulas o cuentos cortos de Nasrudín manifiestan la cotidianidad y simpleza de la cosmovisión sufí, mucho más universal y descifrable por la gente común y poco ilustrada de los villorrios y campos de la sociedad feudal como así mismo por nosotros, gente de la era pos moderna que más de alguna vez hemos escuchado una de estas historias con el personaje de Nasrudín oculto tras la aparente torpeza de un borracho o la abismante sabiduría de un campesino.

En parte, uno de los responsables por popularizar (o re-popularizar) los cuentos de Nasrudín en Occidente fue el místico -de origen afgano-británico- Idriés Sháh, que entre los años '60 y '70 del siglo pasado transcribió cuatro volúmenes de historias compiladas del Quijote islámico, las cuales oyó en sus muchos viajes por el globo; y es que las fábulas de Nasrudín no se limitan exclusivamente al espacio musulmán, ni son propias del mundo persa o de Anatolia (Turquía), tierras de donde se supone provino el torpe-sabio sufí que inspiró al personaje de centenar de narraciones. 

En la península arábiga y en el norte de África las historias de Nasrudín son protagonizadas por Johá y se presume que a partir de las intermitentes conquistas y expansiones sarracenas por el sur de Italia y las islas mediterráneas durante el Alto Medioevo, el intercambio cultural exportó también las fábulas que en Sicilia -por ejemplo- son protagonizadas por un tal Giufá, derivación obvia del Johá árabe que es a su vez el Nasrudín de los persas y turcos.

En la actualidad, estos centenarios relatos son patrimonio global y corren por vía libre a través de Internet, reunidos y revisados en infinitos libros que van desde tratados de filosofía, gnósis y estudios sobre la espiritualidad sufí a textos infantiles, chistes populares y publicaciones varias, dejándonos en cada caso una lección de sabiduría o moraleja que ayuda a distender un poco nuestro transido caminar por el mundo, para re-comprender que la vida es una riqueza inestimable que se teje segundo a segundo de momentos únicos.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Rumi


Al decir de los místicos, el sufismo es "el alma del islam": espiritualidad contemplativa y adogmática que poco o nada tiene que ver con credenciales fanáticas como la del radicalismo chií (detrás de la revolución islámica jomeinista) ni menos aún con el salafismo/wahabismo: argucia religiosa y motor de organizaciones reaccionarias como la de los Hermanos Musulmanes, Al Qaeda, Al Shabbab y Dáesh (Estado Islámico) creadas a medias entre el resentimiento local y la complicidad de agencias imperialistas de doble traza.
 
El islam místico o sufismo más que una religión es una filosofía del espíritu, una abstracción del mundo material y de esta cárcel terrestre de la carne y del dolor. Religión sin religión (sin dogmas, ni restricciones) que con toda seguridad es anterior al cuerpo doctrinario que visionó en el siglo VII d.C. el propio Mahoma (el primer sufí árabe a lo sumo) y que guarda relación sin duda con las milenarias prácticas espirituales de la India y Persia, así como también con la ontología greco-egipcia y las disciplinas herméticas. El sufismo no contraviene a la ciencia porque su búsqueda es total y tendiente a la unidad, de modo que el sufí es también una especie de alquimista o filósofo griego de la Antigüedad Clásica, abierto al entendimiento, pero que ve encarnada en Dios la figura del absoluto, que es luz en el espíritu y oscuridad en el espejismo de lo mundano.
 
Nadie mejor que el propio Rumi, pudo expresar la idea de unidad:
 
 
La vía sufí es análoga al camino de la gnosis, por tanto aquello que llamamos sufismo no sólo es el alma del islam, lo es de todas las religiones. Lo contrario a ella es la vía templaria o exotérica, que fue desechada por el propio Cristo (Destruíd este templo y en tres días lo reconstruiré), puesto que el espíritu no reside en las formas sino en el fondo. Buda meditaba a la sombra de un árbol en lo profuso del bosque, los anacoretas coptos buscaban "conectarse" en la soledad del desierto egipcio, los ermitaños maronitas del Líbano  encontraron "la vía" refugiándose en las montañas, Francisco de Asís rechazó la fastuosidad de los templos románicos y fijó su vista de lo divino en dirección a las nubes, los prados y las bestias, pues era más probable encontrar allí a Dios que entre rezos vacíos, frescos y guirnaldas. El sufismo como el misticismo cristiano, hinduista, judaico y de las demás religiones, es un carril esotérico, íntimo y silencioso, al que sólo pueden acceder los humildes de alma, limpios de ambición y maldad, es el camino hacia la comprensión absoluta, el amor total y la disolución con el padre.

Muchos han sido a lo largo de la historia del islam los maestros iluminados reconocidos como sufís. Tal vez el más relevante: Yalal al-Din Muhammad Baljí o Rumi, de quien al menos se tiene mayores referencias en Occidente. De sangre irania, Rumi nació en el año 1207 d.C. en la región de Bactria al noreste del actual Afganistán, de donde probablemente surgió el propio Zoroastro hacia el siglo XIV a.C. Su padre Baha' uddin Walad, un erudito islámico, fue además su primer guía espiritual y quien le orienta hacia su propia consolidación como sheij. En 1220, acosados por la invasión de los mongoles sobre la Persia oriental, la familia de Rumi (por entonces Muhammad Baljí) debió abandonar su natal Balj en dirección al oeste, es entonces cuando inicia su cosmopolita peregrinar que le llevó por las provincias islámicas de Irán, Sham (Siria) y la península arábiga, recorriendo ciudades santas como La Meca, Jerusalén, Medina y Bagdad donde tuvo oportunidad de dialogar con los grandes mulás y sabios de otras religiones.

En Nishapur (Irán) adquirió el renombre de "Yalal al-Din" ("El gran Religioso") de boca del poeta y místico Farid al-Din Attar, allí también un jeque local vaticina a su padre que Rumi será uno de los grandes santos del islam. Precedidos por la reputación del padre, Rumi y el resto de la familia son invitados por el sultán de Anatolia a radicarse en Konya (actual ciudad de la Turquía Central) de allí deriva su apelativo de Rumi, en honor a Rüm o Roma que era el nombre con el cual los musulmanes del este seguían recordando los territorios ganados a Constantinopla: el Imperio Romano de Oriente.

En Konya, Rumi afianza su naturaleza de místico, sheij (guía espiritual), poeta y músico, que le concederá vital fama tanto en Oriente como en Occidente. Allí también erige la orden de los derviches danzantes: comunidad de piadosos (extendida desde Turquía a la India) reconocida por sus bailes en trance giratorios, acompañados de flautas y tambores que emulan la cadencia del universo en una danza mística que les conecta con Dios. Y es que "el corazón del hombre es un instrumento musical que contiene en sí mismo una música grandiosa, dormida, pero que espera el momento apropiado para ser interpretada, expresada, cantada y danzada" en palabras del propio Rumi.

Danza de los derviches

En el siglo XIX y XX, varios místicos occidentales conversos al islam como Doris Lessing, Martin Lings, Hakim Bey, René Guenón o Annie Besant se autoproclamaron sufíes en la tradición de Rumi, aunque una segunda y tercera lectura a sus vidas, obras y filiaciones basta para restar credibilidad a sus pretensiones místicas. Tampoco en el mundo islámico contemporáneo abundan maestros de tan intensa luminiscencia, pues la extraordinaria presencia de Rumi se explica esencialmente en su época: la más erudita del islam, no es casualidad que por los mismos años, pero al otro extremo de la geografía musulmana, el sufí español Ibn Arabi cultivara también "el camino del corazón", heredado por San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila.