lunes, 29 de julio de 2024

Pax China


El mundo de la posguerra Fría, es decir: los últimos 34 años, ha estado lejos de ser aquel Edén de cordialidad, cooperación y paz entre estados a partir de "el triunfo de la democracia liberal", tal como vaticinaran autores de cierta prestancia como el politólogo Francis Fukuyama o el internacionalista John Ikenberry. Se diría más bien que fue lo contrario: con la caída de la cortina de hierro y el ocaso del mundo bipolar, Estados Unidos se empoderó sobre el tablero global e impuso sin tapujos la agenda del PNAC (Project for the New American Century) consistente en cuatro pilares: 
  1. Dominio global: Instaurar la hegemonía política, militar y el poder blando de EE.UU.
  2. Promoción de la democracia: Para alinear las instituciones de los países a los intereses estratégicos de los EE.UU.
  3. Intervencionismo militar: Para asegurar objetivos estratégicos y presionar cambio de régimen en países no alineados.
  4. Generación de alianzas: Potenciar el rol de las coaliciones globales lideradas por EE.UU., muy especialmente la OTAN.
La Guerra del Golfo (1990-1991), la desintegración de Yugoslavia (1991-2001) y el atentado a las Torres Gemelas (2001), salvoconducto para la invasión otanista de Irak y la extensa Guerra de Afganistán (sin un correlato claro ni razonable) son las primeras derivas de la agenda unilateral de EE.UU., que una vez más -valga destacar- poco o nada tuvo relación con los conceptos de "cooperación", "paz" y "cordialidad" entre estados que difundieron (y continúan difundiendo) algunos de los más renombrados académicos, estudiosos de la política exterior estadounidense. 

A lo anterior, se debe sumar la agudización de conflictos africanos como el del Malí, Somalia y el Congo, amago de golpes militares en Sudamérica, las crisis políticas centroamericanas y las "Primaveras Árabes" (2010-2012) que terminaron en la desintegración de Libia, la ocupación de Siria, la crisis humanitaria en Yemen, en cada una de las masacres sufridas en Palestina (considerando el genocidio llevado a cabo actualmente por el ente colonialista israelí en Gaza) y la conformación del Estado Islámico, todos hechos atribuibles al injerencismo y el cálculo estratégico de EE.UU. que apuesta actualmente por la guerra subsidiaria, el subcontrato militar y el artilugio del terrorismo ideológico e islámico para tener luz verde y coartada en la ocupación de territorios apetecidos por sus recursos naturales (Siria, Libia) o boicotear los proyectos de integración económica de sus rivales (China y Rusia).

Los mandatarios Luis Ingnacio "Lula" da Silva (Brasil), Xi Jinping (China), Cyril Ramaphosa (Sudáfrica),  Modi (India) y el ministro de asuntos exteriores ruso Serguéi Lavrov en la XV cumbre de los BRICS (2023)

Pero el funesto siglo americano está llegando a su fin y aquello que algunos se aventuraron en llamar "Pax Americana" (supuesto periodo de estabilidad global inducida por la hegemonía política, económica y moral de EE.UU.) demostró ser menos que un voladero de luces. La era de la unipolaridad está siendo relegada con celeridad por el creciente empuje de los países BRIC: India, Rusia, Brasil y sobre todo China, que en crecientes alianzas con potencias medianas del sur global, así como también con economías consolidadas y países riesgosos, están reconfigurando el tablero de las relaciones internacionales y la institucionalidad global, diseñados a la medida de las otrora potencias industrio-coloniales. En este contexto de  irrefrenable evolución hacia la multipolaridad, es posible vislumbrar un verdadera implicación o compromiso de China por asegurar la paz en el planeta y afianzar estabilidad hacia el recambio de hegemonías. La "Pax China" no es un voladero de luces y promete ser más asimilable a la Pax Romana (periodo de estabilidad de 200 años en el Imperio Romano) en un orden transparente, de reglas claras y donde predomina el principio de mutua conveniencia entre los estados signatarios.

Así como el Imperator Augusto dio inicio a la Pax Romana en el año 27 a.C., el primer ministro Xi Jinping está haciendo lo propio con la Pax China y las acciones por consolidarla están a la vista desde el portentoso plan de ayuda a los países en el combate contra el COVID-19 (2020), a la promoción del diálogo y las propuestas de paz frente a conflictos actuales y latentes, pasando por las iniciativas de desarrollo, inversiones y construcción de infraestructura en países de todos los continentes, con propósito de una integración global más cohesionada. Me detendré puntalmente en lo que respecta a los esfuerzos de China por consolidar la paz, pues hasta ahora líderes ni mandatarios de ningún otro país habían logrado colocar en una mesa negociadora a los representantes de Arabia Saudita e Irán (dos rivales geopolíticos inconciliables), reempoderar a la Liga Árabe y más recientemente: reunir a los miembros de distintas facciones políticas palestinas para acordar el cese de hostilidades o promover una propuesta de paz a la cancillería ucraniana, sin defraudar la alianza estratégica con Rusia. 

Desde luego, existe también un interés instrumental (no propagandístico) de China por inocular la paz en estos territorios: buena parte de los países en conflicto son clave de cara a sus futuros proyectos de integración económica global como son el Proyecto de la Franja y de la Ruta (OBOR) y los seis corredores económicos transnacionales (China-Mongolia-Rusia, el nuevo puente Euroasiático, China-Asia Central-Asia Oriental, Península Indo-China, Bangladesh-China-India-Myanmar y China-Pakistán). Sumido en su fiebre unipolar, Estados Unidos ha tratado de boicotear por todos los medios la proliferación de estos ambiciosos proyectos de infraestructura y guiándose por la máxima de "divide et impera" se sirve del conflicto ucraniano para entorpecer la potencial integración entre Rusia-China con la UE (el sabotaje a los gaseoductos Nord Stream ilustra mejor que nada esta obsesión) y hasta ha empleado infructuosamente el arma del terrorismo en Asia Central, para sublevar radicales a ambos lados de la frontera del Xinjiang con Pakistán, además de sembrar desidia e inmiscuirse procazmente en las relaciones entre Taiwán-China y Hong Kong-China. Pero un imperio de un siglo poco puede hacer contra una civilización de milenios; China es dueña del tiempo, Estados Unidos ni de los relojes.

miércoles, 10 de julio de 2024

El jaque mate de Vladimir Putin


En menos de dos meses el mandatario ruso se reunió con cuatro gobernantes de países asiáticos: el presidente Tô Lâm de Vietnam, el primer ministro de Xi Jinping de China, el líder supremo Kim Jong-un de Corea del Norte y el presidente Narendra Modi de India; así mismo el pasado 5 de julio se reunió con el premier húngaro Viktor Orban y en la misma semana en ocasión de la 24ava Cumbre de Shanghái entabló una conversación cercana con el presidente turco Recep Erdoğan, todo  con el fin de fortalecer lazos estratégicos y de cooperación (energía, comercio, seguridad, industria, tecnología, entre otros), romper el cerco de la OTAN a las puertas de la UE y respaldar una propuesta de paz para dar término al conflicto ruso-ucraniano.

Para ciertos observadores occidentales, estos acercamientos diplomáticos traslucen la desesperación de Putin por romper el aislamiento internacional propiciado por "la cuestión de Ucrania" y de paso revivir la impronta de la Rusia soviética como portavoz del bloque euroasiático y -en cierto modo- hasta de la doctrina del marxismo, como contracorriente al euro-atlantismo dominante en las RR.II.. Una visión, desde luego sesgada y anacrónica, no sólo por el hecho de que tres de los mandatarios con los que se citó, son nacionalistas conservadores (Modi, Orban y Erdoğan) además del propio Putin, sino también por el hecho de que China, Vietnam y Corea del norte si bien continúan ligadas al régimen comunista, lo abordan desde estructuras socio-político-económicas divergentes e incluso antagónicas. Y no es correcto hablar ya de aislamiento, en tiempos en que Rusia consolida tenazmente sus relaciones en Asia y América Latina y ha abierto el espectro diplomático a múltiples países y ex colonias africanas, en desmedro de Europa, principalmente Francia.

Tal como sugiere el sagaz periodista y analista internacional carioca Pepe Escobar, la estrategia de Putin mucho más que un simple acto de resistencia mediatizado, consagra la credibilidad del sistema de seguridad pan-euroasiático, basado en reglas y que a ojos de los pragmáticos es mucho más razonable que la beligerencia constante, ofertada por el bloque euroatlántico (OTAN) que ha hecho de Ucrania un Estado fallido (dominado nominalmente por neonazis bajo las órdenes de un comediante judío, una real tragicomedia), paraíso para los fabricantes de armas como también para grandes cárteles que se han llenado los bolsillos -facilitados en el caos- los ilícitos más rentables como son la trata de blancas, el tráfico de migrantes y de drogas. Todo financiado por el G-7, cuya exfoliación de los impuestos se concretó en un foco de inestabilidad en el limen fronterizo de la Unión Europea, en el enriquecimiento desmedido de los burócratas ucranianos, en el encarecimiento de los recursos básicos y en privarse de la energía a bajo costo ofrecida antaño por Rusia, que en dos años logró instalar su excedente en mercados igual o más lucrativos.

El jaque mate que está propiciando Putin a Occidente culmina una jugada escalonada a lo largo de varias décadas, superada la caída de la Unión Soviética, la era de la vergüenza (administración Yeltsin) y los primeros años de gobierno del propio Vladimir Putin, marcados por vacuos intentos de acercarse al bloque occidental y a la por entonces incipiente UE, sumando a lo anterior las arbitrarias sanciones económicas y la conflagración con Ucrania, presionada por los intereses geopolíticos de EE.UU. encubiertos en la OTAN. Es la imagen de una Rusia fortalecida, que vuelve a ser actor fundamental de la política global: principal proveedor de equipamiento militar y tecnologías de exploración petrolera (en el caso de Vietnam), aliado en defensa mutua y cooperación técnico-militar (Corea del Norte, Turquía), lucha contra el terrorismo (Turquía), el comercio de gas y petróleo (China, India), construcción de reactores y centrales nucleares (India), desdolarización (China, India, Turquía) y convergencia de criterios diplomáticos (Hungría, Turquía, China) respecto a la potencial membresía de Ucrania en la OTAN, así como rechazo de los 10 puntos propuestos por Kiev para cimentar la paz.

Un nuevo orden mundial verdaderamente multilateral se abre ante nuestros ojos, donde buena parte de las desacreditadas organizaciones internacionales serán barridas por plataformas intergubernamentales, mucho más funcionales al desarrollo igualitario de los países que las que hasta ahora sólo han mantenido inalterable la relación centro-periferia. La Rusia de Vladimir Putin es responsable de propulsar gran parte de ellas (BRICS, Unión Económica Euroasiática, OCS, CSTO, ASEAN+3), sorteando el chantaje de un conglomerado de países, manipulados por EE.UU. que bajo la fachada de un falso pluralismo encarnan los peores vicios de Occidente. Está por verse, cuánto podría pesar sobre la balanza la llegada de Donald Trump al poder en 2025, que al parecer del excelso filósofo moscovita Alexandr Dugin -en contraposición a Biden y los nefastos demócratas- favorecería la multipolaridad.

martes, 20 de abril de 2021

Posglobalización y destrucción creativa del modelo económico. ¿Hacia dónde apunta el Estado chileno?

Fue el impar economista austriaco Joseph Schumpeter quien en 1942 hizo popular el término “destrucción creativa” para referirse a los ciclos económicos pautados por las infranqueables crisis económicas globales sucedidas -en promedio- cada 50 años y cuyo trasfondo no es otro que la constante reinvención del capitalismo, asociada a su vez a la transformación de paradigmas tecnológicos que disrumpen lógicas y estructuras de producción precedentes.

Para Schumpeter, intelectual disociado de la teoría liberal clásica a la cual consideraba acomodaticia, burguesa e indefectiblemente teórica, el capitalismo es un proceso esencialmente dinámico, determinado por el derrotero de la transformación industrial que “incesantemente destruye lo viejo para crear lo nuevo”. Es así como la casi totalidad de las grandes recesiones económicas de los últimos 100 años vinieron acompañadas de una profunda incertidumbre y desconstrucción de los pilares sociológicos, políticos e institucionales al punto de que probadamente no fueron las Guerras Mundiales catalizadoras de las crisis sino su más evidente corolario.

De este modo -y sin necesariamente caer en la vacua simplonería conspirativa que formula las más variadas y disparatadas teorías sobre una supuesta PLANDEMIA- salta a la vista a cualquier persona provista sólo del sentido común que la realidad inverosímil que vivimos hoy a nivel planetario posee un trasfondo mucho más peliagudo que la eventual aparición de un virus que de pronto nos produjo enfrentarlo con medidas en ocasiones cavernarias, impropias además de una civilización altamente sofisticada en el campo biotecnológico. Es en este sentido que conceptos como “decoupling” y “reset” resultan mucho más sugerentes para la crème de los analistas internacionales que todo el pandemónium comunicacional en torno al COVID-19: fachada evidente que encubre la crisis profunda, más en ningún caso es su causa.

Lo que venimos presenciando con total certeza desde el año 2018 es una nueva “desconstrucción creativa” del modelo económico liberal (la más robusta desde el periodo de entreguerras) y es aquí donde conceptos como “decoupling” y “reset” cobran un sentido particular, especialmente entre quienes han logrado comprender la profundidad de la Guerra Económica y Arancelaria que sostuvieron Estados Unidos y China desde comienzos de aquel año. Fue el economista y futurólogo alemán Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial (instancia ligada a la polémica Davos) quien en 2020 acuñó el concepto “reset” (reinicio) haciendo alusión a las inusuales restricciones que nos impone la pandemia como una oportunidad para reformular la economía global y hacerla “más equitativa y próspera”. Idealismos de lado era ostensible que con o sin pandemia el “reseteo” de la economía global venía encaminado al menos desde el año 2008 (crisis subprime) a causa de una globalización financierista que llegó al límite, azuzada por la triada insostenible de consumo, especulación y deuda, que prácticamente poco o nada tiene que ver con la globalización comercial, tradicionalmente entendida como la transacción de bienes y servicios a bajas tasas arancelarias.

Si sumamos a lo anterior un hecho histórico inequívoco: el actual tránsito del progreso material e intelectual del planeta desde las sociedades atlánticas (Europa Occidental y Norteamérica) a las pujantes economías de Asia (China, la India y el Sudeste asiático en particular), se asientan todas las fichas sobre el tablero de un planeta presto a una “desconstrucción creativa” radical, nunca antes vista en la historia del capitalismo industrial. Es así como el “decoupling” (desacoplamiento) es sin duda el objetivo primordial que persiguen actualmente los Estados Unidos y la Unión Europea, asistidos por el cierre de fronteras y la repatriación de capitales que les ha facilitado la pandemia. Desacoplamiento indica revertir la dependencia de China que en los últimos 40 años no sólo se convirtió en la “fabrica del planeta” (un mero eslabón productivo en la cadena de valor global) sino en un puntal tecnológico, de I+D y en un inversor astuto que aprovechando las asimetrías del ahorro (las sociedades orientales ahorran, las occidentales se habituaron a simplemente consumir) se convirtió también en el segundo mayor acreedor de la deuda externa estadounidense, así como la de varios países europeos.

En el actual estadio de posglobalización y posliberalismo, comienza a sucumbir también el modelo de dependencia (o al menos comienza a transmutarse) generando circunstancias bastante sui generis como el hecho no menor de que China, país comunista, es hoy en día principal adalid de la globalización económica (liderando cuantiosas inversiones de infraestructura portuaria en países de todos los continentes, para pavimentar la pista a proyectos globalistas ambiciosos como RCEP y la Nueva Ruta de la Sede marítima, terrestre y ártica), mientras las economías occidentales -otrora íconos de la apertura- optan por contraer la globalización, repatriando sus capitales e industrias, dado el hecho de que cada día que pasa son menos competitivas en comparación al gigante asiático y apuestan por un recambio de paradigma económico, hacia la regionalización.

En medio de tan agudo contexto, es lamentable que Latinoamérica siga huérfana de las ideas, naufragando en la incertidumbre. La realidad que hoy perturba a europeos y estadounidenses, la hemos vivido ya muchas veces en carne propia a lo largo de todo un siglo y así como hoy ellos optan por desglobalizarse y proteger sus economías frente a China, nuestros países emprendieron sin éxito similar objetivo a partir del modelo desarrollista y la sustitución de importaciones (años ’20 a ’70 del siglo XX), que propendió a la autonomía económica frente a Estados Unidos y Europa. Indefectiblemente fuimos saboteados a lo largo de todo un siglo (desde experimentos económicos y Operaciones Cóndor a imposición de pautas económicas bajo el Consenso de Washington) para volver a encarrilarnos en una estructura de dependencia, mucho más facilitada a partir de economías abiertas, monoproductivas y mutiladas de potencial para generar valor agregado a sus productos de exportación. He aquí además la génesis de las desigualdades lacerantes en nuestro continente, producto de una oligarquía tributaria del nexo neocolonialista, que lejos de propender a la especialización, dilata a extremos insostenibles el continuum feudal en nuestros países.

Sin lograr desmarcarse del continente, Chile también sufre los embates de la actual “destrucción creativa” aunque -a diferencia de europeos y norteamericanos- nadando contra corriente en manos de una clase política y de una élite económica que a todas luces intenta reflotar el modelo que gran parte de los chilenos desacredita (¿o acaso no quedó esto completamente demostrado con el estallido social del 18 de octubre?).

En medio de la peor crisis económica, social, política y más bien sistémica de nuestra historia, es anecdótico que siga siendo un tabú -por ejemplo- proponer un impuesto a los súper ricos, y ergo aún más inimaginable resultaría pronunciarse sobre ejercer un mayor control o cerco sobre los más de USD $ 20.000 millones que el país pierde anualmente por concepto de evasión fiscal, buena parte de la cual corresponde a remesas que esos mismos “super ricos” canalizan en vía directa hacia sus cuentas en Suiza, Andorra, Malta, Panamá y otros tantos paraísos fiscales.