lunes, 23 de marzo de 2020

El COVID-19 y el Nuevo Orden Mundial en ciernes


Tras los atentados del 11 de Septiembre (2001) y su posterior corolario de muerte sobre Afganistán, Iraq, Libia, Siria y Yemen, muchos politólogos, analistas internacionales y geopolíticos corroboramos de la peor forma que las crisis globales "se diseñan" o por la bajo se aprovechan, para instaurar programas imperialistas que de no ser por una "impresión de crisis", instalada a nivel global vía agenda diplomática y de los medios de comunicación de masas, no lograrían prosperar en un mundo regentado por el Derecho Internacional e instituciones globales (ONU, OTAN, FMI, Banco Mundial, OMC, OMS, etcétera) que en teoría garantizan la armonía del Sistema Internacional y a raíz de lo cual creímos superada la era más cruenta de nuestra historia contemporánea que se cobró dos Guerras Mundiales y el Holocausto.

La Guerra Fría nos instruyó sobre la imposibilidad de una guerra total entre dos potencias (EE.UU. vs la URRS) con igual poder de destrucción nuclear y escalada armamentística y del hecho que los conflictos geopolíticos por imponer supremacía no se liberan en territorios propios sino en terceros países en disputa, lo que hoy conocemos como "guerras proxy". Como bien expone el gran analista geopolítico mexicano Alfredo Jalife-Rahme: "Una buena noticia es que de entrada ya no habrá Tercera Guerra Mundial o tal vez ya la hubo y ni nos enteramos".  Quiero detenerme en esta última aseveración que encierra un toque de comicidad dentro de su gran verdad y es que las guerras globales subsisten, son silenciosas, pero no menos destructivas. 

Hoy no muchos están enterados -por ejemplo- del cruento genocidio que ocurre en Yemen (2015-?), dado que los medios de comunicación masivos, ligados a la influencia del Pentágono no lo publicitan y hasta lo silencian, puesto que allí se juegan ingentes intereses de la entente Arabia Saudita/Israel/Estados Unidos frente a la otra entente Irán/Rusia/China de cara al Estrecho de Ormúz (donde circula más del 20% del petróleo mundial) y el Canal de Suez (acceso del petróleo al Mar Mediterráneo). Y es así que casi sin enterarnos llevamos al menos una década bajo el telón de una Segunda Guerra Fría cuyos escenarios proxy son: Ucrania, Siria, Libia, Yemen, Irak, el Kurdistán e incluso Venezuela y Bolivia, país último en que el se atestó un golpe de Estado a fines del 2019 hoy llamado "litio-golpe" y que casi sin enterarnos podría estar también ligado (como operación de inteligencia) con la génesis de las movilizaciones/vandalismo en Chile, que acontecieron en igual periodo (como el guión de un plan) poniendo en jaque la continuidad del gobierno de Sebastián Piñera y en la cual más de un analista internacional vio los atisbos de una potencial Operación Cóndor.

Hoy, al poco andar de un agitado 2020, la sombra del exterminio vuelve a amenazar al planeta y de manera más implacable que cualquiera de las Guerras Mundiales previas, puesto que al corte de caja de este día ya ha asolado a 177 países (330.000 casos y 14.000 muertes) con potencial de poder afectarlos a todos en un periodo de pocas semanas, lo que implica que entre un 40% a 70% de la población mundial podría contraer el virus, antes de que surja una vacuna efectiva. Razón de sobra, para que buena parte de la intelectualidad geopolítica (en especial los analistas chinos, rusos y más de algún centroeuropeo y norteamericano) desconfíe que el COVID-19 o CORONAVIRUS sea un agente viral de orden natural y no un producto de laboratorio, esto dadas las dimensiones imprevistas e incalculadas de la pandemia, el hecho de que incubara en China (encaminada a ser la potencia global por su exponencial poder económico y tecnológico)  y más curioso aún resulta que surgiera a los pocos meses de que se pusiera "paños fríos" a la tenaz Guerra Arancelaria del 2019, que dejó al borde de la recesión a varios países. La posibilidad de que hoy enfrentemos una guerra bacteriológica o de que la pandemia (llegada en momento muy oportuno para algunos) facilite una contracción de la globalización, es la idea que desarrolla el presente escrito.

Un poco de contexto

El atentado del 11-S del año 2001, impuso a los más ecuánimes estudiosos de la geopolítica replantearse sus supuestos sobre la estructura y orden mundial, reconsiderando la idea de que las crisis mundiales "se diseñan" o al menos son instrumentalizadas por ciertas potencias militares y económicas inescrupulosas (en este caso Estados Unidos) para erigir esquemas y programas imperialistas, que a la luz de las restricciones impuestas por el Derecho Internacional y el principio de sana convivencia entre los Estados, serían imposibles de encauzar en condiciones normales.

Es así como la destrucción del World Trade Center fue el salvoconducto (y la expresión grandilocuente de una amenaza global inminente, exaltada por los medios de comunicación que jugaron de su parte) a través del cual EE.UU. obtuvo visado de la OTAN y apoyo militar/logístico de los principales países de la por entonces incipiente Unión Europea, para invadir Iraq bajo la excusa de contener al terrorismo internacional, intervenir la proliferación de "armas de destrucción masiva" que JAMÁS EXISTIERON y de paso derrocar la dictadura de Sadam Hussein contra quien ya se había combatido en la Guerra del Golfo de 1990. 

La destrucción del World Trade Center, respecto de la cual existen varias teorías de conspiración (algunas más creíbles que otras) fue el salvoconducto para la invasión de Iraq y de Afganistán (2003). Estados Unidos no ha vuelto a salir de la región en 17 años, en una secuencia de acciones militares unilaterales nefastas que no devolvieron ni la tranquilidad a EE.UU. ni la estabilidad a Medio Oriente.

Desde luego, la tesis que justificó una escalada desde el atentado 11-S a la invasión de Iraq fue una absurda memez que hacía aguas por todos lados, aunque por entonces muy pocos analistas alineados con el "discurso oficial" discurrieron el hecho de que Sadam Hussein (un dictador secular muy occidentalizado) era un enemigo declarado de los islamistas a quienes EE.UU. decía combatir, que su régimen fue sustentado por los propios EE.UU. de Reagan en la guerra Irán-Iraq (1980-1988) para derrocar al Ayatolah Jomeini o que los verdaderos islamistas pululaban en torno a las petro-monarquías del Golfo (Arabia Saudi y Emiratos Árabes), desde donde provenían al menos 17 de los terroristas inculpados, incluyendo al supuesto cerebro de la operación: Osama Bin Laden, socio empresarial de la familia Bush y un agente americano en la guerra proxy de Afganistán de 1978-1992 contra la Unión Soviética. Y cuyo cuerpo -se nos dijo- fue arrojado al mar en condiciones poco claras el año 2011.

Naturalmente, lo que los  grandes medios no destacaban era el hecho de que las monarquías del golfo -por muy anti-democráticas y dictatoriales que fueran- eran históricas aliadas de EE.UU., de la Commonwealth y del Mundo Noratlántico, además de erigidas por Gran Bretaña durante el periodo colonial, concentrando el poder a modo de plutocracia, en manos de soberanos tribales, o que la invasión de Iraq (secreto a voces) tuvo el verdadero fin de apropiarse su petróleo y de alinearlo a los intereses estadounidenses, evitando su anunciado vuelco hacia el euro en lugar del dólar y finalmente: dar un golpe geopolítico para retener la influencia de Irán en la región, en clara contraposición a los intereses de sus aliados regionales Israel y Arabia Saudita.

Este "diseño" de crisis global y golpe de tablero geopolítico, fue formulado por el PNAC (Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense) en 1997 y se hizo carne con la "doctrina Bush" desde el año 2003. Deriva a su vez de la Doctrina Monroe (o del "destino manifiesto"), pero especialmente de la tesis del "choque de civilizaciones" del politólogo Samuel Huntington y del "fin de la historia" del también politólogo y economista Francis Fukuyama (miembro del PNAC).  Expone que tras la caída de la Unión Soviética y del socialismo científico, el inminente triunfo del capitalismo de corte financierista o neoliberalismo se instituiría en todos los países, como incuestionable patrón de la modernidad y que en cambio encontraría la oposición de naciones o grupúsculos reticentes a la modernidad, a la globalización y a procesos asociados a la diversificación cultural en un "mundo abierto y sin fronteras" (feminismo, movimiento LGBT, reivindicaciones sociales, culturales y raciales, etcétera). La mayor de las oposiciones -según la tesis del PNAC- provendría del mundo islámico, hecho que motivaba el impulso globalizador como una especie de cruzada culturizante y modernista.

Tal simplificación maniquea de la realidad fue de muy fácil transmisión en el mundo de la comunicación globalizada durante la era embrionaria de internet. Los Estados Unidos, "puntal de la libertad y de la democracia" (al menos esa era la  propaganda)  volvían a señalar el camino y el modelo a seguir a los países menos aventajados del mundo ("destino manifiesto") como en su momento hiciera contra la dominación española en Latinoamérica, contra el avance de los fascismos y del nazismo en Europa (Segunda Guerra Mundial), contra el fracasado socialismo de la URRS y en adelante contra la obsoleta civilización islámica, sin reparar en la amplia diversidad/complejidad de aquel mundo, o en sus 14 siglos de historia, sustentados en al menos otros 8000 años de trascendencia: ¡la cuna de la civilización humana!; o en el gran peso geopolítico que representan sus casi dos mil millones de seguidores en el mundo (25% de la población mundial). 

Una cruzada siempre se justifica en la existencia de un enemigo y este, creado literalmente por Huntington y el PNAC sería el mundo islámico. El luchar contra el anacranismo cultural de esos regímenes tiranos y sus armas de destrucción masiva (que, una vez más: JAMAS EXISTIERON) facilitó pasarse por alto todos los protocolos internacionales de las Naciones Unidas y violar sistemáticamente el Derecho Internacional con el fin de desplegar una estratagema imperialista cuyo fin desde luego nunca fue establecer democracias donde no echaban en falta, sino derechamente apropiarse de los recursos energéticos de Oriente Medio (petróleo y gas), de sus rutas desde siempre críticas y estratégicas, debilitar a los países hostiles a Israel en la región, desangrar a Palestina, cercar a Irán y allanarle camino a China en Asia Central (tras la ocupación de Afganistán), siguiendo las exhortaciones del géografo John Mackinder sobre la "región cardinal". En un ejercicio de "todo vale" para continuar desestabilizando y justificar frente la Comunidad Internacional su permanencia en Irak y Siria, EE.UU. -en comunión con Arabia Saudita e Israel- formó y equipó nuevas células terroristas (como el DAESH o ISIS) y ejerció múltiples formas de guerra no convencional, archivos revelados vía espionaje cibernético por WikiLeaks, medio fundado en 2006 por el muy perseguido y hoy silenciado Julian Assange.

Algunos de los neocon más siniestros ligados al PNAC. El flyer cita una de las sentencias más macabras de este think tank, que muchos asocian directamente con una exhortación al atentado de las torres gemelas: "un proceso de transformación... incluso si viene aparejado de un cambio revolucionario... podría demorar demasiado... sino media algún evento catastrófico y catalizador... como pudiera ser un nuevo Pearl Harbor". Después de esto, podemos esperar cualquier cosa de algunas administraciones norteamericanas y de sus centrales de inteligencia.

Insistiendo en mi punto de que las guerras globales subsisten, son silenciosas, pero no menos destructivas, me permito recordar que sólo en Iraq cifras extra oficiales hablan de un número cercano al millón de muertes desde 2003, no menos de 200 mil muertes en Afganistán en igual periodo y de más de 600.000 muertes en Siria desde 2011. Paises destruidos hasta los cimientos, donde por lo demás jamás llegó la democracia tan pregonada por EE.UU., quedando en condiciones mucho peores que en un comienzo, impedidos de restablecer su soberanía, aplacar la guerra civil, explotar sus propios recursos energéticos o de seguir sus propios modelos políticos. Es indudable que estos paises sobrellevaron mejor su existencia bajo los regímenes autoritarios locales como el de Hussein en Iraq, la familia Assad en Siria o Muamar Khadafi en Libia. La presencia de Estados Unidos no les aportó más que sufrimiento y pobreza, recordándoles los imperios más sanguinarios que alguna vez les sometieron: asirios, mongoles, mamelucos, turcomanos, etcétera.

Ascenso del hegemón chino y consumación del globalismo neoliberal

Desde hace unos 12 años, sin embargo, se viene hablando del fin de la hegemonía global estadounidense, hecho ineludible que se desembrolla con el explosivo ascenso de China en el escenario global y su acelerado crecimiento en las lides económicas y tecnológicas en los últimos cinco años. La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca en 2017, sólo corrobora esta realidad: un Estados Unidos fracturado políticamente, agudamente endeudado a raíz de sus campañas belicistas en Oriente Medio, sin poder erosionar la posición de su contendiente euroasiático: Rusia (país que se cree superó en veinte años su poder de armamento), y que imposibilitado ya de liderar el proceso de globalización ha optado por contraerlo a partir del nacionalismo económico y del proteccionismo industrial, pregonado por Trump desde el comienzo de su mandato y llevado a la práctica en 2019 a partir de la Guerra Comercial u Arancelaria cuyo fin fue evitar el despliegue económico del gigante asiático chino en sus mercados estratégicos; condición en la que China lleva ya una amplia ventaja, que se transmutará en liderato absoluto tras la puesta en marcha de sus ambiciosos proyectos globalistas del Cinturón y Ruta de la Seda, que incluye un tramo ártico en alianza con Rusia.

Resulta paradógico que tras la caída de la URRS a comienzos de los '90, EE.UU. empoderara la globalización neoliberal en el mundo -unas veces sobre la base de tratados comerciales asimétricos con paises subdesarrollados y otras sobre el sufrimiento, la invasión y los cadáveres del Tercer Mundo (mi resumen precedente sobre la situación de Oriente Medio en las dos últimas décadas de hegemonía estadounidense, fue bastante ilustrativo)- y que hoy el liderato de este proceso multidimensional llamado globalización pase de manos estadounidenses a predominio de China, un país que al igual que la URRS guarda proporciones de imperio continental, tiene un sistema político de régimen único NO DEMOCRÁTICO que matiza cino-comunismo, confusianismo y capitalismo, pero que a diferencia de EE.UU. es contrario a la beligerencia y apuesta por el multilateralismo en RR.II., las relaciones cooperativas y los tratados win to win con el resto de paises que conforman el planeta.

Pragmática en esencia, China no busca evangelizar al planeta ni instaurar regímenes fuera de sus fronteras, que se acomoden a sus intereses. Pese a los 5000 años de civilización que carga a sus espaldas, no existe desde China hacia el resto del mundo ninguna doctrina remotamente parecida al "destino manifiesto" o al "choque de civilizaciones", más bien lo contrario, China que siempre fue un mundo culturalmente vasto en sí misma, conoció la intromisión de los imperios europeos a partir del siglo XVII y del nefasto imperialismo británico en el siglo XIX desde eventos muy poco célebres como las Guerras del Opio, que quedarían marcadas a fuego en el subconsciente de los orientales. Desde entonces China reconoce la importancia del multilateralismo y desea imprimir este sello a la nueva globalización del Siglo XXI tras concluir su parsimonioso camino a convertirse en la principal potencia económica, industrial, comercial y tecnológica en 2025.

Sin embargo, no perdamos de vista, insisto, que las guerras globales subsisten, son silenciosas, pero no menos destructivas. La eventualidad de una pandemia es un hecho siempre factible, aunque nunca antes alguna había actuado al nivel que lo está haciendo el COVID-19, presionando a los distintos Estados a generar el cierre de aduanas, de aeropuertos, de ciudades, restricción de movilidad, a declarar cuarentenas, toques de queda, cierre de empresas y reemplazo de actividad productiva presencial por teletrabajo. La globalización no es un proceso nuevo y tal como la conocemos hoy tiene no menos de 4 décadas de existencia, complejizándose al máximo a nivel intercontinental la cadena de suministros, la eficiencia de las rutas y medios de transportes, el libre tránsito de medios de producción y de personas entre países, etcétera. ¿cómo antes no había ocurrido nada parecido?, ¿quienes ganan y quienes salen perjudicados tras esta ¿eventualidad??. Son cuestionamientos razonables.

Lijian Zhao, Subdirector del Departamento de Información del Ministerio de Relaciones de China exhortó vía Twitter a las autoridades estadounidenses transparentar información respecto de la génesis del virus, su propagación y de cómo y cuándo apareció el "Paciente Cero" en Estados Unidos, información poco clara en medio de una avalancha de dudas y cuestionamientos.

Quienes estamos familiarizados con la geopolítica y la lectura de copiosos informes anuales, publicados por centros de estudios ligados a organismos de defensa de los diversos países, o la más reciente bibliografía de analistas independientes, hemos podido percatar que como la crónica de una muerte anunciada el COVID-19 (eventual o no) precipita un hecho muy anunciado y programado tanto en el discurso y el actuar de Donald Trump como también en el texto de la Estrategia de Seguridad Nacional y la Estrategia de Defensa Nacional de EE.UU., este hecho es la necesidad de contraer la globalización para frenar la expansión económica de China, empoderar a nivel de todos los países la matríz Estado-céntrica y el proteccionismo económico en contrapunto a la globalización, lo cual implica anteponer un muro a los proyectos de libre comercio e integración económica liderados por China, entre los más importantes: RCEP y el futuro Cinturón y Ruta de la Seda, que ampliará el mercado chino a la totalidad de economías del planeta, facilitándoles ser una potencia comercial autárquica hacia 2025.

Muchos analistas consideran que la primera fase de esta estrategema contractiva contempla una escalada en la militarización de varios paises con el fin de contener el descontento social, que tal como las primaveras árabes de 2010 (que hoy sabemos fueron parte de un plan demócrata para derrocar gobiernos como el de Libia y Siria) estalló al mismo tiempo durante 2019 en varios países del globo, desde Hong Kong al Líbano, pasando por Cataluña, Ecuador, Chile, Colombia y Bolivia, valiéndose en este último caso hasta de la inteligencia israelí para contrarrestar un potencial contragolpe del MAS (partido político de Evo Morales) y del evangelismo sionista como giro discursivo. Respecto de Hong Kong, las autoridades chinas declararon abiertamente que la mano negra de Estados Unidos estaba oculta tras las movilizaciones para desestabilizar económicamente al país, desarraigando aún más la compleja relación chino-hongkonesa. Por su parte autores como William Engdahl han dejado entrever que no sólo el golpe en Bolivia sino también la desestabilización de Chile en octubre de 2019 fue suscitada por EE.UU. con el fin de arrebatar dos de tres paises pertenecientes al "triángulo de litio", que ya habían estrechado lazos con China respecto a la explotación y exportación de este importante mineral, clave en la industria de la telefonía y de la electromovilidad.

Una vez más insisto: las guerras globales subsisten, son silenciosas, pero no menos destructivas. La guerra biológica o bacteriológica es casi tan antigua como la guerra convencional (al lector poco advertido lo invito a leer la siguiente columna de Jeffrey St. Clair, respecto de la bien documentada relación de EE.UU. con las mismas), por ende el diseño de acciones geopolíticas es un hecho en un mundo altamente informatizado que busca reducir la incertidumbre en todos los niveles. Desde el punto de vista geoestratégico pocas cosas resultarían más efectivas (y más éticamente sancionables) que una mega-pandemia si lo que se pretende es contraer la globalización, restringir las relaciones comerciales entre países y reempoderar al Estado por sobre el mercado, en su rol de "salvaguarda de la nación" y protector de la economía e industria nacional (lo que hoy vemos está ocurriendo en varios países donde el fisco inyecta ayuda económica a las grandes empresas, para que no decaiga la actividad productiva de cada país), este giro abrupto en la geopolítica beneficia por cierto a Estados Unidos y no a China. 

De este modo, la potencia hegemónica en retirada abraza hoy el trumpismo en lugar del reaganomics (esto es: la muerte declarada del neoliberalismo, que del otro lado del charco se manifiesta en el derrocamiento del tatcherismo por el brexit), abandonando el liderato del tablero globalista, dejando múltiples sinsabores en su actuar unipolar que -casualidad o no- concluirá con una pandemia desatada que ha golpeado fuertemente su propia estabilidad y economía. China en cambio, al concluir el peligro del COVID-19, estará a un paso de ser la primera potencia mundial tecnológica y económica y habrá legado al mundo en esta crisis altas dosis de responsabilidad, solidaridad y coorperativismo internacional, con el objetivo de frenar la pandemia y una ejemplar diplomacia, nutrida por el respeto al multilaterialismo y no así destacada por arruinar a países per sé debilitados como Irán, Cuba o Venezuela, cuyos embargos y sanciones económicas a estas alturas y en medio de la peor crisis sanitaria que haya vivido el planeta, no son ya represalias políticas sino CRIMENES DE LESA HUMANIDAD.


miércoles, 25 de diciembre de 2019

El secuestro de Bolivia


Fue durante una década el país con mayor crecimiento económico del continente americano (un promedio anual del 5%), previsor y ahorrativo con los reembolsos generados por la venta de hidrocarburos que nacionalizó en 2006, concentró esfuerzos en diversificar la economía, apostó por el multilateralismo privilegiando las RRII con países no alineados (Venezuela, Cuba, Irán, Siria) y las potencias euroasiáticas China y Rusia, además de iniciar la nacionalización e industrialización del litio en época tan temprana como el año 2008, previendo el potencial económico y estratégico que implica liderar los mayores yacimientos de este mineral en medio del triángulo que conforma junto con Chile y Argentina. 

De un día a otro, sin embargo, la Bolivia de Evo Morales pasó del "milagro indigenista" al secuestro o más bien re-secuestro de parte de una élite golpista, apoyada por el EE.UU. de Trump y su acción geopolítica reconcentrada en recuperar el America's Backyard en medio de una tenaz Segunda Guerra Fría, disfrazada de guerra comercial u arancelaria, con protestas ciudadanas al orden del día, además de espionaje e injerencismo electrónico, votaciones adulteradas y manipulación/enardecimiento de las masas vía populismo y/o evangelismo, elementos que se replican como un manual de acción en varios países de Latinoamérica y del globo.

El gran error de Evo

Como si América Latina no fuere un continente mestizo, al día de hoy el hecho de ser indígena sigue siendo una condena de facto en muchos de nuestros países que no sólo estigmatizan a los pueblos originarios como "reaccionarios" y "peligrosos", han generado en torno a ellos una viciada estructura de segregación que limita sus espacios de participación, sus oportunidades de desarrollo (económico, educacional y laboral) y deslegitimado sus históricas reivindicaciones culturales, territoriales, de autonomía política y reconocimiento étnico, como fiel reflejo de la supremacía colonialista y su cegada determinación de hacer de América Latina un vástago de Europa y del atlantismo, desde un occidentalismo ambiguo, precario, carente de identidad.

Sentenció una vez el gran ideólogo liberal y americanista chileno Francisco Bilbao: El libre pensamiento en América ha sido sostenido por las razas indígenas libres que combatieron y combaten; he ahí su tradición. En donde no pudo penetrar el dogma católico, no pudo penetrar la esclavitud (Evangelio Americano, 1864, pág. 97). Y este parece haber sido el rumbo que tomó al fin Bolivia en 2006, cuando el otrora líder cocalero, sindicalista, activista y diputado Evo Morales Ayma obtuvo de la mano del MAS (Movimiento al Socialismo) la presidencia del país altiplánico con el 53% de preferencias, rompiendo los moldes de la tradición eurocéntrica al ser el primer mandatario de etnia nativa en un país donde más del 50% de la población pertenece a la raza originaria.


Aquel indígena uru-aymara, lejos de desatar un "caos boliviano" como temían y seguro esperaban sus más acérrimos detractores de la élite política tradicional, dirigió con tesón nacionalista el destino de una Bolivia que en apenas dos años redujo el analfabetismo en cerca del 10%, en una década disminuyó la pobreza en un 20%, redistribuyó el ingreso per cápita y apuntaló el crecimiento hasta un 5% anual sostenido. En resumidas cuentas, a lo largo de todo el periplo de Morales, Bolivia pasó de ser "la Haití sudamericana" al país más pujante de la región. ¿Cuánto duraría el milagro boliviano?; nada menos que 13 años y hasta el traspié final de Evo Morales que fue el salvoconducto para el golpe de Estado definitivo que reacomodó las piezas del ajedrez sudamericano bajo la sutil excusa de la defensa democrática, aunque resulta imposible desconocer que detrás de este pretexto tan trillado (empleado también en las intervenciones sobre Irak, Siria o Libia) posa la sombra del imperialismo norteamericano y su lucha hegemónica contra la entente China-Rusia-Venezuela, además del interés por apropiarse de los recursos energéticos bolivianos, en especial del litio.

Morales no es menos culpable de su destino (golpe y destierro) ni de hipotecar el futuro promisorio de Bolivia. Su ambición por mantenerse en el poder presentándose a elecciones en un tercero y hasta cuarto mandato presidencial, le llevó a generar presiones ilegítimas sobre el Congreso para "acomodar" la Constitución Política Boliviana aprobada bajo su mandato en 2009 vía referéndum. El 10 de noviembre del presente año, en medio de un clima político crispado a nivel continental (protestas en Ecuador y Chile) y global (Hong Kong, Barcelona, Beirut, Badgad...) las acusaciones de "fraude electoral" generaron una presión social insostenible y a la "sugerencia" de dimisión de parte de las FFAA, determinación que Morales tomó inmediato, abandonado el país con destino a México. Asumió la presidencia la Vicepresidenta del Senado Jeanine Áñez; abogada, ligada a las facciones políticas derechistas de Santa Cruz de la Sierra.

La guerra por el litio

El lado oscuro de la globalización nos devela que este proceso no es simplemente el corolario de una red de Estados independientes que en algún momento decidieron comprometerse en distintos grados de interdependencia (económica, política, de seguridad fronteriza, etcétera) para beneficio mutuo o  para concretar lo que la teoría de juegos denomina situaciones win-win. Bajo el proceso globalizador, el peso de las grandes corporaciones es decididamente mayor al de los Estados, quedando el poder soberano ineludiblemente relegado por el poder económico y de los grandes lobbys que tienen también un alcance global, valiéndose de los términos de los tratados comerciales (generalmente asimétricos), de la institucionalidad global (Banco Mundial, FMI, OMC) y de instancias negociadoras que operan de espaldas a los ciudadanos (Club Bilderberg, Comisión Trilateral) generando un natural recelo matizado con diversas teorías de conspiración que ensombrecen lo real con lo absurdo.

En un mundo que avanza a pasos acelerados hacia las industrias sustentables, la explotación del litio aumentará exponencialmente en los próximos años, para sustento -principalmente- de la electromovilidad que al día de hoy es liderada por la empresa china BYD y contendida por la norteamericana TESLA. Esto implica que la soterrada guerra geopolítica entre EE.UU. y China pase por varios capítulos, uno de ellos es la guerra arancelaria y otro el emplazamiento geoestratégico en regiones abastecedoras de materias primas. La exorbitante inciativa china One Bet, One Road (traducida al español como "Nueva Ruta de la Seda") que generará la más expedita y avanzada conectividad logística terreste de China con Asia Central, Medio Oriente, Europa del Este y África, y que por mar extenderá infraestructuras hasta sus socios comerciales de Latinoamérica, es un golpe bajo a la otrora hegemonía económica norteamericana, que a la vez que va alejando sus tentáculos de Medio Oriente y del petróleo (en favor de Rusia) vuelve a enfocar sus energías colonialistas sobre el patio trasero sudamericano.

Evo Morales y el Presidente de la RPC Xi Jinping sellando un acuerdo de asociación estratégica en 2018.

China que es un Estado empresario (principal accionista de las grandes empresas nacionales), a diferencia de EE.UU. emplea la estrategia de la complementariedad  con los países del Tercer Mundo, asistiéndolos económicamente y subsidiando los diferentes tramos de la Ruta de la Seda, donde todos los caminos conducirán a Beijing. De cara a la explotación del litio, las filiales chinas TSR y Tianqi ya han acaparado parte importante del litio extraído en Argentina y Chile, a la vez que con la Bolivia de Evo Morales tenían un muy avanzado plan de industrializar los salares para producir litio metálico, iniciativa que probablemente quede bajo la nebulosa tras el golpe de Estado del pasado mes de noviembre que infama 13 años de esfuerzos por industrializar y nacionalizar los recursos primarios bolivianos, para colocar a una cohorte de vende-patrias que en sólo un mes de gobierno provisorio han intervenido el modelo boliviano retrotrayéndolo al viejo estándar globalista que converge los intereses de EE.UU. con los de la oligarquía altiplánica.

Evangelismo político y giro abrupto hacia EE.UU. e Israel

Jeanine Áñez alzando la biblia y declarando que "Dios vuelve a entrar al palacio" de gobierno.

Toda dominación requiere como sustento ideológico, cultural o espiritual de un "poder blando" que facilite su legitimidad. Este poder se asocia generalmente con símbolos y narrativas; en la Bolivia de Áñez -así como en el Brasil de Bolsonaro o la Honduras de Hernández- aquel poder blando es ejercido por el cristianismo evangelista: una fábrica de fanatismo sectario que encuentra sustento en las capas bajas de la sociedad latinoamericana, poco dadas al razonamiento intelectual de la política y que carentes de todo espíritu libertario o anti-dogmático, comprometen su fidelidad a políticos pseudo-pastores, pseudo-religiosos (o absolutamente charlatanes), en lugar de proferir el voto a tecnócratas o a una clase dirigente comprometida con los problemas reales de la nación.

Esta receta maliciosamente empleada por la derecha latinoamericana, es una nueva forma de populismo avalada por EE.UU. y especialmente por Israel; dada la naturaleza filosionista del evangelismo político, que recaba antecedentes espirituales e ideológicos en el Antiguo Testamento (o Torá judía), legitimando en su aspecto más militante al Estado de Israel y todo lo que su existencia conlleva: opresión al pueblo palestino, colonización, expansión, arbitrariedad, reconocimiento implícito o explícito de Jerusalén como capital judía y desincentivo a las campañas BDS o de boicot a Israel. La Bolivia plurinacional de Evo Morales cortó todos los lazos con EE.UU. e Israel al que no tuvo reparos de declarar un "Estado genocida"; sin embargo al poco andar el gobierno interino de Áñez reabrió embajadas y anunció eliminación de visado para los ciudadanos de ambos países; además de solicitar abiertamente ayuda a la inteligencia del Estado sionista para impedir una escalada política de la izquierda que amenace con alcanzar nuevamente el poder y eche por la borda las transformaciones lacayas y utilitaristas del último mes.

La resistencia de Morales y el MAS

Digno del carácter autónomo que desea imprimir a su gobierno, el actual mandatario mexicano Manuel López Obrador fue el primer presidente hispanoamericano en ofrecer asilo a Morales tras su presionada salida del gobierno boliviano. Un mes más tarde viajaría con destino a Argentina, segunda escala en su éxodo, facilitado por el reciente retorno al peronismo de izquierda en ese país de la mano de Alberto Fernández. En suelo argentino, Morales convocó recientemente una reunión de líderes del MAS (a celebrarse el 29 de diciembre) para escoger oficialmente al nuevo candidato a Presidente en los comicios que se celebrarán en marzo de 2020.

Andrónico Rodríguez, potencial sucesor de Morales

El más probable sucesor de Morales al frente del MAS, es el Cientista Político y también líder cocalero Andrónico Rodríguez de apenas 30 años de edad. Pese a la alta abstención que tendrán posiblemente las próximas elecciones generales bolivianas, se estima que la probabilidad de voto de Rodríguez estaría en torno al 23%, dos décimas por encima del ex Presidente y candidato por la centro-izquierda Carlos Mesa. Sin embargo, no es del todo factible que el MAS regrese por la puerta ancha al Palacio Quemado, dados los amarres institucionales y la coacción encubierta que el gobierno interino desarrolla por estos días, coaligado con la inteligencia israelí y bajo el auspicio avaricioso de un Estados Unidos dispuesto a todo por alejar la influencia geopolítica sino-rusa de su patio trasero, ahora que el planeta le está quedando cada vez más grande a la administración Trump.

Finalmente, lo que está en juego hoy en día no es sólo el destino de Bolivia o la aspiración teñida de lucha roja y romántica de continuismo en el poder, de parte del primer gobierno nacionalista-indigenista en el espacio sudamericano. La situación de la Bolivia pos golpe ilustra mejor que nada la fase caótica de un proceso que especialistas en geopolítica como el doctor Alfredo Jalife han convenido en llamar el re-orden mundial; condición en que la globalización económica (cuestionada hasta por los propios Estados Unidos de Trump) viene tocando fondo hace más de una década; las instituciones globales pos guerra no revisten credibilidad y las extendidas parcelas de influencia de las nuevas potencias globales (en especial de China) exigen una reestructuración de la ordenanza global y de los equilibrios de poder, toda vez que la regionalización y la imperiosidad por el multilaterialismo en RRII comienzan a desplazar los muy desgastados axiomas del mundialismo.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

Chile: la burbuja que reventó


Chile, isla metafórica al sur del continente americano, un país enclaustrado hacia el Pacífico por el gran macizo cordillerano de los Andes en sus más de 6000 km de costa: realidad que -en más de un sentido- le hecho evolucionar de espaldas (pero no sin ser jalonado) al peliagudo concierto sudamericano y sus sinsabores político-sociales matrizados por el populismo de pillaje que en doscientos años de vida republicana no ha hecho más que repartir el pastel económico entre  los plutócratas de turno: sean socialistas, social-demócratas o neoliberales, todo en una deplorable linea de continuismo con el orden feudo-colonial, que hizo de Latinoamérica la periferia de todas las metrópolis desde el siglo XV a la fecha. 

De la estabilidad al caos, ¿Por qué Chile?

Un país donde los súper ricos concentran 1/3 de la riqueza total del país (33% según estimaciones en las que coinciden varios centros de estudio) no opera ciertamente bajo una lógica real de libre competencia ni de libre mercado, sino más bien como una  verdadera pulpería salitrera de fines del siglo XIX: donde el dinero giraba de manera circular, retornando a la fuente (empleador y vendedor correspondían al mismo monopolio), siendo el peón un simple engranaje adosado a un sistema que enriquece a unos pocos y hace miserables a otros tantos. Las pulperías de hoy en día se llaman retails y sus dueños, unas pocas familias privilegiadas, atrapan económicamente a buena parte de la clase media valiéndose de la cultura del consumo y del crédito, sino es por medio de las multitiendas a través de supermercados, bancos o financieras, también de su propiedad.

Aquel Chile de la desigualdad insostenible no es -sin embargo, como muchos sostienen de manera errónea o acomodaticia- producto per sé de las disposiciones del modelo económico neoliberal; sino una herencia funesta del proceso colonizador y sus instrumentos políticos de segregación e inamovilidad social que se valió de las castas (europeo, criollo, mestizo, indio, mulato, negro) para mantener inalterable el dominio desde la metrópoli, todo lo cual transmutó desde la independencia en nuestras peores formas de clasismo y prejuicios sociales, que han hecho de Chile no sólo un país inequitativo sino también injusto y arbitrario contra todo orden (cultural, étnico, religioso o generacional) que escape a los criterios convencionales dictaminados por la élite. En esta dimensión argumentativa se circunscriben la Pacificación de la Araucanía (1861-1883), la Guerra Civil de 1891, la Matanza del Seguro Obrero (1938), el nuevo conflicto de la Araucanía (2016-2019) o la actual "araucanización" del conflicto social chileno, realidad que se vive hoy en las devastadas calles de todo el país, contrastando diversos antagonismos.

En época tan temprana como la primera mitad del siglo XIX, el clásico economista judeo-británico David Ricardo sostenía que los tratados de libre comercio deben realizarse entre países con semejantes niveles de desarrollo económico o sino se verían irremisiblemente arrastrados a un dominio imperialista por asimetría, el modelo neoliberal y su artillería de TLC sólo logra agudizar las desigualdades en países subdesarrollados y del tercer mundo, donde la riqueza financiera y productiva se encuentra concentrada. A fines de los años '70 Chile se convirtió en el primer laboratorio neoliberal de Latinoamérica internando los formulismos económicos dictados por el gurú de la Escuela de Chicago, el economista judeo-neoyorkino Milton Friedman y sus bien aleccionados "Chicago Boys" que tuvieron el beneplácito de la Junta de Gobierno para des-estructurar el viejo modelo económico de industria nacional protegida liberalizando plenamente la economía, privatizando las grandes empresas y flexibilizando al máximo las rigidez institucional para emplazar el nuevo modelo y atraer la inversión extranjera; la carta maestra para sujetar los cambios fue la Constitución de 1980, redactada por el polémico jurista Jaime Guzmán. 


En plena Guerra Fría y en el caldero ardiente de un continente con la sociedad civil más polarizada del planeta ("upelientos" vs "momios" en la realidad chilena de la época) el modelo económico neoliberal fue acogido sin tapujos pero no con pocos resquemores por la Junta Militar de Gobierno, alineada con Estados Unidos desde el Plan Cóndor y cuya matriz: las FFAA, tenían hasta entonces una marcada inclinación por el proteccionismo y el nacionalismo económico. En el Chile de los setenta, buena parte de las FFAA militaba en el radicalismo político e incluso el propio Augusto Pinochet fue un radical (partido ya cargado a la centro-izquierda por aquellos años) previo a su escalada al poder, consecuente quiebre con el orden socialdemócrata y abanderamiento con la nueva derecha dura. No sólo eso, parte de la derecha clásica (Partido Nacional sobre todo) se desvinculó del gobierno militar al ver amenazados sus intereses sectoriales y comprender que el doble adoctrinamiento (neoliberalismo y kissingerismo) obedecía al más puro injerencismo norteamericano, afrenta para cualquier nacionalista que se precie.

Pero Chile era un país pobre y con pocas opciones; el gobierno de Allende pese a sus loables intenciones justicieras abrigaba los más precipitados intereses revolucionarios (y una agenda ideológica caótica) que lo llevarían a la ruina al no lograr sortear una estructura de poder piramidal rígidamente arraigada (el Estado profundo chileno) y donde el Orden Portaliano ("El peso de la noche") se las arregla para imperar por la razón o la fuerza en todas las épocas como bien reza el emblema de nuestro escudo nacional y atestiguan los sucesivos quiebres institucionales que se suceden cada cierta cantidad de décadas en nuestra historia republicana. 

Guste o no, el modelo económico neoliberal demostró ser funcional por más de cuatro décadas, dadas las condiciones de país pequeño en cantidad de habitantes y donde (a diferencia de grandes y complejas economías como la brasileña o mexicana) resultaba más saludable importar que producir. Aún así, toda economía sana debe ser en algún grado mixta y poseer al menos una industria estratégica en manos del Estado; tal es el caso de Chile con CODELCO (el cobre es y seguirá siendo "el sueldo de Chile"), un logro que debemos agradecer a la visión nacionalista y proteccionista de figuras como Carlos Ibañez del Campo, Eduardo Frei Moltalva y Salvador Allende. No se debe perder de vista tampoco que hoy la economía global se retrotrae del neoliberalismo al nacionalismo económico (nada más ilustrativo que la guerra comercial entre EE.UU. y China o la crisis de la Unión Europea) y que frente a esta nueva realidad, nuestra industria estratégica del futuro: el litio, continua en manos privadas.

Chile bajo la bendición y maldición del neoliberalismo (los matices intermedios son básicamente nulos) en cuarenta años rescató de la pobreza extrema a millones de compatriotas, alfabetizó al 100% de la población nacional y allanó el camino para que la educación superior no fuera privilegio de unos pocos, sino una opción al alcance de la mayoría de familias, a partir de los no menos polémicos créditos universitarios (simple costo de oportunidad) y la apertura de mercado a una amplia gama de universidades, institutos y centros de formación profesional. La contracara del modelo: se extremó en cuarenta años la desigualdad de base entre la educación pública y la privada, como así mismo la calidad de los servicios públicos frente a los privados, una política sanitaria mercantilista reflejada en los altos precios de los medicamentos, las atenciones médicas privativas y una pobre cobertura de las patologías AUGE o la inexistencia de alternativas estatales para los fondos de pensión, entre otros vicios.


Lo anterior obedece al diagnóstico que todo el país debe hacerse a estas alturas: ¿porque terminamos en esto?, ¿cuánto hay de responsabilidad política en los hechos que desataron la actual crisis?, ¿son el modelo social, económico y político los responsables o hay algo que subyace a todo ello?. La respuestas desde luego no son absolutas, pero una comprensión cabal de la historia de Chile sirve sobremanera para abordar y comprender los problemas que hoy enfrentamos, inteligibilidad que lamentablemente no está a la altura de las copiosas hordas de jóvenes millennials, muchos de los cuales en su vida han tomado un libro pero pretenden transformar el país sumándose a la presión destructiva del infaltable lumpenaje, aquella masa informe apolítica (por que no es capaz de comprender la política salvo desde los clisés ideológicos), siempre dispuesta a saquear, destruir y quemar y cuya realidad aciaga ya era mencionaba como factor desestabilizador entre los cronistas chilenos del siglo XIX.

El factor millennial de la inmediatez (sujeto a la exigencia de cambios acelerados en una era post-informática, donde todo avanza muy rápido) y la cuantía de las RRSS como instrumento para organizar la presión ciudadana, sedujo y convocó sobre las calles del país el descontento social ahogado en la garganta de varias generaciones. Lo que comenzó como un llamado a la evasión por el alza de $30 en el pasaje del metro, se viene convirtiendo al cabo de tres semanas en la peor paralización nacional en la historia del país, con millonarios y casi insalvables daños en infraestructura pública, privada y hasta patrimonial (edificios emblemáticos de la arquitectura decimonónica como el de El Mercurio de Valparaíso o la Casa Schneider en Vicuña Mackenna) que esbozan hacia el resto del mundo nuestra cavernaria urbanidad, a la vez que la credibilidad del país en materia de inversión cae con la misma intensidad en que se desploma la bolsa de valores y en sentido inverso a cómo que el dólar se precia a niveles impensados frente al alicaído peso chileno.

A estas alturas del trance, la idea de formular una nueva Constitución Política se haya instalada como eje principal de la opinión pública, avalada por el amplio espectro político: desde la izquierda frenteamplista a la centro-derecha. Una nueva carta magna, aprobada y supervisada por la sociedad civil, empleando el instrumento de una Consulta Nacional Constituyente podría florecer el pacto social definitivo que requiere Chile para desentramparse del estado de naturaleza (no hobbesiano, sino selvático o anárquico) bajo el que subsiste desde hace casi un mes el país, aunque este proceso será muy dilatado, tedioso y reñido, dados los múltiples intereses sectoriales, políticos, sociales y económicos en juego: una lógica dialéctica que el mundo de la inmediatez no resiste ni comprende, subyaciendo la amenaza de que continúe activa la presión social y su peor cara: la destrucción en las calles.