Mostrando entradas con la etiqueta Islam. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Islam. Mostrar todas las entradas

martes, 11 de marzo de 2025

"Antecedentes Coyunturales e Históricos de la Primavera Árabe" Tésis de Posgrado (2012)


Hace 14 años, pocos pudieron adelantar que el proceso de las llamadas "Primaveras Árabes" tendría consecuencias tan profundas en el devenir político de la región de Oriente Medio y el Norte de África, marcándola por más de una década. La inmolación de Mohamed Bouazizi en Túnez el 17 de septiembre del 2010 (motivada por la pobreza, la falta de oportunidades y la precaria solidaridad estatal) sería detonante de un viral de protestas por todo el espacio árabe, conectando con un descontento social generalizado, aguda frustración económica, crisis de representatividad, desconfianza hacia las élites gobernantes y falta de libertades básicas. El proceso -que fue aprovechado operativamente por los servicios de inteligencia de Occidente- desembocó en cuatro certeros golpes de Estado (Túnez, Libia, Egipto y Yemen), revolviendo aún más el tablero o shatterbelt regional, movilizó a los radicales (Hermandad Musulmana, salafistas, al Qaeda...) y extremó la represión de ciertos regímenes.

En pleno 2025, no se descarta como una de las peores consecuencias de las Primaveras Árabes, la conformación de elementos como el ISIS/DAESH (célula terrorista desprendida del tronco de al Qaeda) que aprovechando el vacío de poder en Iraq y en regiones del este de Siria, abogó por la conformación de un califato de orden medieval, desatando una guerra prolongada que reflejó en todo momento ser una dinámica mayor de fuerzas y un conflicto proxy entre la entente Rusia/Irán y la alianza EE.UU/Israel, los primeros apoyando al régimen de al Assad y los segundos armando y financiando a sus aliados fundamentalistas del ISIS. El balance que durante 14 años favoreció a la república hereditaria (warāthiyya) de los Assad, al eje de la resistencia y a sus benefactores rusos e iraníes, a coste de inumerables vidas y pérdidas materiales, se invirtió de improviso a fines del 2024, con la escalada al poder de los "rebeldes" (terroristas), apoyados y reconocidos en el acto por sus mecenas de la UE y EE.UU. Hoy esos mismos "rebeldes" -bajo el silencio cómplice de Occidente- están desatando un pandemonium en el país levantino, asesinado, torturando y hasta crucificando a cristianos, alauitas, chiíes y adeptos del antiguo régimen.

En relación a este "¿cisne negro?" en la historia contemporánea del Mundo Árabe, el 15 de marzo del 2012 concluí una tesina de posgrado a la que titulé "Antecedentes Coyunturales e Históricos de la Primavera Árabe", en ella abordé la casuística tras el fenómeno en estudio, retrotrayéndome al legado del colonialismo europeo, a la fragmentación del espacio árabe post desmembración del Imperio Otomano (1922), con la consiguiente imposición de protectorados y estados artificiales como el de Israel, eventos que junto con la Guerra de los Seis Días de 1967 minaron para siempre el panarabismo (o unidad ideológico-espiritual de los árabes, encarnada fuertemente en la figura del carismático Gamal Abdel Nasser), favoreciendo la proliferación de las luchas nacionales e identidades locales, el abandono gradual de la causa palestina en el discurso árabe y la emergencia de ideologías desestabilizadoras como son el islam político y el panislamismo.

ANTECEDENTES COYUNTURALES E HISTÓRICOS DE LA PRIMAVERA ÁRABE (PDF)

miércoles, 31 de julio de 2024

La Marcha de los Iranios (Parte III): Irán, tierra de magos


Pasaron nueve años desde la redacción de las primeras dos entregas de esta saga titulada La Marcha de los Iranios, tiempo en el que acontecieron demasiados eventos relevantes en torno la historia contemporánea de Irán (asesinato del general Qasem Soleimani en 2020, protestas masivas -acusadas de intervencionismo Occidental- a raíz la muerte de Masha Amini en 2022, escalada bélica con Israel bajo el contexto del genocidio en Gaza con un ataque directo limitado en abril de 2024 y accidente fatal del Presidente Ebrahim Raisi en mayo de 2024, entre otros) y al fin llegó el momento de abordar -de manera muy resumida- la historia, religión, política y cultura de esta particular y formidable nación, que como vimos en las dos entregas anteriores: tiene también un influjo universal, más allá de los límites naturales de Persia, en el corazón de Asia Occidental.

Lamentablemente muy pocos consideran cuán importante fueron los aportes de los persas (equiparables a los de la civilización greco-romana), tanto para la cronología de Occidente como para el mundo islámico oriental y es que de sus milenarios misterios y alegorías derivan no sólo el cristianismo y su más temprana iconografía (Jesús-Mitra, los Reyes Magos y la divina astronomía encarnada en la estrella de Belén, etcétera), también nos legaron su ciencia de los elementos o química arcaica -llamada alquimia en la antigüedad- además de múltiples aportes en álgebra, medicina, arquitectura, pintura, arte mosaico, jardinería, organología, las artes y la literatura en general. Gran parte de ello transferido a Europa  por vía de los árabes (Al-Ándalus, Emirato de Sicilia) y/o los otomanos.

La limitada mirada Occidental, nublada desde la Edad Media y más allá (algunos sostienen que desde las Guerras Médicas en adelante) por una carga de prejuicios y un aura de pseudo superioridad cultural/moral, no permite indagar en la historia de Irán sin el catalejo del orientalismo, que distorsiona agriamente la realidad. Irán es de hecho el core de una civilización, si bien tradicional, también en avanzada y que desde el enfoque de la resistencia ha logrado sortear el no alineamiento con Occidente y las sanciones internacionales, al punto de desarrollar tecnología puntera (en la fabricación de drones, robótica e inteligencia artificial) e instalarse entre las diez principales potencias científico-tecnológicas del planeta, un país donde además el 70% de los estudiantes de ingeniería son mujeres y tienen a su haber una implacable formación y altas tasas de empleabilidad.

Mujer iraní en Isfahán

Irán (cuya traducción en lengua farsi significa "Tierra de Arios") es una extensa meseta emplazada sobre los márgenes de la antigua Persia, ubicada al sur del Mar Caspio y al norte del Golfo Pérsico, conectando Medio Oriente con Asia Central. Dueña de una posición geoestratégica fundamental que en el pasado permitió el poblamiento de diferentes razas, la construcción de grandes imperios y el establecimiento de rutas comerciales privilegiadas que conectaron los territorios de India y China con el mar Mediterráneo. En la era industrial esta privilegiada posición jugó en su contra frente al avance del Imperio Británico, que se apropió sus pozos petroleros y las vías de acceso hacia el espacio árabe y el norte del subcontinente indio (hoy Pakistán), todo facilitado por la instauración de regímenes satélites como el de la dinastía Pahlevi.

PERIODO PRE-IRANIO

Formalmente la historia inicia 5000 años antes del nacimiento de Cristo, a partir de hechos que permiten documentarla como son la invención de la escritura y la revolución agrícola que permitió a seres humanos nómades, incapaces de transformar su entorno, dejar de deambular en búsqueda de animales salvajes y frutos silvestres. Surgieron entonces las ciudades-estado, las élites gobernantes, la religión y la política y al poco tiempo de que estas ciudades-estado comenzaran a guerrear entre ellas, unas lograron imponerse sobre las otras, surgiendo de esta manera los estados confederados y los imperios.

Todo lo anterior aconteció -en épocas diferentes- en los distintos rincones del planeta, siendo el Medio Oriente hace 70 siglos la región que dio el vamos a la civilización. En la tierra emplazada entre los ríos Tigris y Éufrates, llamada Mesopotamia (hoy Irak) surgió la primera gran civilización conocida: los sumerios, de quienes hasta el día de hoy se desconoce su certero origen. Crearon la escritura cuneiforme para graficar en símbolos su lengua, crearon también la rueda y los carros tirados por ruedas, el arado para la siembra, crearon un sistema de horas, días y años en función del ciclo estelar y además de la escritura, inventaron también las matemáticas para organizar la vida comercial de las ciudades. Tan ricas, cultas y poderosas llegaron a ser las ciudades sumerias que al poco andar atrajeron el interés de bárbaros provenientes del desierto de Arabia (los pueblos semitas), otros provenientes de Anatolia y las tierras del noreste (los pueblos indoeuropeos o arios), de modo que la civilización sumeria de los últimos siglos debió ser un amalgama etnocultural plagado de elementos foráneos, al punto que terminó perdiendo su lengua original, en función de una semítica: el acadio.

Bajo este contexto, al rededor del año 4000 a.C., a unos 500 km al este de las grandes capitales mesopotámicas (Ur, Nippur, Babilonia y Uruk) surge la civilización de Elam en Susa: una antigua ciudad del sur de Irán. Los elamitas adaptaron entre otras cosas, la técnica de escritura sumeria para expresión de su propio idioma (de presumible origen afroasiático), desarrollaron un imperio que rivalizaría en grandeza y poder con el de Asiria/Babilonia y que dada su riqueza atrajo en el siglo XV a.C. a un conjunto de tribus iranias, originarias del sur de Rusia que habían comenzado a emplazarse hacia norte de la meseta iraní. En paralelo otras tribus ario-iranias, conocidas bajo la denominación de medos por la historiografía, se internaron en los montes Zagros, no muy distantes de Susa y de las ciudades mesopotámicas, absorbiendo su alto influjo cultural. Surgen así dos nuevas civilizaciones en contienda sobre un territorio "iranizado" tanto en la lengua como en lo étnico: Persia y Media, siendo los persas los auténticos herederos de la antigua Elam.

AUGE Y GRANDEZA DEL IMPERIO PERSA

Persia y Media fueron reinos independientes durante al menos dos siglos. El dominio de Persia se extendió originalmente sobre las áridas regiones de Juzestán y Fars, al sur de la meseta iraní y Media se proyectó hacia las regiones del noroeste, cobijadas por altas montañas, densos bosques, clima cálido y caudalosos ríos. Media tuvo por capital a la ciudad de Ecbatana, otros núcleos importantes fueron Damgan y Pazuwin (actual Qom), de Persia las principales ciudades fueron Susa, Anshan e Istakhr. Astiages, el último monarca medo, fue destronado en el año 550 a.C. por el rey Persa Ciro II el Grande, iniciando con él el Imperio Persa-Aqueménida, que en su máxima extensión -medio siglo más tarde con Darío I- abarcó tres continentes y las actuales: Pakistán, Cachemira (India), Turkmenistán, Afganistán, Irán, Irak, Anatolia (Turquía), Azerbaiyán, Armenia, el Levante Árabe o Gran Siria (Siria, Líbano, Palestina, Jordania), Arabia Saudí, Emiratos Árabes, Kuwait, Egipto, Chipre, Grecia, Macedonia, Bulgaria y Crimea (Ucrania).

En un principio, los aqueménidas fijaron como capital del imperio a la ciudad de Pasargada (545 a.C.) en Fars, iniciando 25 años más tarde la construcción de una nueva capital política y administrativa (también en la región de Fars), la imponente Persépolis. La capital del Imperio Persa que llegó a contar con cerca de 45.000 habitantes y no menos 40 barrios residenciales, fue edificada por ordenes de Dario I y concluida por sus descendientes Jerjes I y Artejerjes I, con el aporte y conocimientos de miles de artesanos libres provenientes de todos los rincones del imperio y del mundo hasta entonces conocido: indios, lidios, fenicios, babilonios, jonios, egipcios, sirios, etc. No existía por entonces un estilo arquitectónico propiamente persa, el cual comienza a consagrarse a partir del carácter cosmopólita del imperio, albergando e integrándose en Persépolis diversas comunidades como la griega y judía, antecediendo por siglos la existencia de otras ciudades globales o multiculturales como fueron Roma o Alejandría en Egipto.

Mosaico de arqueros persas

Máxima extensión del Imperio Persa con Dario I hacia el 500 a.C.

Además de su implacable poderío militar, el primer gran imperio de los persas destacó por su integración y tolerancia hacia los pueblos conquistados, reflejo de lo cual persiste al día de hoy -por ejemplo- la antigua comunidad judío persa (unas 10.000 almas que residen actualmente en Irán más otras 250.000 en Israel y otras decenas de miles en Estados Unidos) con más de 2500 años de existencia y un gran peso político y económico perenne. El nombre del emperador Ciro II El Grande es de hecho reverenciado 23 veces en el Antiguo Testamento (o Torá judaica), dado que los liberó de su cautiverio en Babilonia, decretando la reconstrucción del Templo de Jerusalén y la autorización para todo exiliado que deseara volver a su tierra de origen. Sin embargo los brotes de nacionalismo nada infrecuentes en las más remotas regiones de un vasto imperio pluralista pero poco cohesionado, sumado al descontento por el alto gravamen impositivo en las satrapías (provincias) y las derrotas militares frente a los escitas en el norte y los griegos en el oeste (las Guerras Médicas) presionan la progresiva disgregación política de los aqueménidas, coronando el fin la muerte de Darío III en el 330 a.C. con la consiguiente conquista del imperio en manos de Alejandro Magno, dando paso a un periodo de helenización consumado en la constitución del Imperio Seléucida que relevó a los persas por casi 300 años, hasta el 63 a.C.

REY DE REYES

Precediendo en 165 años el nacimiento del macedonio Alejandro Magno y en 494 el del romano Augusto, Dario I fue sin duda el primer monarca en consolidar un mega imperio (7.900 km frente los 11.000 km que alcanzó en su auge el Imperio Romano) y gobernar sobre una diversidad de naciones, religiones, reyes y culturas, de ahí su apelativo de "El Grande" que supo llevar con orgullo, repasando su legado sobre piedra en la inscripción de Behistún que perdura hasta la actualidad:
"Habla Darío el Rey: por voluntad de Ahuramazda soy rey. Ahuramazda me entregó la realeza.

Habla Darío el Rey: estas son las regiones que se sometieron a mí. Yo me convertí en su rey por voluntad de Ahuramazda: Persia, Elam, Babilonia, Asiria, Arabia, Egipto, las que están junto al mar, Sardes, Jonia, Media, Urartu, Capadocia, Partia, Drangiana, Aria, Jorasmia, Bactriana, Sogdiana, Gandhara, Escitia, Sattagidia, Aracosia, Maka, un total de veintitrés regiones.

Habla Darío el Rey: éstas son las regiones que se sometieron a mí. Por voluntad de Ahuramazda se convirtieron en mis dominios. Me entregan un tributo. Lo que ordeno para ellas, de noche o de día, lo hacen.

Habla Darío el Rey: en estas regiones al hombre que era leal lo apoyé: a quienquiera que fuese malvado lo castigué. Por voluntad de Ahuramazda estos países respetan mis leyes. Lo que ordeno para ellas, lo hacen".
Necrópolis imperial de Naqsh-e Rostam (نقش رستم) en Fars

Los restos de Dario I son cobijados en la magnífica necrópolis de Naqsh-e Rostam en Fars, donde se inmortaliza también un espléndido epitafio: 
"Yo soy Darío el gran rey… un persa, hijo de un persa, un ario, teniendo un linaje ario…"

Darío I fue llamado en vida Sha-han-sha que en farsi significa "Rey de reyes", su legado una vez más precede al de Augusto al unificar un gran imperio bajo las bondades de la sólida maquinaria estatal, de una eficiente administración de provincias (llamadas satrapías), desarrollo de infraestructura (ciudades, palacios, templos, canales, acueductos, puentes, jardines, mercados cementerios), carreteras, comercio, moneda única, globalización cultural, religión imperial (tolerante con los múltiples cultos del imperio), poder centralizado y ejército único (infantes, armeros, caballería, arqueros), elementos sine qua non a desarrollar por todo gobernante que pretendiese forjar un imperio. Gracias a Darío I el legado cultural de los persas (y de añadido el de siglos de civilización consagrados en Oriente Medio) se expandió desde Cachemira al mar Mediterráneo, desde Egipto al Cáucaso y desde el Mar Arábigo al Mar Caspio y el Mar Negro. Los antiguos griegos, provenientes de una civilización atomizada en múltiples polis, se beneficiaron del universalismo persa y lo replicaron en el Imperio Seléucida consolidando además la fusión cultural greco-persa-egipcia-asiria, la cual pasaría integra al Imerio Romano deviniendo posteriormente en la  "cultura occidental".

LA RELIGIÓN EN LA ANTIGUA PERSIA

El mazdeísmo, también llamado zoroastrismo, fue la religión imperial en tiempos de los aqueménidas y sin lugar a dudas uno de sus mayores legados, replicados algunos de sus principales elementos en las tres religiones abrahámicas (judaísmo, cristianismo e islam), en corrientes mistéricas como el catarismo, el sufismo, el bahaísmo y la teosofía o vertidas en siglos de filosofía islámica y occidental, desde Avicena, Omar Khayyám y Rumi a Descartes, Nietzsche y René Guenón. Sin lugar a dudas proveyó de un fundamento moral y espiritual a la casta gobernante del gran imperio, extendiéndose junto con él y consolidándose como religión principal ya en tiempos de Darío I. Como fue comentado en la primera entrega de esta saga: el mitraísmo, religión persa muy extendida en Oriente Medio hacia el siglo I d.C., fue una expresión que guarda ciertas semejanzas al mazdeísmo y que se internó en el Imperio Romano a partir de migrantes, comerciantes y esclavos provenientes principalmente de las regiones de Siria y Anatolia, transmutándose sus fundamentos espirituales (en convergencia con otros dogmas y credos) en el cristianismo primitivo.

El "faravar", símbolo por excelencia del mazdeísmo

Mazdeísmo deriva de Mazda o Ahuramazda (Ahura Mazda), principal divinidad en el panteón aqueménida: encarnación del Dios de luz todopoderoso y bondadoso, que en una cosmovisión eminentemente dualista tiene por contraparte al mal, la oscuridad, encarnado en la figura de Ahrimán (o Angra Mainyu), un equivalente del demonio en las religiones abrahámicas. Zoroastrismo por su parte, deriva del nombre del profeta Zoroastro (o Zaratustra), místico persa nacido hacia el año 620 a.C. en Rayy, cerca de la actual Teherán y fallecido en el 550 a.C. en Balj, al norte de Bactria (actual Afganistán). Se cree que Zoroastro tuvo una visión de Ahura Mazda pastoreando en las montañas del norte de Irán, en la cual le fue develado que la vida constituye una eterna lucha entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad, debiendo el hombre libre y voluntariamente elegir actuar del lado del bien para su salvación eterna y la vida recta. Zoroastro sintetizó la doctrina mazdeísta en una serie de cantos llamados gathas, los cuales a su vez constituyen el Avesta, probablemente el primer libro sagrado monoteísta. En vida Zoroastro fue el protegido de un rey bactriano, llamado Vishtaspa que incorporó la religión en sus dominios y tras la muerte de Zoroastro comienza a internarse en el espacio persa, hasta convertirse en religión imperial.

LOS OTROS IMPERIOS

Tras la muerte de Darío III, el control del Imperio Aqueménida queda en manos de la confederación greco-macedónica liderada por Alejandro, el Magno, quien extiende sus dominios desde el sur de Italia (Magna Grecia) al norte de la India, comprendiendo toda la extensión consolidada por los persas en las prolíficas tierras de Asia Central, Asia Occidental, Asia Menor y Egipto. La muerte prematura de Alejandro a los 33 años, genera un vacío de poder y la consiguiente ruptura entre sus generales Ptolomeo y Seleuco, quienes se dividen las posesiones greco-persas formando dos nuevos imperios: el Ptolemaico, que engloba a Egipto junto a las islas y costas del Mediterráneo Oriental (Creta, Chipre, Líbano y Palestina) y el Seléucida, que comprende todas las tierras desde el Asia Menor (actual Turquía) y Siria hasta la actual Irán. Descendiente de Ptolomeo, la reina egipcia Cleopatra (69 a.C - 30 a.C.), fue también la última gobernante de la dinastía ptolemaica: culta y poliglota, es posible que además del griego y del egipcio, la reina del Nilo dominara en parte la lengua persa e incluso el latín, un fiel reflejo de la temprana globalización cultural, que se debió en buena medida al impulso de los aqueménidas.

Grecia, Imperio Ptolemaico (Amarillo) e Imperio Seléucida (Verde)

Persia estuvo bajo dominio seléucida por casi 250 años, aunque no logró ser helenizada al mismo ritmo que los territorios ptolemaicos o el Asia Menor, donde la presencia griega echó profundas raíces desde la Antigüedad Clásica. La cultura griega o helenística, mucho más liberal en un cierto sentido, fue percibida como impuesta y decadente por los persas, enfatizándose la ruptura entre Oriente y Occidente. Durante el dominio seléucida, comenzó a gestarse la sedentarización de los nómades iranios en la región de Partia, al norte de la meseta iraní, consolidándose un nuevo reino que hacia el siglo II a.C., en la figura de Arsaces I, se extendió por toda Persia, entrando en conflicto con los seléucidas (las guerras parto-seléucidas) y terminando por expulsarlos de la región, para reconfigurar el legado aqueménida. Inicia de este modo el Imperio Parto que duró cerca de cinco siglos, tuvo 17 emperadores y en su máximo esplendor se extendió por las actuales Irán, Mesopotamia (Irak), Siria, Asia Menor (Turquía), Azerbaiyán, Turkmenistán, Kirguistán, Tayikistán, el sur de Rusia, Afganistán, Pakistán y el norte de la India. 

Imperio Parto (247 a.C. a 224 d.C)

Al igual que los aqueménidas, los partos organizaron administrativamente el imperio en satrapías, fueron tolerantes con los pueblos conquistados, sus tradiciones, religión y cultura y aunque no hicieron del zoroastrismo la religión estatal, siguió siendo la más importante junto con el mitraísmo que se tornó muy popular en Asia Occidental, Anatolia y Siria, pasando posteriormente al Imperio Romano con el cual estuvo en constante pugna, entre los siglos I a.C. y III d.C. Guerras constantes y costosas, tanto con Roma como con los estados tapones, y los reinos limítrofes, además de las constantes correrías e invasiones de escitas y otros belicosos pueblos iranios nómades del norte sumado a disputas dinásticas y nobiliarias, precipitaron el ocaso del Imperio Parto (247 a.C. - 224 d.C.), que será subsiguientemente reemplazado por el Imperio Sasánida o Neopersa (224 d.C. - 651 d.C.), el cual -al igual que ocurriera a los aqueménidas frente a los griegos- es subyugado tras cuatro siglos de existencia por presión de una nueva hegemonía extranjera: los árabes del Califato Omeya, cuya nueva fe: la religión del Islam, se convierte en la mayor contribución cultural transmitida al Irán medieval, aviniendo perfectamente con la profunda espiritualidad de esta noble nación, apegada a la naturaleza, la idea de jerarquía, los valores familiares y la contemplación.

Máxima extensión del Califato Omeya  (661 a 750 d.C.)

Tras el dominio Omeya, siguió el de las dinastía Tahirí (821 A 873 d.C.) y Saffarí (861 a 1003 d.C.), la dominación de los selyúcidas (siglo XI), el Ilkhanato mongol (1256 a 1335) y el Imperio Safávida (1501 a 1736), este último un hito importante en la historia de Irán/Persia puesto que formalizó la instauración del islam chií como religión oficial del Estado, reafirmando la identidad cultural y política iraní, en clara diferenciación con otras naciones islámicas como los árabes, norafricanos, turcos, mongoles e indoarios (pakistaníes, afganos), que decantaron mayormente por la vertiente suní.

EL CHIISMO

A la muerte del profeta Muhammad (Mahoma) en el año 632, se gestó una disputa entre sus seguidores respecto de quién debía reemplazarlo como Califa (líder supremo de los musulmanes), los más tradicionalistas se inclinaron por la dinastía de sangre, convirtiéndose en fervientes partidarios de Alí: primo y yerno del profeta, casado con su hija Fátima, y el resto tuvo una visión más político-normalista, inclinándose por Abu Bakr: amigo cercano y uno de los primeros conversos del profeta y a quien además se atribuye la primera compilación de los hádices (dichos y acciones del profeta Mahoma) que conforman el Corán. 

Abu Bakr, quien sobrevivió apenas dos años a la muerte del profeta, fue investido como primer Califa del Imperio Musulmán entre los años 632 y 634, siendo reemplazado por otro gobernante sin lazos familiares con el profeta: Umar ibn al-Jattab, elección que marginó del poder una vez más a Alí. Umar ocupó el cargo de califa hasta el 644, año en que fue asesinado por un esclavo de origen persa, dicho hecho moviliza a los allegados al poder a inclinarse por otro líder aristocrático sin consanguineidad alguna con el profeta: Uthman ibn Affán. Tal designación enfada enormemente a los partidarios de Alí (Shi-at-Alí en árabe o chiitas en español) quienes no reconocen al nuevo Califa e invisten en paralelo a Alí. Emerge aquí no sólo el primer quiebre político al interior del mundo islámico, sino también un cisma espiritual y dogmático perenne, que dio forma a las dos principales ramas de la religión islámica: los "chiitas" y los normalistas o "sunitas".

Mezquita del Imán Hussein en Kerbala (Irak), donde yacen los restos del mártir, hijo de Alí y nieto de Mahoma. Es uno de los principales centros de peregrinaje del mundo chiita.

El posterior asesinato de Alí en el 661 por parte de las facciones allegadas a Uthman y la muerte prematura de sus hijos: Hassán, envenenado en el 670 y Hussein, muerto en batalla en el 680, configuran  la génesis doliente del chiismo, que los considerará en adelante sus principales mártires e imanes (guías espirituales que trascienden la muerte física), además de haberlos reconocido como sus califas. Más adelante en la historia, el chiismo vivirá sus propios cismas: de los cuales emergen el chiismo septimano (reconocimiento de siete imanes), duodecimano (doce imanes) e ismaelismo, distinción en la que no profundizaré en esta oportunidad. 

Lo que sí consigna mencionar es la relación preferente de los persas por la rama chií del islam: este hizo su aparición en Persia hacia el siglo VII con los abasíes (emparentados con el profeta y que instauraron un califato en Bagdad), penetrando de manera muy marginal en algunas regiones y en desventaja absoluta frente a la preminencia suní. No fue sino hasta comienzos del siglo XVII, con la conquista de Ismail I Safaví y la consiguiente formación de la dinastía safávida, que Persia se decanta por el chiismo como religión estatal, lo cual puede leerse como una estrategia de diferenciación política frente a sus vecinos y potenciales rivales árabes, turcos y mongoles, además de una inclinación natural, dado el componente místico fácilmente asociable a la espiritualidad aria y a la tradición mazdeísta. La dinastía safávida gobernó Persia hasta 1736, siendo sucedida por la dinastía qajar que consolidó aún más la influencia chiita en Irán. Finalmente, en 1979, la Revolución Islámica liderada por Ruhollah Khomeini destronó al último Shá, trajo de regreso la Teocracia y consagró al chiismo como religión oficial de Irán.

MODERNIDAD E IMPERIALISMO

El concepto Era Moderna en términos de historia, comprende los hechos acontecidos entre los siglos XV y XVIII, una época que inicia con el descubrimiento de América y finaliza con el iluminismo o "siglo de las luces", génesis de la Revolución Francesa y el comienzo de los movimientos independentistas americanos. En las eras precedentes, el progreso mundial orbitó en torno al espacio Mediterráneo, Oriente Medio (incluyendo Irán) y China; núcleos de las primeras civilizaciones agrícolas; la modernidad por su parte se desplegó desde el Atlántico y las naciones e imperios mercantiles (España y Portugal primero, Gran Bretaña, Francia y Holanda más tarde) que dominaron las rutas comerciales hacia las Américas, circunnavegaron África, tocaron las costas de Asia Oriental y forjaron colonias en tierras lejanas, explotando la mano de obra local (como esclavos en los primeros siglos, como proletarios después) y extrayendo sus materias primas a bajo coste. 

Los grandes triunfadores al final de la era moderna serán sin duda los británicos, que de simples piratas y corsarios, se convirtieron en fastuosos navegantes, forjando el mayor imperio marítimo de la historia, logro al que se sumará en la era siguiente la Revolución Industrial, que les impondrá la necesidad de comerciar con el resto del planeta todo el excedente manufacturero generado en las islas británicas (producto de las economías de escala que facilitó el maquinismo) y abastecerse de los insumos necesarios para producirlos en los distintos puntos del planeta donde emplazaron sus colonias y factorías, la mayor de las veces: a sangre y hierro. Los británicos protagonizaron el devenir del planeta por espacio de cinco siglos y su primera interacción con el mundo persa-iraní ocurre bajo este contexto de imperialismo, a partir del lance conocido como "El Gran Juego" (1837).

Pintura que ilustra la guerra Anglo-Persa (1856)

En pleno siglo XIX, cuando se desarrolla el "El Gran Juego" Irán, cuna de civilizaciones, estaba lejos de ser ya un actor influyente en la política regional, mucho menos global. Sólo el Imperio Otomano -aunque ya menoscabado- se mantuvo como principal referente geopolítico del mundo islámico, pero con muy poca relación e influencia sobre la vecina Persia, dado que los otomanos y la mayor parte de sus súbditos (con excepción de los territorios dominados en la Europa Balcánica) profesaban la fe suní, y en Persia, como se dijo, desde los safavíes en adelante, domina el chiismo. El Gran Juego que se extiende hasta comienzos del siglo XX, consiste en la lucha geopolítica entre el Imperio Británico y el Imperio Ruso por controlar la región de Asia Central y el Cáucaso, colindante con una Rusia zarista en expansión y que se proyectaba hacia a mares cálidos: el Océano Índico o el Mar de Arabia para dominar el comercio marítimo con India y China desde el propio continente, conectando Rusia con los puertos asiáticos a partir de una vasta infraestructura ferroviaria.

En conocimiento de los planes rusos, los británicos buscan expandirse por Asia Central para resguardar el dominio de la India ("la joya del imperio") y mantener su posición mercantil privilegiada en los puertos sudasiáticos, con una China cautiva, un Extremo Oriente prometedor y un mundo árabe que tarde o temprano sería dislocado del Imperio Otomano para beneficio británico; El Gran Juego es de hecho la antesala de la clásica Teoría del Heartland, desarrollada por el geógrafo inglés John Mackinder (1867-1941) la cual supone que "quien domine Asia Central dominará Eurasia, y quien domine Eurasia dominará el mundo", desde la cual se explica en gran medida la política internacional de las potencias de la anglósfera, primero el Imperio Británico, después EE.UU.

El Gran Juego tuvo sus corolarios a lo largo de todo el siglo XIX y parte del XX. Los británicos intentaron subyugar sin éxito al indómito pueblo afgano, lo cual les provocó varias bajas en la Primera (1839 a 1842) y Segunda Guerra Anglo-Afgana (1878 a 1880), aunque se mantuvieron expectantes a que su fracaso no condicionara el éxito de los rusos y que Afganistán se mantuviera como un Estado tapón entre Rusia y sus colonias de la India. Rusia por su parte, logró apropiarse la región del Turquestán, allanó camino al Imperio Otomano en el oeste, liberando de su yugo los estados transcaucásicos y continuó pujando por obtener una salida hacia el Mediterráneo. Sin quedar exenta de estos eventos, Persia fue sindicada en el Tratado Anglo-Ruso de 1907, que en teoría pone fin al Gran Juego, pero sacrificando la soberanía de naciones como la iraní que se vio segmentada en zonas de influencia: rusa en el norte y británica en el sur, donde a la postre se encuentran los principales recursos energéticos del país. 

DINASTÍA PAHLAVI

Gran Bretaña tuvo un dominio significativo sobre el petróleo iraní, desde la década de 1900 hasta la Revolución Islámica de 1979, fraguando un vergonzante golpe de Estado (apoyado por EE.UU.) contra el gobierno del Primer Ministro Mohammed Mosaddeq en 1953, esto con el fin de restaurar el control británico sobre la industria petrolífera iraní, la cual había sido nacionalizada en 1951. En espacio de esas siete décadas dos dinastías gobernaron Persia: la Dinastía Qajar (1794-1925) y la Dinastía Pahlavi (1925-1979), ambas acusadas de ser meros instrumentos en manos de los británicos que siempre tuvieron fama de apoyar a gobernantes débiles como meros titulares del poder, sometidos a las ordenes del imperio.

Mosaddeq, intentó auditar los documentos de la Anglo-Iranian Oil Company (AIOC) y limitar su control sobre las reservas de petróleo iraníes. La AIOC se negó a cooperar y el parlamento iraní votó a favor de nacionalizar la industria petrolera, lo cual desencadenó un boicot económico global instigado por los británicos, coronando con un golpe de Estado apoyado por la CIA (Central de Inteligencia Americana) que junto con desencadenar una represión que acabó con la vida de cientos de iraníes, derrocó, encerró y acabó con el gobierno constitucional de Mosaddeq, entregando mayor poder plenipotenciario al Shá Reza Pahlavi, quien en adelante gobernará Irán con el beneplácito de la anglósfera durante 26 años hasta su justo derrocamiento por mano del Ayatollah Khomeini en la emblemática Revolución Islámica de 1979.

LA REVOLUCIÓN ISLÁMICA

Las desigualdades sociales, las reformas económicas fallidas, la corrupción y sobre todo el servilismo y la desconexión de la Dinastía Pahlavi y del conjunto de la nobleza con la realidad iraní fueron caldo de cultivo para una revolución política aunque -a ojos externos y en plena Guerra Fría- no fue previsible que esta surgiera por el lado de los clérigos y el modelo de teocracia como finalmente aconteció. Figura clave en este proceso fue el Ayatollah Ruhollah Khomeini, religioso chiita del más alto rango en estudios islámicos, nacido en 1902 en Jomein en el centro de Irán. Khomeini tenia una clara visión sobre el gobierno, la justicia social, la economía, la religión y la autoridad, las cuales consideraba integradas en la sharia o ley islámica, ergo, un gobierno islámico -a su juicio- sería la solución para erradicar la corrupción, lograr un desarrollo equitativo integrando a toda la población iraní, en especial a los pobres y dar la cara al imperialismo que había desollado a la nación.

Las ideas y convicciones de Khomeini, nutridas en gran medida por los planteamientos de Sayyed Qutb (1906-1966), padre del islam político, así como por las lecciones empíricas del socialismo árabe de Gamal Abdel Nasser en Egipto, además del elemento conservador/tradicionalista propio de la religión y un marcado anti sionismo y antiimperialismo, lo pusieron en la mira de la Dinastía Pahlavi y dado el creciente prestigio y autoridad que había alcanzado entre religiosos y laicos descontentos de todas las edades y su llamado a la rebelión popular, fue encarcelado y posteriormente exilado, radicándose en Turquía (1964), Irak (1965-1978) y posteriormente en Francia (1978-1979).

El Shá junto al presidente estadounidense Richard Nixon (1973)

El exilio no aplacó al clérigo que continuó predicando y escribiendo a diario contra los excesos e incompetencias del Shá y sobre la beatitud que prometía una república islámica frente a los vicios del régimen. Las posibilidades tecnológicas de la época, ayudaron a propalar su prédica combatiente por la vía de pasquines, emisoras de radio pirata y casetes que fueron duplicados y compartidos por mano entre una población agudamente descontenta, que encontró sentido y esperanza en el proyecto de Khomeini, volcándose a las calles con manifestaciones y huelgas que se prologaron durante todo 1978, presionando al gobierno del Shá a declarar ley marcial el 7 de septiembre, hecho que no limitó a los opositores a reunirse al día siguiente en la plaza de Zahlé para lo que sería una nueva manifestación multitudinaria, esta sin embargo fue silenciada por los militares que abrieron fuego sobre los manifestantes, terminando con la vida de un centenar, un episodio que será tristemente recordado con el nombre de "Viernes Negro".

El descontento contra el Shá y la popularidad de Khomeini sólo se incrementaron en los días y meses posteriores al viernes negro. La población enardecida a la que se sumó también buena parte de los militares, exigió la repatriación del clérigo y el fin de la dinastía, lo cual finalmente ocurrió a comienzos de 1979: el 16 de enero el Shá se autoexilia de Irán piloteando su avión (fallece al año siguiente en Egipto afectado por un cáncer), queda en su lugar el primer ministro Shapur Bajtiar quien busca aplacar el descontento y negociar la paz. Muy a su pesar, Bajtiar trajo de regreso a Khomeini en febrero, siendo recibido en las calles de Teherán por tres millones de personas. El 11 de febrero Bajtiar es expulsado del poder, quedando establecida la República Islámica de Irán, mezcla de democracia y teocracia, con el Ayatollah Khomeini a la cabeza.

Khomeini ovacionado por la multitud

LA GUERRA CON IRAK

Al año siguiente de la asunción de Khomeini como Líder Supremo de Irán, estalla una guerra prolongada con la vecina Irak. En párrafos anteriores repasamos someramente la estrecha conexión existente entre Irán (Persia) e Irak (Antigua Mesopotamia) que hunde raíces hacia los inicios de la historia 5 a 4 milenios antes de Cristo, aunque hacia 1980 predominan más los factores de división que de cohesión entre ambas naciones: Irak era por entonces un estado árabe, secular y nacionalista, convivían en ella minorías étnicas rezagadas (25%) de kurdos, yazidis, turcomanos, caldeos, asirios y judíos, una mayoría religiosa chií (65%), que constituye las capas populares de la sociedad, generalmente marginada en términos de representación política y una minoría suní (35% del total de la población) que constituía la clase gobernante con el partido Baath (nacionalista árabe) a la cabeza.

La combinación de elementos referidos gatillan la inquietud del por entonces presidente y líder iraquí Saddam Hussein, quien vio en el ascenso de Khomeini una potencial viralización del empoderamiento chií en la región, que podría impulsar en lo mediato a la mayoría religiosa de Irak, que además sentía gran admiración por el clérigo iraní y profesaba una simpatía evidente por la República Islámica. A lo anterior se suma el contencioso por la región de Shatt-al-Arab y la geopolítica de la Guerra Fría consumada en el interés latente de Occidente por diluir la República Islámica de Irán y reposicionar a su aliado el Shá Reza Pahlavi en el poder. El exacerbado antiimperialismo del gobierno clerical y su virtual alineamiento con la Unión Soviética (impresión a la que ayuda el apoyo recibido por parte de los socialistas y del partido comunista iraní para derrocar al Shá, el cual fue desestimado tras alcanzar el poder), induce a Occidente a financiar al gobierno baazista de Hussein (fácilmente definible como nacionalista de derecha y reconocido por encarcelar y torturar a los marxistas árabes y kurdos) para presionar una guerra contra el régimen del Ayatollah.

La guerra entre Irán e Irak se prolongó durante ocho años (1980-1988), saldó más de un millón de muertos (entre soldados y civiles) y desgastó ambas economías, no tuvo un claro ganador, pero detrás de ella pesaron más los intereses de las potencias que de los países en conflagración. Años después Occidente le da la espalda a Sadam Hussein y tras la invasión de Kuwait, los Estados Unidos le declaran la guerra a Irak en 1990, 15 años más tarde, en 2006, sentenciado por crímenes contra la nación bajo un gobierno provisional (de mayoría chií y tutelado por EE.UU.) el líder baazista moriría en la soga. Khomeini por su parte, falleció el 3 de junio de 1989, tenía 86 años al momento de su muerte, gobernó durante nueve años la República Islámica que él mismo fundó, gran parte de los cuales estuvo en guerra con Irak, país que lo acogió en su exilio.

CRISOL ÉTNICO

Irán es una nación multicultural con cerca de 86 millones de habitantes, proyectando alcanzar los 100 millones en 2050, ocupa el puesto 17 entre los países con mayor población en el planeta. Se dice de Irán que es un crisol étnico, pues conviven en su territorio una quincena de pueblos de origen y lenguas diversas, provenientes del tronco ario-iranio, turco-mongol, semita, caucásico e indo-ario. La mayoría de iraníes (66%) son de origen persa como sus más remotos y célebres antepasados, seguidos por una minoría significativa de azeríes (16%), de origen turco, arribados a la meseta hacia el siglo XI, otra minoría relevante es la de los kurdos (10%), probables descendientes de los medos, un 2% de baluchis (también iranios), árabes del Juzestán (3%), turcomanos (2%), guilakíes del Mar Caspio (3%), judíos (0,01%), armenios (0,4%), asirios (0,02%), parsis (descendientes de los antiguos persas que aún profesan el zoroastrismo) y afganos (3%), estos últimos una población incrementada en calidad de refugiados y mano de obra poco cualificada.

La economía de Irán se basa principalmente en la industria extractiva del petróleo y gas, posicionándose entre los 10 primeros productores mundiales, otras industrias significativas son la textil, petroquímica, maquinaria agrícola, automotriz y de defensa. El gran lastre en el desarrollo económico de Irán siguen siendo las sanciones occidentales promulgadas contra la política de enriquecimiento de uranio, aunque actualmente, en un mundo que avanza a pasos agigantados hacia la multipolaridad, Irán comienza a compensar en sus aliados asiáticos y en los BRICS todas las limitaciones, barreras y costos de oportunidad perdidos, impuestos por Occidente. Un gran desafío por delante que tiene en sus manos el régimen de la República Islámica es el de integrar a las minorías étnicas al desarrollo y mejorar la calidad de vida a un 40% de la población (34 millones de iraníes) que vive bajo el umbral de la pobreza, con menos de 7 dólares al día.

LOS PARSIS

Con una población aproximada en torno a 20.000 personas, los parsis son la comunidad ancestral de Irán, practicantes de la religión mazdeísta o zoroastriana legada desde tiempos de los aqueménidas (siglo VI a.C.). La gran mayoría de parsis iraníes reside en la capital Teherán y en la ciudad de Yazd, donde se preservan algunos de sus emblemáticos templos del fuego, símbolo de purificación y limpieza espiritual. 

Pese a ser una comunidad cerrada, los parsis iraníes destacan en el ámbito empresarial y en las profesiones liberales, aunque con un impacto menos significativo en la economía iraní que el de sus congéneres parsis de la India (emigrados hacia el año 1000 d.C., tras la conquista islámica de Persia), una pujante comunidad de 60.000 almas de la que destacan importantes clanes empresariales como el de la familia Tata o la familia Wadia y de la que derivó también el icónico cantante de Queen Farrokh Bulsara, alias Freddie Mercury. Existe otra pequeña comunidad parsi en Pakistán, de no más de 2.000 personas que reside en las ciudades de Karachi y Lahore. La festividad por excelencia de los parsis es el Nowruz o año nuevo persa, celebrado el 21 de marzo.

Representación de una familia parsi, realizando el ceremonial del fuego

JUDÍOS IRANÍES

Otra de las comunidades más antiguas de Irán y de las más ricas en tradición e historia de entre toda la colectividad judía del planeta. Los judíos iraníes cargan a sus espaldas 2500 años de historia y su integración a la civilización persa se dio en tiempos de los aqueménidas, con Ciro el Grande. Su principal actividad es el comercio (mayorista y minorista) que desarrollan en los bazares, actividad en la que destacaron desde muy temprano, comerciando especias que transitaban por la antigua Ruta de la Seda, la industria artesanal (orfebrería, alfarería, textilería) es también otro de sus fuertes, en especial la confección de alfombras, cuyos precios pueden oscilar entre los 20 a 20.000 dólares. 

Hacia comienzos del siglo XX, la comunidad judía estaba integrada por unas 100.000 personas y actualmente se cifra en unas 10.000 que reside básicamente en las grandes ciudades como Teherán, Isfahán, Shiraz, Yazd y Kermán, buena parte de los judíos iraníes emigraron a Estados Unidos e Israel durante el siglo pasado. Bien integrados y leales al régimen de la Revolución Islámica, la comunidad judía local tiene reservado un escaño en el parlamento, manifestando poca conexión y simpatía por el movimiento sionista internacional.

EL IRÁN MODERNO

Pese a la complejidad de sobrellevar las sanciones económicas impuestas por Occidente, el Irán contemporáneo ha logrado avances considerables en las áreas de las ciencias y la tecnología, gracias a la formación de buenos profesionales y el desarrollo de sectores estratégicos como son hoy en día la robótica, la inteligencia artificial, ciberseguridad, biotecnología, IoT, domótica y realidad aumentada, entre otros. Las universidades iraníes han formado a un numero considerable de científicos, ingenieros y técnicos altamente competitivos, lo cual ha sido una constante en los últimos cuarenta años.

Sin duda, uno de los logros más notables del Irán moderno es la fabricación de drones y vehículos aéreos no tripulados (VANT) de la más alta tecnología, utilizados para operaciones militares. Los VANT iraníes han sido empleados con éxito en diversos escenarios y conflictos: los ataques de precisión rusos contra objetivos ucranianos, la identificación de red points en territorio israelí por parte de Hezbolá y en la guerra de desgaste de los hutíes yemeníes contra Arabia Saudita, y más recientemente contra los buques de guerra estadounidenses instalados en el Mar Rojo. Irán destaca también en el campo de la robótica, diseñando y confeccionando complejos robots para automatizar procesos industriales y en el campo de la biomedicina investigadores iraníes han innovado sistemas de dosificación de medicamentos empleando nanopartículas, lo cual podría revolucionar el tratamiento de múltiples enfermedades.

Ingenieros iraníes junto al robot humanoide Surena IV

LA NUEVA RELEVANCIA GEOPOLÍTICA DE IRÁN

El peso político y estratégico de Irán en el mundo se ha consolidado enormemente en los últimos años, bajo las complejas dinámicas y equilibrios de poder en Oriente Medio y el mundo. Actor clave en Asia Occidental y el mundo islámico, Irán es desde tiempos de Khomeini principal referente del eje de la resistencia contra un imperialismo que desde los años 90 a la fecha incubó decenas de conflictos y desintegró estados completos con el fin de asegurar las relaciones de dependencia y beneficiar la posición de Israel en la región. Sus estrechos vínculos con Rusia, China y la India, además de la gran riqueza en recursos energéticos y su posición dominante sobre las rutas del crudo (estrecho de Ormuz, Mar Árabigo) ha puesto a Irán en el centro de los grandes proyectos de infraestructura global como son la iniciativa de la Franja y de la Ruta, consolidando su relación con los BRICS (a los que se incorporó en 2023) de cara a un orden multipolar.

Siendo un país no árabe, grande es la influencia ejercida por Irán sobre países de cultura árabe como Siria (régimen de Assad), Líbano (vía Hezbolá), los hutíes de Yemen y hoy en día Irak, tendiendo el puente su representación espiritual del mundo islámico chií y ante todo la consigna de resistencia contra Israel, el injerencismo occidental y el accionar de los aliados árabes (Arabia Saudí, Emiratos Árabes, Catar, principado de Bahréin), cómplices en las políticas beligerantes de la región, entre ellas la financiación y adoctrinamiento de terroristas. Irán es un país bajo la constante mira de Estados Unidos y de la OTAN, quienes no lo han intervenido directamente, prevenidos por su poder tecnológico/militar, su descentralización y dispersión de fuerzas en la región, el potencial desarrollo de armamento atómico y por su estrecha cercanía con la poderosa Rusia: realismo político en todas sus letras.

EPÍLOGO

Contar la historia de un país y más bien de una civilización tan vasta y trascendental como la iraní es una tarea titánica que es mejor dejar a los enciclopedistas, pero he aquí mi mejor esfuerzo por resumirla, por alumbrar hechos y verdades que los grandes medios de comunicación encubren y que la generalidad de las personas desconoce. Irán es un país formidable, como maravillosa es también su gente: amable, comunicativa, desprendida, familiar; cualidades que -en nuestro terruño- se encuentran con mayor facilidad en el mundo rural que en el urbano y con toda probabilidad es por esta razón que la mayoría de iraníes no congenia con la adusta mentalidad occidental, que conocieron de la peor forma mediante el imperialismo ramplón de los británicos (desde las guerras anglo-persas de mediados del siglo XIX al golpe de estado a Mosaddeq en 1953) y hoy en día de los norteamericanos. 

No reniegan de la modernidad, no viven de espaldas al progreso, pero su visión del tiempo es distinta a la nuestra, miles de años de historia modelan un carácter diferente. Una nación cohesionada, orgullosa de su historia, ayer adoradores del fuego, hoy feligreses de las mezquitas. Maestros del arte, la filosofía, las matemáticas, la astronomía, el urbanismo y la política desde hace 6000 años, hoy las grandes mentes iraníes diseñan complejos algoritmos de inteligencia artificial, los jóvenes ingenieros e ingenieras sueñan con unirse a la carrera espacial, mientras el ingenio militar se empeña en reequilibrar el poder regional y los diplomáticos en rediseñar relaciones internacionales más ventajosas, colocando a Irán y a Oriente Medio en su justo pedestal.

SAGA

martes, 3 de mayo de 2016

Donald Trump: el payaso que dice las cosas de frente


Corre con ventaja hacia la consolidación como candidato único del Partido Republicano, de cara a las elecciones presidenciales del próximo 8 de noviembre en Estados Unidos. Polémico y deslenguado, este patético pelirrojo de 69 años, nieto de alemanes, empresario inmobiliario y licenciado en Ciencias con mención en Economía y Antropología de la Univeridad de Fordham, podría llegar a convertirse en el Presidente número 45 del país más poderoso del mundo. 

Su rápida ascensión al poder, producto de su subversión y penetración mediática, son síntomáticos del desgaste del sistema político norteamericano y desde luego de la decepción de los últimos gobiernos demócratas encabezados por Obama, tanto en política local como internacional. En un país que a toda costa quiere volver a recuperar su posición de liderazgo económico, político y moral en el mundo, pese a las muchas fisuras (oscurantismo y corruptela) que lo corroen, Donald Trump es el arquetipo que mejor calza en la postura de "redentor": Exitoso, agresivo, conservador, chauvinista y desde luego blanco como los "fundadores de la patria". Un demagogo peligroso, que es a los mexicanos como Hitler fue a los judíos.

Para la Ciencia Política, la figura de Donald Trump formaliza todas las condiciones del liderazgo mesiánico de tiempos de crisis, un perfil político que a menudo se desmarca de la democracia, en especial cuando esta ha perdido credibilidad entre los ciudadanos y electores. El liderazgo mesiánico de tiempos de crisis es lo que definió -por ejemplo- la ascensión de Mussolini o Hitler al poder de sus respectivas naciones, tras el descrédito de la democracia liberal en los años '20 y '30 del siglo pasado. Lo mismo podría decirse de la "teocracia" iniciada por el Ayatollah Khomeini en Irán el año '79 o de la llegada de Salvador Allende y la Unidad Popular junto con el consecuente golpe de Estado en el Chile de los años '70, ambos fenómenos producto de una crisis de representativad y una polarización excesiva, que son desde luego los peores indicadores para un régimen político que se exalta a sí mismo como el más integrador e igualitario.

El Estados Unidos contemporáneo ha sido caldo de cultivo para una realidad semejante, un país que es considerado máximo paradigma de la democracia, pero que curiosamente sólo a fines de los años '60 culminó su appartheid, otorgando espacios de participación certeros al pueblo afroamericano y que pese a ser exaltado como una nación de inmigrantes, que tras las últimas dos grandes guerras mundiales abrió sus puertas a los mejores elementos intelectuales y laboriosos de Europa y Asia, debe hoy hacer cara a la masiva inmigración de latinos (sobre todo de mexicanos) que cruzan las fronteras del sur, no en búsqueda precisamente del sueño americano sino para escapar de la pobreza y del hampa y -en el menor de los casos- como intermediarios en las redes de narcotráfico que no son exclusivamente un dividendo latino, es consentido en cierta medida por los propios gobiernos y sus camarillas.


Aquella cara doble de los Estados Unidos -tan propia también de los países latinos, incluido Chile- es lo que en el fondo fue fragmentando paulatinamente la solidez política, social y económica del país del norte, que extrapola su desbarajuste interno en una política exterior turbia y liosa, devastando países ya inestables como Iraq, Siria, Afganistán o Libia, ganándose la enemistad de poderes regionales como Corea del Norte, Irán, Pakistán y Venezuela, generando desconfianza en colosos como Rusia, China y hasta en la Unión Europea o vendiendo el alma en sus alianzas con Israel y Arabia Saudita, a cambio de salvaguardia bursátil y abastecimiento petrolero.

En la interna, un estúpido que tiene la desfachatez de declarar que será el mejor Presidente que Dios jamás haya creado sólo puede lograr apoyos entre un electorado igualmente estúpido o en una nación que ha caído en la más honda hipocresía y en el más profundo de los barrancos morales. Sin embargo las encuestas arrojan que un 56% del electorado republicano manifiesta su apoyo al empresario, oferente de enmiendas tan deficientes como la de deportar a 11 millones de inmigrantes de los EE.UU., cerrar las fronteras del país a los inmigrantes musulmanes, construir un muro en la frontera con México y poner cotos a la economía china. Trump no es un político, es simplemente un payaso, la encarnación misma del liderazgo mesiánico de tiempos de crisis, de una crisis que va más allá de la pos-recesión, pues tiene matices económicos, raciales, culturales, éticos y espirituales, catastro de una regencia que pasó de amparar el alto valor de la libertad a la necesidad de suprimir el libertinaje y establecer nuevos valuativos.

Donald Trump es un sujeto peligroso y lo es tanto para quienes lo reprueban, como para su propio electorado que ha olvidado o pretende ignorar que el suyo no es un territorio aislado sino un país desde siempre permeable a los movimientos migratorios y que desde ellos -en base a valores democráticos inmutables- logró construir una colectividad próspera y dechada. Nativos americanos, ingleses, alemanes, africanos, irlandeses, judíos, italianos, polacos, árabes, cubanos, filipinos, japoneses, mexicanos, son algunos de los muchos elementos raciales y culturales recurrentes en su población de casi 320 millones de habitantes que mediante contraste, diálogo y aprendizaje mutuo hacen posible la modernidad y la tasación del interculturalismo.

Al igual que el Ku Kux Klan, las Panteras Negras, la Nación del Islam y otros movimientos supremacistas internos, las propuestas de Trump son fragmentarias y anti-americanas, dado que atentan contra el espíritu de la democracia, a la que debemos entender más como un fin que como una realidad consumada, lo cual se hace más evidente aún en un país cosmopólita, abierto al mundo y en constante transformación como son los Estados Unidos.

sábado, 16 de abril de 2016

Varegos, normandos y saqalibas


Emergieron en la historia en épocas tan tardías como los siglos IX y X de la era cristiana. Familiares escandinavos de las hordas germánicas que invadieron el segmento occidental del Imperio Romano en la Alta Edad Media, su belicosidad y crueldad primigenia recordó -en efecto- el saqueo de Roma por los vándalos en el 455 d.C. y su posterior ocupación de Hispania, las islas mediterráneas (Baleares, Córcega, Cerdeña) y Cártago (Túnez) en el Norte de África.

Hoy sabemos que los normandos -también llamados vikingos- descubrieron América desde la ruta Islandia-Groenlandia con mucha anterioridad a Colón, aunque muy posterior a las incursiones fenicias de siglos antes de Cristo. Eran desde luego una raza de guerreros y navegantes, cuyo principal interés radicaba menos en conquistar territorios ignotos y acaparar sus materias primas que en dominar las rutas comerciales del viejo mundo; y es así como se lanzan a la conquista del Atlántico, del mundo báltico, la Rusia Oriental y el Mediterráneo, llegando a constituir reinos en Gran Bretaña, en el norte de Francia (Normandía), en el sur de Italia y en Antioquía (región costera de Siria-Anatolia) tras las cruzadas.

Empleados como mercenarios por Bizancio, ejércitos de varegos defendieron durante centurias las fronteras de la cristiandad occidental en campañas mucho más arduas y onerosas que la de Poitiers (en el 732), recordada injustamente como el gran triunfo de la cruz sobre la expansión mahometana en Occidente. Otras masas de mercenarios nórdicos fueron reclutadas también por los musulmanes, mezclándose entre los saqalibas (eslavos) para ser destinados como milicias extranjeras en al-Ándalus, Siria y Noráfrica, regiones cosmopolitas donde el dominio árabe se vio reducido a aspectos administrativos.

La Guardia Varega

Existe más de una razón por la que el Imperio Romano de Oriente (Bizancio) sobrevivió mil años a la caída de su equivalente occidental. Soportó con anterioridad la incursión de los godos, pero pagó tributo para que el grueso de las hordas germánicas centro-europeas prefirieran internarse en Occidente, hasta fragmentarlo y dar vida a reinos hoy transmutados a la matriz estado-nación; otra razón es que Occidente (Hispania, Britania, Galia e Italia) fue siempre mucho más exiguo en recursos económicos, materias primas y hasta en tradición y cultura frente al recio Oriente, que desde su capital Constantinopla (Actual Estambúl) gobernó la región de los Balcanes, el mundo griego (incluido el sur de Italia, Alejandría y Anatolia), Siria, Egipto, Armenia, Mesopotamia y lo más relevante: todas las rutas de acceso hacia el corazón de Asia, edén de la seda china, las alhajas y alfombras de Persia y las especias de la India.

Habiendo perdido Roma toda una tradicional potestad sobre el gran imperio engendrado con el vigor de sus legiones, la severidad de sus políticos (el Senado) y el espíritu de sus leyes, quedó reducida a la categoría de símbolo y hasta fue desplazada por otras ciudades italianas como Ravenna y Milano, esta última capital de los lombardos, los nuevos dueños de Italia desde el siglo VI d.C. El insalvable legado político de la ciudad latina fue transpuesto completamente en el Bósforo, teñido de cultura griega y espiritualidad judeo-cristiana, mientras Europa Occidental presa del oscurantismo medieval, comienza a germinar el feudalismo y Oriente Medio -desprendido para siempre de Bizancio en el siglo VII d.C.- sucumbe a las pugnas entre las distintas facciones doctrinarias del islam, las luchas intestinas por el dominio de los califatos y la intrusión de los turcos: a la postre, los más temidos enemigos de Bizancio.

Pero el Imperio Bizantino: bastión del cristianismo, de la romanidad, del arte y la filosofía griega, no sólo hizo la función de escudo entre el occidente cristiano y el mundo islámico, su influencia se propagó también -vía los Balcanes y el Mar Negro- hacia los pueblos eslavos y en particular hacia los rusos que adoptaron, entre muchos otros aspectos, la caligrafía griega y la orientación de la Iglesia Ortodoxa. El imperio asume también funciones diplomáticas como la de adoctrinar a los últimos reductos paganos de Europa, para ganar de esta manera espacios de influencia a la Iglesia Católica y sobre todo a los musulmanes. Logra catequizar a la mayoría de los pueblos eslavos y al naciente Imperio Ruso, más no a sus vecinos del norte: los varegos, que terminarán adoptando la religión católica. En cambio muchos de ellos, como así mismo rusos y eslavos, van a ser reclutados durante siglos como milicianos en los ejércitos bizantinos, conformando la llamada "Guardia Varega", un contingente militar copioso destinado tanto a las campañas fronterizas del imperio como en funciones policiacas de orden interno. 

Es a partir de estos intercambios que Europa Oriental se "romaniza" y Bizancio termina absorbiendo elementos raciales y culturales muy septentrionales.

La Italia Normanda

Castello di Venere, en el pueblo de Érice (Norte de Sicilia)

Italia no sólo es el solar de Roma; la cuna del imperio que definió y civilizó a Europa. Siglos antes del florecimiento de Roma coexistieron en la península naciones de diversos orígenes, unas provenientes de Europa Central (vénetos, ligures, raetios/germanos, galos/celtas, oscos, osco-umbros, latinos, samnitas, volcos, sículos...), unas desde el este del Mediterráneo (etruscos, fenicios, griegos) y otros, pueblos aborígenes cuyo arribo se debe rastrear hacia el temprano Neolítico y hacia la edad de piedra o Era Paleolítica. 

Se dice de la Roma pre-histórica, que era un remoto y pantanoso villorrio de relegados y campesinos, emplazado sobre siete colinas. Pero ya en aquella época coexistían sobre territorio italiano dos boyantes culturas: los etruscos de la Toscana y la "Magna Grecia" que comprendía el sur de Italia y la isla de Sicilia. Son estos dos núcleos -en orden respectivo: al norte y al sur de la región de Lacio, habitada por los latinos- los que influyen de manera decisiva en la constitución de una civilización romana que adoptará además para la efectividad de sus fines militares e imperialistas el implacable sistema de falange espartano y la estructura de las flotas jónicas y fenicias, adoptando como embarcación oficial al trirreme. 

Gracias al juicio y voluntad superior del pueblo latino, Roma conquistó a todas las naciones de Italia y en pocos siglos dominó a buena parte del mundo antiguo, extendiendo su influjo por tres continentes. Pero al ser la cuna de un gran imperio, más temprano que tarde el romano relajó sus valores, comenzó a delegar funciones militares en gentes no italianas (tracios, germanos, beréberes, etcétera) y llegado el siglo IV d.C. hasta perdió el protagonismo de su propio imperio, que trasladó capital a Anatolia (actual Turquía), bautizándola con el nombre de Constantinopla en honor a Constantino I, "El Grande", uno de los muchos emperadores nacido fuera de Italia y hasta -probablemente- sin sangre romana en las venas, este además fue responsable de incorporar los dogmas judeo-cristianos en el imperio, es decir de "orientalizarlo" presionando a una progresiva revolución eclesiástica, que estallará en la Edad Media. 

Como se comentó anteriormente, Bizancio: el Imperio Romano de Oriente, sobrevivió mil años a la caída de Italia y el resto de regiones que conformaron el Imperio Romano de Occidente, subyugados desde el siglo V d.C. por las hordas germánicas (francos, turingios, godos, suevos, anglos, vándalos, sajones, jutos, lombardos...) y por los moros desde el siglo VIII d.C, en el caso ibérico. Con el pasar del tiempo los invasores formaron reinos en los actuales límites de Francia, España-Portugal, Italia e Inglaterra, estableciendo una política de estratos jerárquico-raciales, asociados con títulos nobiliarios y derechos agrarios que recayeron en un principio sobre las familias de linaje germánico; radica aquí la génesis del feudalismo en Europa Occidental. 

Salvaguarda de la romanicie y de la cultura griega, Bizancio logró recuperar de la contención bárbara ciertas posiciones italianas, fundamentalmente lugares clave como la ciudad de Roma (símbolo imperial y corazón del cristianismo medieval) y desde luego el sur de Italia, antaño llamado la "Magna Grecia", expulsó de ella primero a los vándalos (468 d.C.), luego a los godos (535 d.C.) y negoció dos siglos más tarde la paz con los lombardos dividiéndose el territorio, sin embargo desde las costas africanas asechaban siempre enemigos más voraces: los musulmanes y los piratas sarracenos. El islam ya había echado raíces hacia el años 830 d.C. en la isla de Sicilia, lo cual significaba un peligro tanto para Italia como para los propios Bizantinos que temían una nueva escalada del islam a través de la gran isla. Incapacitados de retener las incesantes afrentas islámicas por mar en Sicilia y en el sur de Italia, lombardos y bizantinos negocian concesiones con un tercer actor, mal menor quizás, pero también cristianos: los normandos.

Hacia el año 1000 -coincidente con la época de las primeras peregrinaciones o cruzadas a Tierra Santa- los normandos o vikingos (otros nombres con los cuales se designa a los varegos) que se habían hecho cristianos según el rito católico, ya se encontraban husmeando el mediterráneo. Dueños de algunos enclaves en el Atlántico y asiduos de la piratería en todos los puertos donde recalaban sus drakkars, buscaban hacerse de un enclave en medio de las rutas mercantiles y espirituales hacia Medio Oriente. De este modo, conscientes de las intenciones normandas y presionados por su propio pavor a los musulmanes, bizantinos y lombardos les ofrecen ocupar todo el sur de Italia y la isla de Sicilia, con el compromiso de zanjar de forma definitiva los conatos de conquista de los moros. 

Es así como los nórdicos se hacen con esta región italiana, conforman el Reino de Sicilia que durará como tal dos siglos, estimulan la fusión de elementos culturales griego, latino, germánico y árabe, y convierten el sur de Italia en principal puerto de abastecimiento para la navegación cruzada. Hoy en día, en el sur de italia y sobre todo en Sicilia, donde el fenotipo de sus gentes es predominantemente mediterráneo, se continúa llamando "normanno" a los coterráneos de ojos azules y cabello claro.

Saqalibas: los musulmanes nórdicos


Un verdadero imperio marítimo -similar al configurado por los fenicios diez siglos antes- es el que llegaron a tener los normandos desde el Atlántico Norte al Mediterráneo, a esto se sumaba el dominio de rutas terrestres que iban desde Escandinavia al Mar Negro y desde el Mar Báltico al Mar Caspio, pasando por el corazón de Rusia. En el interín comerciaron con los árabes, con los persas, los turcos y los tártaros, desarrollando un mercado que iba desde las piedras preciosas al tráfico humano (esclavos), es en esta última plaza en la que mejor se desenvolvieron los judíos, traficando mujeres y niños eslavos hacia los países islamizados del sur, las primeras con destino al harem y los segundos al ejército: fueron los llamados saqalibas.

El historiador persa Ibn al-Faqih describió en su obra "El libro de los países" (930 d.C.) que los comerciantes de esclavos diferenciaron entre dos tipos de saqalibas: unos de cabello y señas claras (probablemente eslavos del norte o rusos) y otros de señas más meridionales, cabello y piel oscura (probablemente eslavos del sur o balcánicos), de la palabra "saqaliba" deriva el termino "eslavo", que hace referencia a una vertiente etno-lingüística de los pueblos indoeuropeos o arios, de la cual se desprenden subfamilias como el pueblo ruso, ucraniano, polaco, eslovaco, esloveno, serbio, croata, bosnio, montenegrino y búlgaro. De "eslavo" procede a su vez el término "esclavo", todo en una correlación que nos lleva directamente hacia la época estudiada.

Pero los ejércitos de saqalibas no estuvieron conformados exclusivamente por gentes de origen eslavo convertidos a la fe islámica desde pequeños, tras múltiples victorias musulmanas sobre Bizancio entre los siglos X y XII ejércitos completos de varegos se pasaron a los fieles de Mahoma. Se debe recordar que aquellas huestes de mercenarios nórdicos pertenecían a la más brava de las naciones de Europa, justamente la última en abrazar los evangelios; en la época analizada no operaba sobre sus consciencias una verdadera convicción espiritual, puesto que eran -en secreto- adoradores de Odín, de los elementos y de la guerra, vendiendo su coraje al mejor postor, al punto que en algunas ocasiones llegaron a enfrentarse varegos contra varegos, unos del lado de la cruz y otros del de la estrella y la media luna. 

El islam: religión de voluntad, ascetismo y perseverancia individual -al decir de Julius Évola- habría calzado mejor con el espíritu guerrero de aquellos pueblos, tras lo cual no es de extrañar que muchos pasaran de ser simples mercenarios a "muhajides" (guerreros espirituales). Ejércitos de miles de milicianos saqalibas y de varegos conversos infiltrados entre ellos, fueron destinados a al-Andalús, a Siria y el Norte de África en representación de sus mandantes orientales; el mito del "moro" como linaje conquistador de la España Musulmana -por ejemplo- no es más que una figura retórica empleada por la imaginería cristiana luego de haber reconquistado el territorio, así dicho es probable que en aún en la actualidad en ciudades como Granada, Cádiz, Huelva, Sevilla y Cordóba (núcleo de al-Andalús) pervivan más rubios por kilómetro cuadrado que en cualquiera de las regiones más septentrionales de aquel país.