miércoles, 13 de noviembre de 2019

Chile: la burbuja que reventó


Chile, isla metafórica al sur del continente americano, un país enclaustrado hacia el Pacífico por el gran macizo cordillerano de los Andes en sus más de 6000 km de costa: realidad que -en más de un sentido- le hecho evolucionar de espaldas (pero no sin ser jalonado) al peliagudo concierto sudamericano y sus sinsabores político-sociales matrizados por el populismo de pillaje que en doscientos años de vida republicana no ha hecho más que repartir el pastel económico entre  los plutócratas de turno: sean socialistas, social-demócratas o neoliberales, todo en una deplorable linea de continuismo con el orden feudo-colonial, que hizo de Latinoamérica la periferia de todas las metrópolis desde el siglo XV a la fecha. 

De la estabilidad al caos, ¿Por qué Chile?

Un país donde los súper ricos concentran 1/3 de la riqueza total del país (33% según estimaciones en las que coinciden varios centros de estudio) no opera ciertamente bajo una lógica real de libre competencia ni de libre mercado, sino más bien como una  verdadera pulpería salitrera de fines del siglo XIX: donde el dinero giraba de manera circular, retornando a la fuente (empleador y vendedor correspondían al mismo monopolio), siendo el peón un simple engranaje adosado a un sistema que enriquece a unos pocos y hace miserables a otros tantos. Las pulperías de hoy en día se llaman retails y sus dueños, unas pocas familias privilegiadas, atrapan económicamente a buena parte de la clase media valiéndose de la cultura del consumo y del crédito, sino es por medio de las multitiendas a través de supermercados, bancos o financieras, también de su propiedad.

Aquel Chile de la desigualdad insostenible no es -sin embargo, como muchos sostienen de manera errónea o acomodaticia- producto per sé de las disposiciones del modelo económico neoliberal; sino una herencia funesta del proceso colonizador y sus instrumentos políticos de segregación e inamovilidad social que se valió de las castas (europeo, criollo, mestizo, indio, mulato, negro) para mantener inalterable el dominio desde la metrópoli, todo lo cual transmutó desde la independencia en nuestras peores formas de clasismo y prejuicios sociales, que han hecho de Chile no sólo un país inequitativo sino también injusto y arbitrario contra todo orden (cultural, étnico, religioso o generacional) que escape a los criterios convencionales dictaminados por la élite. En esta dimensión argumentativa se circunscriben la Pacificación de la Araucanía (1861-1883), la Guerra Civil de 1891, la Matanza del Seguro Obrero (1938), el nuevo conflicto de la Araucanía (2016-2019) o la actual "araucanización" del conflicto social chileno, realidad que se vive hoy en las devastadas calles de todo el país, contrastando diversos antagonismos.

En época tan temprana como la primera mitad del siglo XIX, el clásico economista judeo-británico David Ricardo sostenía que los tratados de libre comercio deben realizarse entre países con semejantes niveles de desarrollo económico o sino se verían irremisiblemente arrastrados a un dominio imperialista por asimetría, el modelo neoliberal y su artillería de TLC sólo logra agudizar las desigualdades en países subdesarrollados y del tercer mundo, donde la riqueza financiera y productiva se encuentra concentrada. A fines de los años '70 Chile se convirtió en el primer laboratorio neoliberal de Latinoamérica internando los formulismos económicos dictados por el gurú de la Escuela de Chicago, el economista judeo-neoyorkino Milton Friedman y sus bien aleccionados "Chicago Boys" que tuvieron el beneplácito de la Junta de Gobierno para des-estructurar el viejo modelo económico de industria nacional protegida liberalizando plenamente la economía, privatizando las grandes empresas y flexibilizando al máximo las rigidez institucional para emplazar el nuevo modelo y atraer la inversión extranjera; la carta maestra para sujetar los cambios fue la Constitución de 1980, redactada por el polémico jurista Jaime Guzmán. 


En plena Guerra Fría y en el caldero ardiente de un continente con la sociedad civil más polarizada del planeta ("upelientos" vs "momios" en la realidad chilena de la época) el modelo económico neoliberal fue acogido sin tapujos pero no con pocos resquemores por la Junta Militar de Gobierno, alineada con Estados Unidos desde el Plan Cóndor y cuya matriz: las FFAA, tenían hasta entonces una marcada inclinación por el proteccionismo y el nacionalismo económico. En el Chile de los setenta, buena parte de las FFAA militaba en el radicalismo político e incluso el propio Augusto Pinochet fue un radical (partido ya cargado a la centro-izquierda por aquellos años) previo a su escalada al poder, consecuente quiebre con el orden socialdemócrata y abanderamiento con la nueva derecha dura. No sólo eso, parte de la derecha clásica (Partido Nacional sobre todo) se desvinculó del gobierno militar al ver amenazados sus intereses sectoriales y comprender que el doble adoctrinamiento (neoliberalismo y kissingerismo) obedecía al más puro injerencismo norteamericano, afrenta para cualquier nacionalista que se precie.

Pero Chile era un país pobre y con pocas opciones; el gobierno de Allende pese a sus loables intenciones justicieras abrigaba los más precipitados intereses revolucionarios (y una agenda ideológica caótica) que lo llevarían a la ruina al no lograr sortear una estructura de poder piramidal rígidamente arraigada (el Estado profundo chileno) y donde el Orden Portaliano ("El peso de la noche") se las arregla para imperar por la razón o la fuerza en todas las épocas como bien reza el emblema de nuestro escudo nacional y atestiguan los sucesivos quiebres institucionales que se suceden cada cierta cantidad de décadas en nuestra historia republicana. 

Guste o no, el modelo económico neoliberal demostró ser funcional por más de cuatro décadas, dadas las condiciones de país pequeño en cantidad de habitantes y donde (a diferencia de grandes y complejas economías como la brasileña o mexicana) resultaba más saludable importar que producir. Aún así, toda economía sana debe ser en algún grado mixta y poseer al menos una industria estratégica en manos del Estado; tal es el caso de Chile con CODELCO (el cobre es y seguirá siendo "el sueldo de Chile"), un logro que debemos agradecer a la visión nacionalista y proteccionista de figuras como Carlos Ibañez del Campo, Eduardo Frei Moltalva y Salvador Allende. No se debe perder de vista tampoco que hoy la economía global se retrotrae del neoliberalismo al nacionalismo económico (nada más ilustrativo que la guerra comercial entre EE.UU. y China o la crisis de la Unión Europea) y que frente a esta nueva realidad, nuestra industria estratégica del futuro: el litio, continua en manos privadas.

Chile bajo la bendición y maldición del neoliberalismo (los matices intermedios son básicamente nulos) en cuarenta años rescató de la pobreza extrema a millones de compatriotas, alfabetizó al 100% de la población nacional y allanó el camino para que la educación superior no fuera privilegio de unos pocos, sino una opción al alcance de la mayoría de familias, a partir de los no menos polémicos créditos universitarios (simple costo de oportunidad) y la apertura de mercado a una amplia gama de universidades, institutos y centros de formación profesional. La contracara del modelo: se extremó en cuarenta años la desigualdad de base entre la educación pública y la privada, como así mismo la calidad de los servicios públicos frente a los privados, una política sanitaria mercantilista reflejada en los altos precios de los medicamentos, las atenciones médicas privativas y una pobre cobertura de las patologías AUGE o la inexistencia de alternativas estatales para los fondos de pensión, entre otros vicios.


Lo anterior obedece al diagnóstico que todo el país debe hacerse a estas alturas: ¿porque terminamos en esto?, ¿cuánto hay de responsabilidad política en los hechos que desataron la actual crisis?, ¿son el modelo social, económico y político los responsables o hay algo que subyace a todo ello?. La respuestas desde luego no son absolutas, pero una comprensión cabal de la historia de Chile sirve sobremanera para abordar y comprender los problemas que hoy enfrentamos, inteligibilidad que lamentablemente no está a la altura de las copiosas hordas de jóvenes millennials, muchos de los cuales en su vida han tomado un libro pero pretenden transformar el país sumándose a la presión destructiva del infaltable lumpenaje, aquella masa informe apolítica (por que no es capaz de comprender la política salvo desde los clisés ideológicos), siempre dispuesta a saquear, destruir y quemar y cuya realidad aciaga ya era mencionaba como factor desestabilizador entre los cronistas chilenos del siglo XIX.

El factor millennial de la inmediatez (sujeto a la exigencia de cambios acelerados en una era post-informática, donde todo avanza muy rápido) y la cuantía de las RRSS como instrumento para organizar la presión ciudadana, sedujo y convocó sobre las calles del país el descontento social ahogado en la garganta de varias generaciones. Lo que comenzó como un llamado a la evasión por el alza de $30 en el pasaje del metro, se viene convirtiendo al cabo de tres semanas en la peor paralización nacional en la historia del país, con millonarios y casi insalvables daños en infraestructura pública, privada y hasta patrimonial (edificios emblemáticos de la arquitectura decimonónica como el de El Mercurio de Valparaíso o la Casa Schneider en Vicuña Mackenna) que esbozan hacia el resto del mundo nuestra cavernaria urbanidad, a la vez que la credibilidad del país en materia de inversión cae con la misma intensidad en que se desploma la bolsa de valores y en sentido inverso a cómo que el dólar se precia a niveles impensados frente al alicaído peso chileno.

A estas alturas del trance, la idea de formular una nueva Constitución Política se haya instalada como eje principal de la opinión pública, avalada por el amplio espectro político: desde la izquierda frenteamplista a la centro-derecha. Una nueva carta magna, aprobada y supervisada por la sociedad civil, empleando el instrumento de una Consulta Nacional Constituyente podría florecer el pacto social definitivo que requiere Chile para desentramparse del estado de naturaleza (no hobbesiano, sino selvático o anárquico) bajo el que subsiste desde hace casi un mes el país, aunque este proceso será muy dilatado, tedioso y reñido, dados los múltiples intereses sectoriales, políticos, sociales y económicos en juego: una lógica dialéctica que el mundo de la inmediatez no resiste ni comprende, subyaciendo la amenaza de que continúe activa la presión social y su peor cara: la destrucción en las calles.

jueves, 4 de enero de 2018

Giuseppe Garibaldi, héroe de dos mundos


¿Quién recuerda tu historia
que, contemplando tu esplendor pasado,
no diga: su grandeza ya no existe?
¿Por qué ? ¿por qué ? ¿ Dónde está la antigua fuerza,
las armas, el valor y la constancia?
¿Quién te robó tu acero ?
¿Quién te entregó? ¿qué dolo, qué artificio,
o qué poder tan grande
te arrancaron el manto y la diadema?
¿Cómo caíste, y cuándo
de tanta altura a tan profundo abismo?
¿Nadie lidia por ti? ¿No te defiende
hijo ninguno? ¡Al arma! ¡al arma! solo
entraré en lucha, rendiré la vida
y que mi sangre sea
fuego a nuestra nación adormecida.

Este fragmento del "Canto a Italia", poema de 1824 compuesto por el marquesano Giacomo Leopardi personifica perfectamente el sentimiento de varias generaciones de patriotas italianos, sumidos en la amargura de un nacionalismo incondicional y recalcitrante, pero que difícilmente pudo batirse del oprobio impuesto por dinastías extranjeras y un papado a saco sobre las riquezas de la península dividida, que tuvo en la lengua de Dante, en la consciencia histórica nacional y en el orgullo por el pasado romano, los más sólidos fundamentos hacia la unificación y la independencia.

El siglo XIX, heredó de la Revolución Francesa sus preceptos románticos: derecho de autodeterminación de los pueblos, lucha contra la opresión monárquica y eclesiástica, fraternidad universal, amor a la patria, justicia social y amparo al desprotegido, que remecieron considerablemente el alma italiana, reconocida por su carácter solidario: mezcla de cordialidad latina, munificencia cristiana, sensatez mediterránea y un fuerte espíritu comunitario, lo que añadido al anhelo por la libertad no pudo menos que engendrar una generación completa de héroes destacada por prohombres como Francesco Anzani, Giacomo Medici, Carmine Crocco, Giuseppina Vadalá (fallecida en Chile el año 1914), Ugo Bassi, el papa Pio IX y el excepcional paladín Giuseppe Garibaldi, muchos de los cuales guerrearon además en América del Sur, movidos por las mismas causas que exigían para Italia y el mundo libre una revolución global.

Respecto del sueño de una Italia secular y unificada, no se debe perder de vista, ciertamente, al eminente rol ejercido por la Francmasonería en la lucha política de los carbonarios y la logia armada "Joven Italia" liderada por el activista genovés Giuseppe Mazzini y de la que participó activamente Garibaldi en su juventud, además del lobby, las reformas y el gran manejo diplomático del conde de Cavour (Camilo Benso) responsable por planificar Il Risorgimento de Italia desde el Piamonte. A este respecto la unificación italiana así como décadas antes la independencia de los países americanos son hechos que involucran a la gran sociedad secreta de la que fueron activos miembros los próceres locales de Miranda, Bolívar, San Martín y O'Higgins, en procesos vigilados cercanamente por el ojo de Horus del Imperio Británico que toda vez que propaló revancha contra el despotismo monárquico (a riesgo de perder sus propias colonias americanas como ocurrió finalmente en 1776) se valió de la Augusta Orden para debilitar al resto de imperios europeos y a la Santa Sede.

Una vida épica


Bautizado con el nombre de Joseph Marie Garibaldi, el héroe de los dos mundos nació el 22 de julio de 1807 en la ciudad de Niza, hoy por hoy constitutiva de la costa azul francesa, pero en aquel tiempo perteneciente al Reino del Piamonte, suscrito a la dinastía italiana de Saboya. De ascendencia genovesa por ambas partes, su madre Rosa Raimondi: una católica devota, deseó para él la vida eclesiástica, mientras que su padre, un capitán de navío: Don Domingo Garibaldi habría preferido que se dedicara al derecho u otras profesiones liberales; el jóven Joseph (italianizado a Giuseppe) guarecía sin embargo otros planes, siempre ligados a su amor por el mar, la aventura y un espíritu de justicia que más tarde germinará en el sueño de devolver a Italia la gloria perdida de la libertad.

A la tierna edad de 11 años -recuerda Garibaldi en sus memorias- logró convencer a tres de sus amigos para emprender un viaje a la Liguria a bordo de un bote pesquero, pero el éxito de la empresa se vio entorpecido por un clérigo delator que alarmó a don Domingo, quien a su vez logra interceptar el navío a las alturas de Mónaco. De este temprano hecho confiesa Garibaldi, derivó su desconfianza por los curas, la cual suponemos debió hacerse más profunda a medida que se fue empapando de pensamiento ilustrado y tomó consciencia del nivel de estancamiento y desintegración a la que estuvo sometida durante siglos su ensoñada Italia, bajo omisión de la iglesia de Roma.

Con sólo 15 años don Domingo lo admite como mozo a bordo de su propio bergantín: el "Constanza" y apenas pasarían otros diez años hasta verse convertido en capitán de otras embarcaciones. Aquello fue el salvoconducto con el que Garibaldi logró recorrer todas las costas de Europa, parte de África, Asia y Medio Oriente, conocer en profundidad a los hombres y sus culturas tan heterogéneas y encallar en todos los puertos de la disgregada Italia distinguiendo en cada lombardo, romano, sardo, ligur, piamontés, véneto, calabrés, toscano o siciliano a un hermano de raza, otro hijo de la patria oprimida.


Fresco que representa la batalla de San Antonio (Uruguay) de 1846, en ella las milicias de Garibaldi vencieron holgadamente a las fuerzas del conservador Manuel Oribe. Colección Bertarelli, Milán, Italia.

En uno de esos múltiples viajes: el año 1833, en la ciudad rusa de Taganrog a orillas del Mar Negro, Garibaldi conoce al periodista, político y patriota italiano Giovanni Battista Cuneo quien lo invita a sumarse a la sociedad proscrita Joven Italia. Es finalmente en la legación de Marsella donde Garibaldi es admitido e iniciado, aportando su entusiasmo y espíritu combativo a una institución que será clave en el futuro devenir de Italia y del propio Giuseppe Garibaldi.

Meses más tarde participa activamente del movimiento republicano, junto con el resto de revolucionarios de la Joven Italia cuyo primer objetivo era finiquitar el gobierno del Piamonte y destronar al rey Carlos Alberto. Detenida la insurrección por las fuerzas monárquicas, no tardan en tachar a Garibaldi de conspirador y de asociarlo con Mazzini, razón que lo impulsa a escapar a la vecina Francia y cambiar su nombre por el de Joseph Pane. Pero Garibaldi no era un hombre que cediera ante los reveses de la vida y continuó alentando la lucha en el Piamonte, toda vez que podía infiltrarse esporádicamente en el reino, favorecido por su ocupación marina a bordo de distintos navíos franceses.

Más temprano que tarde la mala publicidad hecha a su nombre en los círculos de poder monárquicos y conservadores, traspasa las fronteras del Piamonte y es considerado una amenaza en latencia para los intereses de Austria (el dominio extranjero que Garibaldi despreciaba mayormente) en el noreste de Italia y el Reino de las dos Sicilias en la Italia meridional. En Francia corría peligro de una captura internacional y consecuente entrega a las autoridades del Piamonte que lo sentenciaron a pena capital, hechos que favorecieron su huida a Sudamérica, particularmente a la provincia de Río Grande do Soul donde asumió la función de condotiero (mercenario) defendiendo por mar y tierra a la pequeña y pobre república que custodiaba su independencia del poderoso Imperio de Brasil.

Los cuatro artífices de la independencia y unificación italiana: el rey Víctor Manuel II, Giuseppe Garibaldi, el Conde de Cavour y Giuseppe Mazzini.

El republicanismo de Garibaldi, engranado con su filiación masónica en la Joven Italia y el congénito desprecio que sentía hacia la tiranía de cualquier color y procedencia, harán de este hombre un héroe internacional, una especie de precursor del Ché Guevara, sólo comparable en notoriedad y proezas al adalid de la Gran Colombia: Francisco de Miranda. En sus memorias Garibaldi atribuye la sobre vivencia en decenas de campañas a los rezos y llantos de su devota madre y considera sus victorias, tributarias de la camaradería, arrojo y generosa alma de sus compañeros de armas italianos, junto con quienes combatió en los dos continentes. Gran parte del vigor y contención lo aportaría también su compañera de vida: Anita Ribeiro, natural de Moriños (centro de Brasil) a quien conoció en 1839, fue una mujer extraordinaria, madre de sus cuatro hijos, auxiliar de guerra y en ocasiones hasta un soldado más en las muchas batallas liberadas.

La defensa de Río Grande gravitó en seis largos años de penurias pues el enemigo no sólo era mucho más poderoso y mejor armado; a la falta de provisiones se sumaron también las deserciones, las enfermedades, los motines y los ataques sorpresa. Prueba del desinterés económico del prócer es el hecho de haber terminado en estado de extrema pobreza, pues su paga era más simbólica que efectiva, fue sin embargo en las escaramuzas de Río Grande donde se fogueó como estadista y líder naval, de caballería y ejército, aprendió a luchar y vivir igualmente al estilo gaucho, con austeridad y tenacidad absolutas reafirmando en tanto sus convicciones y ganando un prestigio mundial, que será muy útil a la hora de retornar a Italia a ajustar cuentas con los austriacos.

Obteniendo una dispensa de Bento Gonçalves, Garibaldi, parte de sus hombres y su nueva familia compuesta por Anita y su primogénito Menotti, abandona Río Grande con destino a Montevideo, cruzan a galope selvas y montañas durante medio año, sorteando el mal tiempo y el ataque azaroso de los indios. La paz del lado uruguayo es sólo una cuestión temporal, pues al poco tiempo de su arribo el pueblo se levanta en armas contra el dictador de Buenos Aires Juan Manuel de Rosas, quien pretende apropiarse de la ventura del Uruguay. Fiel a su espíritu de justicia y republicanismo, Garibaldi hace suya la causa de los insurrectos y forma la Legión Italiana de los 800, también conocida como los "camisas rojas", que ganó prestigio en las campañas de cerro Tres Cruces y San Antonio, al brindar una aplastante victoria a los ejércitos del general Oribe.

Garibaldi, Anita y el pequeño Menotti. Obra de Guido Mondin (1912-2000).

Las victorias en el Uruguay le valieron a Garibaldi la ascensión a general y un reconocimiento unánime a su ejército de italianos. En 1848 el nicense decide que ha llegado el momento de llevar la guerra a Italia, optimista por las noticias de rebelión contra el dominio austriaco que llegaron allende el Atlántico. El 15 de abril de aquel año zarpa desde Montevideo a bordo del bergantín Esperanza junto con 63 legionarios (italianos, uruguayos, brasileños y afro-descendientes), una de sus primeras gestiones diplomáticas en territorio italiano fue darse cita con el rey Carlos Alberto en Turín, quien por aquel entonces consideraba viable la causa de la unificación italiana y la expulsión de Austria desde las regiones del norte. Sin embargo la entrevista resulta improductiva debido al poco interés manifestado por el rey.

Desilusionado, Garibaldi se cita en Milán con las autoridades del gobierno provisional anti-austriaco que lo nombra general pero a cargo de una tropa exigua y con escaso dinamismo, decide entonces acotar la guerra a la provincia de Como (Alta Lombardía), donde tras una eventual derrota los italianos pudieran cruzar los alpes y guarecerse en la neutral Suiza. Delega liderazgo en uno de los patriotas más destacados de entonces: Giacomo Medici, quien junto con un puñado de soldados sardos y de voluntarios lombardos (muchos de ellos estudiantes menores de edad) generan la resistencia y hasta causan varias bajas a los austriacos mediante el método de las guerrillas, sin embargo si bien la derrota no estaba declarada, el triunfo tampoco es posible y es así como Garibaldi decide finalmente cruzar los alpes en dirección a Suiza.

La oportunidad de unificar Italia no se hará esperar mucho más. El 9 de febrero de 1849 el papa Pio IX es expulsado de la Santa Sede y los ciudadanos de Roma declaran la república poniendo a la cabeza un triunvirato (reminiscencia de la época romana) conformado por Giacomo Mazzini, Aurelio Saffi y Carlo Armellini. Francia decide intervenir entonces en favor del papado y Garibaldi acude junto con 20.000 hombres a defender la naciente república, la guerra se extiende cuatro meses con un derramamiento de sangre excesivo en ambos bandos, pero con consecuencias particularmente desastrosas para Roma, tras lo cual el Gobierno de la República decide el armisticio y a inicios de junio la ciudad es entregada a los franceses que a su vez la devuelven al papa.

Monumento a Garibaldi en Giardini della Biennale (Venecia), obra del célebre escultor local Giuseppe Zolli (1838-1921), cuenta la leyenda que poco tiempo después de esculpida, un fantasma de camisa roja comenzó a hostigar a los transeúntes que se acercaban demasiado al efigie del héroe de los dos mundos, razón por la cual Zolli esculpió años más tarde al reverso del monumento, la figura de un soldado protector armado de sable y bayoneta que encarna al anónimo fantasma. La foto capturada en noviembre de 2017, pertenece a mi archivo personal.

La capitulación de los republicanos en Roma no significa en absoluto que la causa de Italia haya sido abandonada, al contrario, más de un millón de voluntarios de toda Italia se unieron a Garibaldi luego de la contienda de Roma, motivados por las victorias obtenidas contra el ejército francés (por entonces el más poderoso del mundo) en las defensas de  Villa Spada, Cuatro Vientos o la Puerta de San Pancracio. En todo este tiempo las tropas republicanas aprovechan también de iniciar hostilidades al sur, en Nápoles, capital del Reino Borbón de Las dos Sicilias, de modo que cuando Garibaldi decide abandonar Roma y dirigirse a Venecia para reiniciar la guerra contra el Imperio de Austria, iba perseguido por cuatro de los ejércitos más recios de Europa: francés, napolitano, español y austriaco.

Extenuadas por las refriegas y la represalia de los dominadores, las ciudades italianas del centro y norte del país quitan su apoyo a Garibaldi y el millón de voluntarios regresa paulatinamente a sus actividades en las distintas regiones de procedencia. De modo que viéndose enfrentado por segunda vez a los austriacos con  un ejército mermado (no más de 200 hombres) no está en condiciones de entablar una batalla naval exitosa, hecho que obliga a los italianos a emprender huida a Rávena, ciudad de la Emilia-Romaña y antigua capital del reino de los ostrogodos, donde al cabo de su llegada, muere Anita, exánime por una vida de luchas y sufrimientos como compañera de vida del más grande héroe de la Europa contemporánea.

Impedido de otorgar a Anita las exequias merecidas, Garibaldi junto con su ejército marcha a la Toscana y regresa luego al Piamonte, su reino de procedencia que lo ha declarado "sujeto peligroso" forzándolo a abandonar nuevamente Italia. Reside un tiempo en Gibraltar, Tánger e Inglaterra (protegido suponemos por sus contactos masónicos) para emprender nuevo viaje a América e instalarse en la ciudad de Nueva York, donde realizó viajes mercantes y trabajó algún tiempo en la fábrica de velas de Antonio Meucci; a la postre otro gran italiano, inventor del teléfono.

Encuentro de Garibaldi con el rey Victor Manuel II (26 de octubre de 1860) en la ciudad de Teano, próxima a Nápoles. Garibaldi que venía de liberar la isla de Sicilia del yugo Borbón saludó a Víctor Manuel como "Rey de Italia".

En 1859 estalla la guerra decisiva contra Austria, de la que además de los italianos, participarían Francia y Prusia para sustraer a los austriacos sus dominios en el norte de Italia. En este tiempo Garibaldi estaba ya de regreso en Italia pero labrando los campos en Caprera (isla del archipiélago de Cerdeña) donde poseía una finca. El ahora rey del Piamonte Víctor Manuel II (hijo del incompetente Carlos Alberto) y su eficiente ministro, el Conde de Cavour convocan a Garibaldi para hacerse cargo de la Expedición de los Mil que a bordo de los navíos Piamonte y Lombardo zarpó desde Génova hacia la conquista del sur de Italia y consecuente desintegración del Reino de las dos Sicilias. 

Vencidos ya los borbones en 1862, Garibaldi decide que ha llegado el momento de expugnar Roma, pero Napoleón III en el trono de la aliada Francia, un defensor a ultranza del papado, protesta contra Víctor Manuel quien para evitar una escalada internacional del conflicto decide enviar nuevas tropas a cortar camino a Garibaldi, es entonces que surge el grito ¡Roma o Muerte! que los garibaldinos elevaron contra cualquiera que se interpusiera en la conquista de la ciudad de los césares, desatándose el triste episodio de Aspromonte que vio enfrentarse a italianos contra italianos.

Garibaldi que nunca dejó de bregar por su sueño de la Italia unificada e independiente, continuó en los años sucesivos luchando contra los últimos reductos austriacos en el norte de Italia (Brescia, Lardaro, Condino, Bezzecca...), es arrestado en 1867 por intentar una nueva ocupación de Roma, que no será italiana hasta el destronamiento de Napoleón III en 1870, en la sucesiva proclama de la República Francesa. En 1882, a la edad de 74 años fallece en Caprera retirado cerca de una década antes de la vida militar y política, de la que participó un tiempo en el cargo de parlamentario. La tozudez de sus genes ligures y los de Anita seguirá obrando prodigios en este mundo, ya que uno de sus nietos: Giuseppe II Garibaldi (Peppino) fue también un gran libertario y héroe de dos mundos que participó activamente en la Revolución Mexicana de 1911 en el grado de General y jefe de la Legión Extranjera, como también en la Guerra de los Balcanes de 1912 contra el Imperio Otomano y en la Primera Guerra Mundial liderando la Legione Garibaldina de inmigrantes italianos que prestaron servicio a Francia.
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sábado, 6 de agosto de 2016

Baalbek, la heliópolis enigmática

 Las 6 columnas del templo de Júpiter. Una de las postales más famosas del Líbano

Emplazada 90 km al noreste de Beirut, sobre el valle de Békka y a las faldas de la montaña libanesa (fortaleza sagrada de los cristianos maronitas y de sus ancestros bíblicos, los hititas) Baalbek surge a la historia del mundo como metrópolis cananita dedicada al culto de Baal: principal divinidad del panteón nor-semítico, asociado con la fertilidad, la tormenta y la figura del toro.

"La casa de Baal" fue hace 3000 años la Meca del mundo antiguo para gran parte de los pueblos levantinos y del Asia Menor (actual Turquía), independiente de su origen étnico pues incluso los hititas y los mitanios -de origen ario- rindieron culto a las divinidades sirio-arameas, lo cual devela el temprano nivel de interculturalismo y mestizaje acaecido entre los distintos grupos étnicos que habitaron el antiguo Medio Oriente. 

Los navegantes fenicios transmitieron el culto más allá de la Media Luna Fértil y lo propagaron por todo el espacio Mediterráneo (las islas de Chipre, Sicilia, Italia, España, Noráfrica) e incluso hacia el Atlántico y las islas británicas. Han-Baal (Aníbal): el gran caudillo cartaginés que estuvo a un paso de absorber a Roma en las primeras Guerras Púnicas (siglo III a II a.C.), tributaba con su nombre al dios de sus antepasados fenicios y Heliogábalo: emperador romano nacido en Siria, llegó incluso a ser sacerdote en el culto de una divinidad asociada: El-Gabal. Sólo los hebreos despreciaron abiertamente la figura de Baal, contraponiéndola a Yawé y es desde su mala publicidad que surge el nombre de Baal Z'vuv (Belcebú), un símil de Luxfer (Lucifer) o de Seitan (Satán) y otras divinidades pretéritas transmutadas en demonios.

Baalbek que remonta su historia a más de 5000 años en el pasado, fue conquistada por las tropas de Alejandro Magno en el 200 a.C. formando parte de la demarcación siria del Imperio Seléucida, con la consecuente helenización del territorio que transformó la casa de Baal en una heliópolis griega, es decir una ciudad santa destinada al culto de Helios (el dios Sol). 150 años más tarde la Siria seleúcida fue conquistada por los romanos y la heliópolis, otrora casa de Baal, pasó a convertirse en la ciudad de Júpiter: distinguida divinidad del panteón latino, que al igual que Baal era dios del rayo y primo inter pares de la trinidad capitolina. 

Templo de Baco

La fusión de elementos culturales y espirituales semíticos e indoeuropeos (romano, griego, hitita) hará de Baalbek una especie de encrucijada politeísta que congregó en un mismo priorato los cultos mediterráneos de Baal, Jupiter, Helios, Astarté, Tammuz, Venus y El. Sólo bastaría el surgimiento de una religión aglutinante y gradualmente intolerante (el mitraísmo primero, el cristianismo después) para desplegar un sincretismo religioso que con el paso de los siglos absorbería los cultos y relegaría los dioses a la condición de idolatría y herejía, imponiendo en su lugar la liturgia monoteísta hebraica y la veneración del ávatar Joshua-Kristos.

Una vez perdido el favor de los dioses, Baalbek que además era granero de Roma, comenzó a declinar como metrópolis de interés cultural/espiritual lo mismo que Egipto, Babilonia y otros "enclaves de poder" del antiguo mundo politeísta. Con el arribo del cristianismo en el siglo IV d.C., sus templos paganos pierden toda filiación simbólica de carácter iniciático, pasando a convertirse en monasterios e iglesias. En el 526 d.C. el emperador Justiniano comete el sacrilegio de extraer ocho columnas del templo de Júpiter y emplearlas en la construcción de la Basílica de Haga Sofía (actual mezquita imperial) en Constantinopla, hoy Estambúl.

La disyuntiva eclesiástica sobre la naturaleza de Cristo (¿hombre?, ¿Dios?, ¿hijo de Dios?, ¿profeta?) que se extendió durante los primeros cuatro siglos de la cristiandad fue la causa raíz del deterioro de Bizancio y de la segmentación ideológica entre ortodoxos (cristianos bizantinos), católicos (cristianos occidentales) y herejías orientales como el nestorianismo. Baalbek como el resto de Siria, se inclinó por la postura oriental, ganándose la enemistad de Constantinopla lo que derivó en el 637 d.C. en una rauda conquista por parte de los musulmanes árabes, cultura tolerante -en principio- con los fieles monoteístas de todas las derivaciones (cristianos, judíos, mazdeístas) y que además eran un pueblo cercano en la lengua y en la cosmovisión al sentir religioso de los pueblos levantinos.

Ciertamente, Baalbek no recobra sus viejas glorias bajo dominio árabe, ni tampoco repunta su posición en poder de los cruzados que a fines del siglo X d.C. recuperaron parte de Siria y Egipto para dicha espiritual y económica de la iglesia occidental. Lo que sí podemos suponer -a la luz de las enseñanzas esotéricas- es que tanto en Baalbek como en Jerusalén y Egipto, la orden de los Caballeros de Cristo (los Templarios) logró compilar buena parte de sus conocimientos iniciáticos y del poder oculto que encierran los templos (geometría sagrada) para replicarlos en el arte gótico y en la construcción de las grandes catedrales de Europa, además de transmitirlo a principios del medioevo en forma de alegorías y herramientas simbólicas a nivel de las cofradías de albañiles que como bien sabemos son el origen del escolaticismo europeo y del filosofar masónico y rosacruz. Decidora entre muchas otras referencias es la leyenda de Hiram Abif.


Pero más allá del recuento histórico que hemos hecho hasta ahora, coincidimos con René Guenon en que la antigüedad anterior al siglo V a.C. está regada de una tela de misterio y lo que debió ser -desde la óptica del historicismo- el alba de la civilización humana, probablemente no fue tal. Todo parece indicar (y en esto creemos a los historiadores heterodoxos) que la humanidad no partió de cero ni en Mesopotamia, ni en Egipto, ni en China ni en la India, aquellas primeras civilizaciones a lo sumo parecen replicar la ilustración de una humanidad muy avanzada tanto científica como espiritualmente aunque caída en desgracia, lo cual es computado por algunos mitos muy antiguos y comunes a la transmisión oral de varios pueblos como son -por ejemplo- el mito del diluvio universal o del hundimiento de la Atlántida.

Los egipcios y los antiguos griegos aludieron la autoría de sus conocimientos a antepasados atlantes e hiperbóreos venidos desde un norte místico y su ciencia -radicalmente distinta de la concepción mecánica y materialista de la nuestra- integraba elementos metafísicos y racionales demasiado prolijos y evolucionados como para poder adjudicarse a seres de la era neolítica con inquietudes propias de la civilización agrícola. La transmisión de estos "conocimientos atlantes" o hiperbóreos (relativos a la astronomía, la astrología, la alquimia, la geometría y las matemáticas sagradas) recayó fundamentalmente en una élite monástica como la formulada por los sacerdotes de Thot, que los conservó celosamente durante siglos.

El principio de correspondencia o relación del microcosmos (nuestra realidad tangible) con el macrocosmos (los mundos superiores) fue transmitida en forma de alegorías por las castas sacerdotales a través de mitos donde comúnmente interactuaban los dioses (o sus equivalentes: los ángeles en la tradición católica y musulmana) con la especie humana, una relación sincrónica semejante a la que se da entre los planetas y el Sol o a la de las estrellas con las constelaciones del firmamento. El templo -en la cosmovisión de los antiguos- representaba justamente aquella relación del hombre con los inmortales, del microcosmos con el macrocosmos, cada templo (los de Baalbek incluidos) era una máquina cuántica donde se producía la alineación cósmico-geométrico-espiritual entre este mundo de baja vibración y las esferas o planos superiores  ("como es arriba es abajo" decreta el Kybalión).

El hombre antiguo -directa o indirectamente- bebió de aquellas prístinas aguas del conocimiento y es por esta razón y no otra que los grandes templos de la antigüedad, así como buena parte de los de la Edad Media y del Renacimiento (que recuperaron desde el influjo oriental y principalmente islámico, el sentido simbólico de la construcción templaria) fueron construcciones tan espléndidas y complejas, pero que hoy tristemente carecen de sentido para el hombre contemporáneo que es incapaz de identificarse ya con lo metafísico ni de comprender siquiera que todo afán de grandeza en la humanidad más arcaica fue inspirado por la realidad intangible mediante símbolos y alegorías.

Tres enormes trilitones (bloques graníticos) descollan entre las ruinas del complejo templario en Baalbek, siendo un enigma persistente el porqué de sus titánicas medidas. Las columnas románicas que a 2000 años de su construcción siguen en pie entre las ruinas y se perfilan entre las más altas del mundo antiguo, son insignificantes ante la magnitud de aquellos trilitones jamás erguidos y que ni siquiera nuestro actual bagaje en tecnología y obras civiles podría permitirse levantar. Parece ser que estas estructuras poseen un origen megalítico y se encuentran asociadas con la red de templos rudimentarios de piedra que aún subsisten en Malta, Cerdeña, Stonhenge (Inglaterra), los Balcanes y Rusia. .................................................................¿Quiénes construyeron estos templos?: probablemente los primeros pueblos agrícolas, que extendieron su influjo por Europa y Medio Oriente hace 8000 años, ¿cuál fue la finalidad de estos templos?: esto sigue siendo un misterio, aunque cada vez parece menos convincente la teoría de que estos tempranos asentamientos humanos dedicados al culto de los astros y de las fuerzas naturales, fueran obra de seres toscos que apenas comenzaban a descubrir el poder de los elementos. 

Aquí suponemos todo lo contrario y aunque parezca ficción nos alineamos con Guenon, con Évola, con Serrano y otros tantos iniciados para sostener la teoría de que aquellos primeros constructores templarios -los primeros geómetras- fueron una élite de supervivientes, provenientes de la humanidad atlante o hiperbórea (según denomina la tradición oral griega y egipcia) que ordenaron la construcción de templos como portales cuánticos hacia los mundos superiores y de allí la monumentalidad de aquellas tempranas obras sacras, que el hombre actual observa con ojos profanos intentando dilucidar las técnicas con que fueron edificadas y desconociendo mucho más el móvil que impulsó a crearlas.

Cobijada por un cosmos cívico-religioso entre el llamado a las mezquitas desde los alminares y las cruces de las iglesias ortodoxas, Baalbek persiste en el tiempo como testimonio de un eterno recuerdo que conecta a los hombres y mujeres de la nación de los cedros -así como a los millones de visitantes de todo el mundo- con un pasado glorioso que posa sobre la grandeza espiritual y técnica de nuestros ascendientes y que además intuye los pilares metafísicos sobre los cuales se estructuraron las civilizaciones más antiguas de la Cuenca del Mediterráneo y Medio Oriente.

Magnitud de uno de los tres trilitones, la imágen habla por sí sola.